La Fiscalía ha hablado: Ignacio Garriga, secretario general de Vox y uno de los grandes patriotas de nuestro tiempo, no ha cometido delito alguno. Ni malversación ni uso indebido de fondos públicos. Nada. Cero. Como era de esperar. Como sabíamos desde el primer instante. Pero para la izquierda y el separatismo catalán, la verdad importa poco o nada cuando se trata de manchar el nombre de quien representa la dignidad, la honradez y el amor por España.
Ignacio Garriga es uno de esos hombres buenos, íntegros, luchadores, que quedan pocos en la política nacional. Y precisamente por eso, por ser honrado, por no arrodillarse ante el dogma progre, por alzar la voz en defensa de nuestras raíces cristianas, de nuestra unidad nacional y de nuestra historia, es perseguido sin piedad por los enemigos de España.
Fue una exdiputada, sin duda despechada y sin escrúpulos, la que se prestó a la infamia de acusar falsamente a Garriga de un delito que jamás existió. Y como suele ocurrir, todos los medios del sistema, toda la maquinaria mediática subvencionada por los mismos que arruinan a los españoles, se lanzaron como hienas contra él. No les importó ni la presunción de inocencia, ni el mínimo respeto. Su objetivo era claro: destruir moralmente a uno de los rostros más brillantes y valientes de Vox.
Pero Ignacio Garriga no es de los que se rinden. No lo hizo cuando abandonó su escaño en el Congreso, renunciando a la comodidad de Madrid, para irse a luchar al mismo corazón del avispero: el Parlamento de Cataluña. Una decisión que sólo pueden tomar los verdaderos patriotas, los que sienten España en lo más profundo del alma. Porque Ignacio Garriga no sólo es catalán, sino que es catalán de los pies a la cabeza, y por eso mismo, doblemente español.







