El 3 de diciembre de 1892 no se firmó un texto cultural ni una declaración romántica de identidad. Se firmó algo mucho más grave: el acta fundacional del separatismo moderno como proyecto político organizado contra España. Las llamadas Bases de Manresa no fueron un poema, ni un manifiesto folclórico, ni una inocente reivindicación lingüística. Fueron, desde su origen, un programa de ruptura, de segregación, de privilegios y de supremacismo político.
Y, como siempre en la historia del separatismo, no fue el pueblo quien lo impulsó. Lo impulsó la burguesía catalana, la misma que ya había traicionado en 1640 poniéndose al servicio de Francia, la misma que décadas después haría del nacionalismo un negocio redondo a costa del Estado español.
Las Bases de Manresa no hablan de convivencia.
Hablan de poder.
No hablan de igualdad.
Hablan de privilegios.
No hablan de encaje.
Hablan de ruptura.
Ahí nace el separatismo moderno como industria política permanente.
El separatismo no nace del hambre, nace del privilegio
El nacionalismo catalán no surge de la opresión. Surge del miedo a perder privilegios. Surge del deseo de una élite económica de controlar impuestos, leyes, educación y poder político sin interferencias del Estado. Surge del rechazo a la igualdad entre españoles.
La burguesía catalana no quería independencia por dignidad.
La quería por negocio.
No quería más libertad.
Quería más control.
Y lo consiguió durante más de un siglo mediante una estrategia perfecta:
Victimismo permanente.
Adoctrinamiento educativo.
Propaganda cultural.
Chantaje político.
Y corrupción estructural.
Las Bases de Manresa son el primer ladrillo del edificio que hoy conocemos como procés. Todo lo demás —Estatut, inmersión lingüística, referéndum ilegal, desobediencia al Constitucional— es solo una consecuencia lógica de aquel proyecto original.
Nada de lo que ocurre hoy en Cataluña es improvisado.
Todo estaba escrito hace más de 130 años.
De Manresa a Pujol: la herencia directa de la corrupción
Las Bases de Manresa desembocan directamente en el pujolismo. No son capítulos diferentes de la historia. Son el mismo libro. Pujol no inventó nada. Solo perfeccionó el sistema.
Un sistema basado en:
Nacionalismo obligatorio.
Control cultural.
Extorsión fiscal.
Y una corrupción gigantesca blindada por el relato identitario.
El famoso “España nos roba” fue la cobertura moral perfecta para robar a los propios catalanes durante décadas.
Hoy, con el clan Pujol sentado en el banquillo, se desmonta definitivamente el gran mito:
que el separatismo era honesto, limpio, superior y moralmente ejemplar.
Es exactamente lo contrario:
el separatismo ha sido una gigantesca estructura de saqueo político y económico.
El juicio a Pujol es, en realidad, el juicio histórico al sistema nacido en Manresa en 1892.
Junts y ERC: herederos directos del negocio fundacional
Junts y ERC son hoy los administradores de ese viejo negocio. Las Bases de Manresa establecieron el marco ideológico. Pujol lo convirtió en régimen. Junts y ERC lo explotan hoy como instrumento de presión contra el Estado.
Amenazan, exigen, chantajean, se revuelven, pero nunca derriban al Gobierno. Porque no quieren romper el sistema. Quieren seguir usándolo.
Junts hace ver que es oposición mientras sostiene a Sánchez.







