El PSOE celebra este sábado un nuevo comité federal, esa liturgia de aplausos al líder en la que cada dirigente regional se frota las manos, se hace la foto y se asegura su cuota de poder, mientras la militancia sigue hipnotizada por el “¡No pasarán!” y el antifranquismo de saldo. Lo curioso es que, esta vez, ni ellos saben a qué excusa se va a agarrar Pedro Sánchez para lavarse las manos con la corrupción que le rodea hasta el cuello, y que amenaza con arrastrar al propio partido al abismo.
Hasta hace apenas unas semanas, Santos Cerdán y José Luis Ábalos eran sus amigos del alma, los compañeros inseparables de Falcon, de hotel y de mesa, con los que compartía tramas, estrategias y, presuntamente, algo más que risas. Eran el alma del sanchismo: uno, el fontanero que tejía las alianzas con separatistas y etarras para sostener la Moncloa; el otro, el repartidor de favores, contratos y nombramientos, en nombre de un socialismo que ya no cree ni el más fanático de sus militantes.
¿Qué dirá ahora Pedro Sánchez ante su comité federal? ¿Qué nuevas fantasías servirá a sus barones mientras miran de reojo a la Audiencia Nacional y a las investigaciones que avanzan a un ritmo que ni el PSOE ni los fiscales de guardia pueden detener? ¿Cómo justificará Sánchez que nada tiene que ver con Santos Cerdán, el hombre que puso y quitó a todos y cada uno de los secretarios generales en los territorios, mientras controlaba la tesorería del partido con mano de hierro?
Los mismos que firmaban tuits de apoyo a Santos Cerdán, como ese bochornoso mensaje de Sánchez en redes sociales en el que culpaba a “ultraderechistas disfrazados de periodistas” de lo que hoy es ya un tsunami de corrupción, se preparan para negarle como a San Pedro en la madrugada, con la diferencia de que estos ni siquiera se sonrojan.
Hasta hace dos semanas, Santos Cerdán era el PSOE. Hoy es “ese señor” que pasaba por allí.
Lo irónico de todo esto es que, mientras el gobierno se dedica a perseguir a la Fundación Nacional Francisco Franco, amenazando con ilegalizarla en nombre de la “memoria democrática”, quien realmente debería ser ilegalizado, a tenor de lo que se va conociendo, es el propio PSOE, convertido en una presunta organización criminal que utiliza el poder del Estado para saquear a los españoles, colocarse y blindarse, mientras persigue a jueces y medios críticos.
Quién nos iba a decir que, en pleno calendario de conmemoraciones del 50 aniversario de la muerte de Franco, lo que se puede estar fraguando es el final del sanchismo y, con un poco de suerte, el final del PSOE. Porque si se aplicara con el PSOE la misma vara de medir que se aplica a asociaciones históricas o a partidos pequeños, el PSOE estaría ya suspendido cautelarmente mientras se esclarecen responsabilidades penales de sus dirigentes, comenzando por Pedro Sánchez.







