Si el 20 de diciembre de 1973 marcó un antes y un después en la historia contemporánea de España, el 21 de diciembre debe ser, necesariamente, un día de reflexión. Porque aquel atentado no solo acabó con la vida del presidente del Gobierno. Acabó con un proyecto político completo, con una forma de entender la continuidad del Estado y con una idea concreta de soberanía nacional.
Luis Carrero Blanco no fue un político al uso. Fue, durante décadas, la eminencia gris del régimen, el hombre que trabajó siempre en segundo plano, sin focos, sin épica, sin discurso fácil, pero con una eficacia administrativa y una lealtad institucional difícilmente cuestionables. Nunca buscó el aplauso. Nunca jugó a la política de escaparate. Sirvió, obedeció, organizó y sostuvo una estructura de poder que fue clave para la estabilidad del país tras la Guerra Civil.
La lealtad como principio rector
Carrero Blanco representó como pocos la lealtad al Estado y a la autoridad. Lealtad a Franco, sí. Pero no como sumisión ciega, sino como continuidad de un proyecto que él consideraba esencial para la supervivencia nacional tras una etapa trágica de nuestra historia.
Desde la Armada hasta la Presidencia del Gobierno, pasando por su etapa como subsecretario y vicepresidente, siempre actuó desde la discreción, la prudencia y el trabajo constante. Mientras otros se exhibían, Carrero tejía. Mientras otros prometían, Carrero gestionaba. Mientras otros soñaban con el poder, Carrero lo sostenía.
El milagro económico español también pasó por Carrero
Pocas veces se reconoce con honestidad que el llamado “milagro económico español” de los años sesenta no fue fruto del azar, sino de una estrategia política clara de apertura económica controlada, de modernización industrial, de desarrollo de infraestructuras y de inserción progresiva en los mercados internacionales.
Carrero Blanco fue una pieza clave en ese engranaje. Su respaldo a los tecnócratas, su apuesta por la planificación económica, su defensa del desarrollo industrial y su visión de una España moderna, pero soberana, contribuyeron decisivamente a que millones de españoles abandonaran la miseria y accedieran por primera vez a una clase media real.
Ese progreso no surgió del vacío. Surgió de un modelo político concreto, con sus aciertos y sus errores, pero que logró algo que hoy parece imposible: crecimiento sostenido, estabilidad social y ascenso generalizado del nivel de vida.
Sabían a quién mataban
Cuando Carrero Blanco fue asesinado el 20 de diciembre de 1973, quienes planificaron y ejecutaron su muerte sabían perfectamente a quién estaban eliminando. No caía un político secundario. Caía el hombre que garantizaba la continuidad del sistema tras la inevitable desaparición de Franco.
Con Carrero vivo, la transición habría sido, como mínimo, mucho más lenta, mucho más controlada y mucho menos sometida a presiones externas. Con Carrero muerto, se abría un vacío de poder que otros se apresuraron a ocupar.
Y lo que vino después fue una cadena de errores, improvisaciones y cesiones.
Dos años que lo deshicieron todo
En apenas dos años tras el asesinato de Carrero, el edificio político del franquismo se desmoronó sin apenas resistencia real:
Carlos Arias Navarro simbolizó un gobierno sin rumbo, incapaz de sostener la continuidad.
Juan Carlos I, recién proclamado rey, optó por un camino de ruptura pactada.
Adolfo Suárez, el “tahúr del Mississippi”, como se le conocía por su capacidad de engañar a todos con maniobras políticas y embustes, ejecutó la operación de desmantelamiento del sistema desde dentro.
España entró así en un proceso de transformación acelerada, sin verdadera consulta al pueblo sobre las alternativas reales, con una ingeniería política cuidadosamente dirigida, y con un objetivo claro: construir un nuevo régimen aceptable para los poderes internos y para los intereses internacionales.







