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El cordón sanitario que termina estrangulando a quien lo levanta

El cordón sanitario que termina estrangulando a quien lo levanta
por Javier Garcia Isac
9 de octubre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier Garcia Isac

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Alemania acaba de enviar un aviso a todos los partidos populares europeos: cuando la derecha tradicional prefiere parecerse a la socialdemocracia antes que entender a sus propios electores, puede terminar desapareciendo

Primero fue Sajonia-Anhalt. Ahora ha sido Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Y quizá haya llegado el momento de que alguien en las sedes de los grandes partidos populares europeos empiece a hacerse preguntas incómodas.

Porque lo sucedido el pasado domingo día 20 de septiembre en Alemania no es una anécdota.

Es una advertencia.

Alternativa para Alemania ha ganado las elecciones regionales en Mecklemburgo-Pomerania Occidental con el 38,2% de los votos. Hace cinco años tenía el 16,7%. Es decir, ha más que duplicado su resultado. El SPD de Manuela Schwesig queda segundo, con el 35,5%. Pero el dato verdaderamente estremecedor para la derecha tradicional europea está en otro lugar: la CDU obtiene un 4,9% y queda fuera del parlamento regional.

Es la primera vez que la CDU no consigue entrar en un Landtag por no superar la barrera electoral.

Que lo apunten en Génova.

Que lo estudien en París.

Que lo analicen en Bruselas.

Y, sobre todo, que lo entiendan los dirigentes de los partidos populares europeos.

Porque quizá dentro de unos años recordemos Mecklemburgo-Pomerania Occidental como el lugar donde comenzó a visualizarse de manera brutal el suicidio de la derecha tradicional europea.

EL CORDÓN SANITARIO PUEDE ACABAR SIENDO TU PROPIA SOGA

Durante años nos han hablado del famoso cordón sanitario.

Había que aislar a AfD.

Había que evitar cualquier acuerdo.

Había que convertirla en una formación políticamente apestada.

Los demás partidos alemanes continúan rechazando formar una coalición con AfD pese a que ha ganado las elecciones. Esa exclusión forma parte central de la situación política posterior a estos comicios.

Pero hay un pequeño problema que los arquitectos del cordón sanitario parecen no haber previsto.

Mientras levantaban el muro alrededor de AfD, los electores atravesaban el muro.

AfD tenía el 16,7% en 2021.

Ahora tiene el 38,2%.

La CDU, mientras tanto, ha terminado en el 4,9%.

Tal vez convendría preguntarse quién estaba aislando a quién.

Porque un cordón sanitario puede funcionar contra una fuerza marginal. Lo que resulta mucho más difícil de explicar es que pretendas aislar políticamente al partido que acaba de convertirse en la primera fuerza de un territorio con casi cuatro de cada diez votos.

Llegará un momento en que el cordón sanitario no rodeará a AfD.

Rodeará a quienes lo construyeron.

Y eso es exactamente lo que los partidos populares europeos deberían aprender de Alemania.

Durante más de medio siglo, socialdemócratas y democristianos han ido construyendo el gran consenso europeo. Unos gobernaban y otros sustituían a los primeros. Cambiaban los nombres, cambiaban los primeros ministros, cambiaban los carteles electorales, pero en demasiadas cuestiones fundamentales las diferencias fueron reduciéndose.

Inmigración.

Política energética.

Cesiones de soberanía.

Agenda climática.

Crecimiento burocrático.

Políticas comunitarias.

Y cuando comenzaron a aparecer nuevas fuerzas políticas cuestionando esos consensos, la reacción no consistió en preguntarse por qué estaban creciendo.

Consistió en estigmatizarlas.

Ese ha sido el gran error.

LA TRAMPA DE LA SOCIALDEMOCRACIA

Existe además una contradicción difícil de ignorar.

Los socialdemócratas europeos no suelen tener demasiados reparos a la hora de alcanzar acuerdos con partidos situados a su izquierda.

Pueden entenderse con verdes.

Pueden colaborar con formaciones de izquierda radical.

Pueden alcanzar acuerdos con fuerzas procedentes de tradiciones comunistas.

Y todo forma parte aparentemente de la normalidad democrática.

Pero cuando una fuerza conservadora tradicional se plantea siquiera alcanzar algún entendimiento con una formación patriótica situada a lo que algunos entenderían como a su derecha,  aparece inmediatamente el escándalo.

Entonces llegan las palabras mágicas.

Extrema derecha.

Ultraderecha.

Radicalismo.

Amenaza.

Cordón sanitario.

Y demasiados partidos populares han aceptado esa terminología y, con ella, el terreno de juego diseñado por sus adversarios.

Ese es su problema.

La socialdemocracia europea ha conseguido durante años que parte de la derecha pida permiso a la izquierda para saber con quién puede pactar.

Y cuando aceptas que sea tu adversario quien determine cuáles son tus socios legítimos, has empezado a perder antes de abrir las urnas.

Eso es exactamente lo que deberían estudiar los partidos populares europeos.

