
CERVANTES Y EDATV: EL QUIJOTE EN LA BATALLA CULTURAL Capítulo III apócrifo
Por José Rivela, el cronista apartado
Donde, armado ya don Quijote, se le juntan caballeros de la palabra, y se ve cómo los arrieros mudan de nombre pero no de oficio.
Recién salido don Quijote de la venta, armado caballero con más fe que ceremonia y más verdad que amparo, vio venir por el camino cuatro hombres que no traían lanza ni espada, sino unos instrumentos negros con los que herían sin tocar y preguntaban sin pedir licencia.
—Decid —les dijo— si sois caballeros o encantadores, porque mi ánimo está pronto para cualquiera de los dos.
Respondió el que iba en medio, con voz firme:
—Somos periodistas, señor, que hoy es lo mismo que decir sospechosos.
Oyólo Miguel de Cervantes, que caminaba no como autor sino como testigo, y murmuró:
—También a mí me costó el cuerpo decir lo que no convenía.
—Yo soy Javier Negre —dijo uno—, y por mostrar lo que otros esconden me amenazan desde palacios y despachos.
—Yo, Vito Quiles —añadió otro—, y me cercan cuadrillas cuando pregunto a las damas del poder lo que no quieren oír.
—Javier García Isac me llamo —dijo el tercero—, y me llaman extremado por no llamar virtud al vicio.
—Y yo, Tate Barceló —cerró el cuarto—, que aún soy mozo, y por eso creen que callaré.
Don Quijote los miró con alegría grave:
—Sois caballeros de nueva orden: la de la palabra sin escudo.
De ciertas damas airadas y matones de venta
No habían acabado de hablar cuando apareció una dama poderosa, rodeada de escuderos de gesto torcido, que gritaba más que razonaba. Era Irene Montero, a quien los suyos defendían no con razones sino con empujones, como hacen los que saben flaca la causa.
—Ved ahí —dijo Vito— cómo se llama violencia a la pregunta y valentía al grito.
Don Quijote frunció el ceño:
—En mis libros, señor Cervantes, a esos se les llamaba follones, aunque vistiesen seda.
De un gigante torpe que gobierna caminos
—No solo hay damas airadas —añadió García Isac—. Hay ministros que gobiernan sendas y las quiebran, y mientras los carros descarrilan, se burlan de quien los nombra.
Y apareció la figura de Óscar Puente, no como caballero sino como gigante tor showing signs of incompetence, que en lugar de cuidar los caminos se entretenía en insultar desde la torre.
—En mi tiempo —dijo Cervantes— también hubo gobernantes que confundieron el cargo con la burla.
De un encantador de espejos y miedos
—Y mirad —prosiguió Negre— a los encantadores modernos, que no mandan pero susurran. Uno de ellos es Iván Redondo, que no pelea, pero fabrica sombras para asustar al pueblo y llevarlo al redil.
Don Quijote escupió al suelo:
—Más peligroso es el encantador que el gigante, porque el uno aplasta cuerpos y el otro almas.
De reinos lejanos donde se abre la puerta
—No todo es oscuridad —dijo Tate—. En otros reinos se abren las puertas a quienes no pertenecen a la cofradía del silencio.
Y hablaron de un reino del otro lado del mar donde un príncipe rubio, llamado Donald Trump, había abierto mercado contra monopolios y permitido entrar a pregoneros libres, para ira de los escribanos de cámara.
—No juzgo reyes —dijo don Quijote—, pero sí gestos. Y abrir la puerta es gesto de caballero.
De una dama bienintencionada y el error del buenismo
—Mas no todos los errores nacen del mal —añadió Cervantes—. Hay damas que, por compasión mal entendida, sostienen lo que acaba dañando al común.
Y se nombró a María Elvira Salazar, cuya piedad confundía ley con lágrima.
—En Castilla —dijo don Quijote— siempre se supo que la misericordia sin justicia acaba siendo injusta.
De falsas denuncias y del silencio cobarde
—Y no olvidemos —dijo Negre— a quienes usan la denuncia como daga, sabiendo que aunque sea falsa deja herida.
Hablaron entonces de una concejal de Móstoles, de denuncias sobreseídas y de hombres marcados sin culpa.
—En mis libros —sentenció Cervantes— eso se llamaba infamia, y no había orden que la limpiase.
De pregoneros libres y escribanos vendidos
—Finalmente —dijo Vito—, hay pregoneros que agradecen que se les permita hablar, y denuncian a los escribanos vendidos que distorsionan la verdad.
Y se aludió al director de RAVE Español, que había alzado la voz contra la mentira oficial.
Don Quijote levantó la lanza-palabra:
—Mientras exista uno solo que pregunte sin permiso, el mundo no está perdido.
Colofón
Y así, juntos, el caballero antiguo, el soldado escritor y los cuatro caballeros de la palabra siguieron su camino antes del alba, sabiendo que los siglos cambian de traje pero no de entrañas, y que siempre harán falta nuevos Quijotes dispuestos a parecer locos por no aceptar ser esclavos.
Y Cervantes, cerrando el capítulo que aún no estaba escrito, dijo:
—Esta historia no se acaba mientras alguien se juegue el tipo por la verdad.
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