Los tiempos que corren son confusos e inciertos donde un velo se cierne sobre los asuntos consuetudinarios y hace que en ciertas ocasiones resulte verdaderamente difícil distinguir lo que hace unas décadas resultaba diáfano en referencia a puntos elementales que la madurez intelectual y cognitiva de las personas adultas exigía. Hoy día, la población adulta, dando por iniciado este dato en la mayoría de edad, sostiene serias dudas en la percepción de lo que es verdad o mentira, en lo que es bueno o malo y hasta el punto de cuestionarse si lo que tienen ante los ojos es real o ficción.
Que pervivan esta serie de dudas en los aspectos cotidianos, es fruto de un ingente trabajo por parte de los agentes productores de opinión con el fin de dibujar una sociedad sumida en la incertidumbre, el miedo, la inestabilidad emocional y la duda indentitaria que haga regresar a los individuos a una experiencia vital para revivir aquellos terrores nocturnos de la niñez y que tiene como consecuencia una infantilización generalizada. Véase la foto nocturna de un niño en cama, que temeroso de la oscuridad llora ahogado en pánico por un monstruo que se cierne sobre él, donde tapado con las sábanas y llamando entre gritos y sollozos espera a que acuda su madre para liberarlo de ese terrorífico momento de angustia.
Aunque es una foto, permita el lector la metáfora, no es menos cierto que la acción política saca rédito manteniendo a la población en estados similares. Actualmente, la difusión mediática de proclamas, soflamas y lemas es de vital importancia para sostener el relato de los partidos políticos. Se desviven por el control de los medios de comunicación como vía para el condicionamiento social y la generación de opinión, mediante los cuales bombardean sin escrúpulos fotografías como la descrita para que subliminalmente el dogma esencial quede impregnado en el subconsciente. Estas son viejas tácticas, aunque efectivas, que forman parte de una gran estrategia de lavado de cerebro social.
El juicio a la clase gobernante debe sustentarse en la evaluación de la consecución y efectos que su labor legislativa tiene directamente en la vida cotidiana de las personas. El error que socava la percepción de la ciudadanía sobre los políticos está anidado en el valor desproporcionado que se les da a los discursos, mítines, ruedas de prensa y otros actos comunicativos, todos ellos validados por medios de comunicación afines carentes de todo aspecto crítico y en detrimento de la valoración que todos debiéramos esgrimir acerca de los efectos que sus políticas tienen en la realidad de nuestro día a día, que es la que de verdad importa.