No porque AfD, Vox, el Reagrupamiento Nacional, Chega o Hermanos de Italia sean organizaciones idénticas. No lo son. Sus programas, dirigentes, historias y circunstancias nacionales son diferentes.

Pero existe un fenómeno común que ya resulta imposible ocultar.

Una parte importante del electorado europeo está buscando nuevas alternativas a los partidos tradicionales.

En Italia está Giorgia Meloni.

En Francia, Marine Le Pen y Jordan Bardella.

En Portugal, André Ventura y Chega.

En España, Santiago Abascal y Vox.

En Alemania, AfD.

Y existen movimientos semejantes, con características propias, en otros países europeos.

Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con ellos. Eso pertenece al legítimo debate democrático.

Lo que resulta absurdo es imaginar que todos esos millones de europeos desaparecerán porque alguien pronuncie tres veces la palabra “ultraderecha” en un informativo.

EL ELECTOR NO NECESITA UNA COPIA

Hay otra lección especialmente importante.

Cuando un votante conservador observa que el partido al que llevaba décadas votando termina asumiendo buena parte del marco político de la socialdemocracia, puede llegar a hacerse una pregunta bastante elemental:

¿Para qué voy a votar a una copia?

Ese es el peligro mortal de los partidos populares europeos.

No desaparecen porque existan fuerzas patrióticas.

Desaparecen cuando dejan de ofrecer a sus propios electores razones para votarles.

Y Mecklemburgo-Pomerania Occidental acaba de proporcionar una imagen extraordinariamente poderosa.

La CDU fuera del parlamento.

AfD primera fuerza.

No hace falta un tratado de ciencias políticas.

Basta mirar el marcador.

Friedrich Merz ha calificado el resultado de su partido de “desastre” y posteriormente de “profunda cesura”. No parece una exageración teniendo en cuenta que estamos ante la primera ocasión en que la CDU queda fuera de un parlamento regional alemán.

La pregunta es qué conclusión sacará.

Porque pueden continuar haciendo exactamente lo mismo.

Pueden aumentar el cordón.

Pueden endurecer el aislamiento.

Pueden multiplicar las etiquetas.

Pueden explicar a sus antiguos votantes que se equivocan.

Y quizá dentro de cinco años descubran que AfD ya no tiene el 38%.

Tiene más.

UN AVISO PARA ESPAÑA

Y naturalmente esta cuestión afecta también a España.

El Partido Popular debería observar detenidamente lo sucedido en Alemania.

No para copiar mecánicamente una realidad política diferente, sino para comprender una regla bastante sencilla: atacar constantemente al espacio político situado a lo que sociológicamente se entiende como a tu derecha no garantiza que sus votantes regresen a ti.

Puede suceder justamente lo contrario.

Puede ocurrir que esos electores terminen preguntándose por qué deben votar a quien dedica más energía a combatir a su posible socio que a disputar el poder ideológico y político a la izquierda.

Cada partido tendrá que tomar sus decisiones.

Pero los resultados están ahí.

La CDU alemana acaba de recibir uno de los golpes más duros de toda su historia regional.

Y mientras tanto AfD consigue el mejor resultado de su historia en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y se convierte en primera fuerza.

NO PUEDES PONER EN CUARENTENA A MILLONES DE PERSONAS

Ese es finalmente el gran problema de los cordones sanitarios.

No aíslan solamente a los dirigentes de un partido.

Pretenden aislar políticamente a sus votantes.

Y cuando hablamos del 5%, quizá el sistema pueda permitirse fingir que no existen.

Cuando hablamos del 10%, comienza a resultar más complicado.

Cuando hablamos del 20%, empieza a ser ridículo.

Y cuando hablamos de una fuerza que obtiene el 38,2% y gana unas elecciones, quizá haya llegado el momento de preguntarse si el problema está realmente dentro del cordón o fuera de él.

La democracia tiene una característica maravillosa.

Los ciudadanos pueden desobedecer a quienes pretenden explicarles lo que deben votar.

Eso es lo ocurrido en Alemania.

Y por eso Mecklemburgo-Pomerania Occidental es mucho más que una elección regional.

Es un aviso.

Un aviso a la CDU.

Un aviso a los partidos populares.

Un aviso al establishment comunitario.

Y también un aviso para quienes continúan creyendo que pueden frenar los cambios políticos mediante etiquetas y exclusiones.

Europa está cambiando.

Los viejos equilibrios se están rompiendo.

Nuevas fuerzas ocupan espacios que los partidos tradicionales abandonaron.

Y la derecha tradicional europea tendrá que decidir qué quiere hacer ante esa realidad: competir, dialogar y tratar de recuperar a sus antiguos votantes, o continuar construyendo muros políticos mientras esos mismos electores se marchan.

Porque la enseñanza alemana empieza a ser difícil de ignorar:

cuando construyes durante demasiado tiempo un cordón sanitario alrededor de millones de ciudadanos, puedes terminar descubriendo que quien se ha quedado fuera eres tú.


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