Hay momentos en los que el poder, acorralado por la realidad, se comporta como un animal herido: da zarpazos al aire, inventa enemigos invisibles, agita el espantajo del pasado y trata de ensuciarlo todo para que nada se distinga. Eso es exactamente lo que estamos viendo con el Partido Socialista, con Pedro Sánchez a la cabeza, y su maquinaria de propaganda convertida en cortina de humo constante. Un PSOE en descomposición que, ante la avalancha de escándalos de corrupción que lo rodean, ha optado por enfangar el terreno político y confundir a la opinión pública.
El manual es simple y repugnante: ante cualquier nueva información sobre sus escándalos, desvían la atención hacia el conflicto en Gaza, el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania o, en su defecto, echan mano de Franco. Sí, Franco. El PSOE, que lleva más de cuarenta años gobernando las cloacas del Estado, sigue utilizando al General como salvavidas cada vez que se ahogan en su propia miseria. Ya ni disimulan. Si no es Franco, es Trump y sus aranceles. Si no es Trump, es Vox y el “auge de la extrema derecha”. Lo importante no es la verdad, sino tener siempre una coartada, un relato alternativo con el que tapar sus propias vergüenzas.







