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Retrato en blanco y negro de un militar de mediana edad con uniforme formal y condecoraciones mirando de frente a la cámara
OPINIÓN

1930: la dimisión de Miguel Primo de Rivera. Cuando cayó el orden y llegó el caos republicano

La conmoción de una muerte que removió conciencias

El 28 de enero de 1930 dimite Miguel Primo de Rivera. No es un trámite administrativo ni un relevo político: es el comienzo del derrumbe. Con su salida se apaga el último dique que contenía el desorden, y España queda a merced de una cadena de traiciones, cálculos miserables y abandonos que desembocarán, apenas un año después, en la caída de la monarquía y en el desastre republicano.

Un hombre bueno en tiempos difíciles

Primo de Rivera fue, ante todo, un hombre bueno. Un militar honrado, con sentido del deber y amor por España. En siete años intentó lo que otros no se atrevieron: poner orden, modernizar infraestructuras, dignificar la vida pública y devolver la paz social a un país secuestrado por el matonismo anarquista, la violencia callejera y el desgobierno.

Acabó con el terrorismo sindical que campaba a sus anchas, restableció la autoridad del Estado y pacificó el Rif con la decisiva operación de Alhucemas (1925), cerrando una sangría que humillaba a España y desangraba a su Ejército. Lo hizo con eficacia y con honor.

Unión Patriótica: el intento de unir lo que otros querían romper

Primo de Rivera comprendió algo elemental: sin unidad no hay nación. Por eso creó la Unión Patriótica, no como partido sectario, sino como elemento de unión frente a la política de trincheras. Fue un intento sincero —quizá ingenuo— de articular una España reconciliada alrededor del interés general.

No buscó perpetuarse en el poder ni erigirse en caudillo. Su proyecto era transitorio, regenerador, y confiaba en una Corona que debía acompañar el esfuerzo. Aquí empieza la traición.

La traición del Ejército y el abandono del Rey

Primo de Rivera fue abandonado por parte del Ejército que antes lo había respaldado. Generales que callaron, mandos que calcularon, oficiales que prefirieron salvar su carrera antes que defender al hombre que había salvado el honor militar en Marruecos. A la traición castrense se sumó la peor: la de la Corona.

Alfonso XIII creyó —ingenuo o interesado— que sacrificar a Primo de Rivera le salvaría a él. Pensó que entregando la cabeza del general apaciguaría a los enemigos del orden. Error fatal. La monarquía perdió el respeto del Ejército cuando dejó caer a quien la había servido lealmente. Y cuando un Rey ya no merece ser defendido, nadie lo defiende.

La conmoción de una muerte que removió conciencias

Poco después, Primo de Rivera muere en el exilio (París, marzo de 1930). Su muerte provoca una profunda conmoción y un silencioso sentimiento de culpabilidad en amplios sectores del Ejército. Muchos comprendieron entonces que habían fallado a un hombre justo. Esa herida moral fue decisiva: cuando la República empujó a la monarquía al abismo, no hubo quien la sostuviera.

La caída del orden y la llegada del caos

La dimisión de Primo de Rivera abre la puerta al caos republicano. Se desmonta la autoridad, se desata la revancha política y se entrega el país a quienes jamás creyeron en España como nación. Lo que vino después es conocido: violencia, sectarismo, persecución religiosa, golpes de Estado y guerra.

No fue un accidente. Fue consecuencia directa de abandonar el orden y confundir debilidad con modernidad. España pasó de un gobierno firme a un Estado paralizado por el cálculo, la demagogia y el resentimiento.

Homenaje y advertencia

Este aniversario es un homenaje a Miguel Primo de Rivera y una acusación contra quienes lo traicionaron. Demuestra una verdad incómoda: las monarquías que solo velan por su supervivencia inmediata acaban perdiéndolo todo. La Corona falló; el Ejército vaciló; y España pagó el precio.

Primo de Rivera quiso servir, unir y pacificar. Le dejaron solo. Y cuando España se quedó sin él, perdió el orden. Lo que vino después fue el caos. Y de ese caos, el país tardó décadas en salir.

Que este recuerdo sirva de advertencia: abandonar a los hombres de honor siempre sale caro a la nación.

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