La izquierda lleva más de noventa años construyendo un relato falso, victimista y manipulador sobre la Revolución de Asturias de 1934. Llaman revolución a lo que en verdad fue una intentona golpista en toda España, pero que sólo triunfó durante 15 días en Asturias, por el apoyo de los anarquistas. Hablan de “represión brutal”, de “Estado fascista”, de “crímenes del orden”, de “militares sanguinarios”. Pero callan siempre lo esencial:
la Revolución de Asturias fue un golpe de Estado perpetrado por el PSOE, con Largo Caballero como principal cerebro político.
No fue una huelga.
No fue una protesta social.
No fue una reivindicación legítima.
Fue una insurrección armada contra un Gobierno legal salido de las urnas.
Y eso tiene un nombre en cualquier democracia: golpe de Estado.
El PSOE como partido golpista: una tradición que nunca ha desmentido con hechos
En octubre de 1934, el PSOE, la UGT y sus milicias armadas, con el apoyo de los anarquistas, se alzaron contra la República porque no aceptaban el resultado de las elecciones de 1933. Perdieron las urnas, y decidieron tomar las armas.
Ese es el ADN del socialismo español:
si gana, es democracia; si pierde, es fascismo y golpe.
En Asturias, la insurrección fue especialmente salvaje:
Asaltos a cuarteles.
Bombas de dinamita.
Iglesias incendiadas.
Destrucción sistemática de infraestructuras.
Asesinatos selectivos.
Violaciones.
Terror en la retaguardia.
El balance es demoledor:
33 sacerdotes asesinados.
Decenas de civiles ejecutados.
Pueblos enteros arrasados.
Familias destrozadas.
Un clima de terror revolucionario que anticipó lo que vendría en 1936.
Esto no lo cuentan en las facultades de Historia controladas por la izquierda. Esto lo ocultan los libros oficiales. Esto lo borran las “leyes de memoria”.
Largo Caballero: precursor del terror, no “el abuelo de la democracia”
A Largo Caballero lo han intentado vender durante décadas como un socialista moderado, como “el Lenin español”, como una figura romántica de la izquierda. La realidad es que fue el principal instigador político del golpe de 1934.
Participó en su planificación.
Lo alentó desde la UGT.
Lo justificó públicamente.
Y jamás mostró arrepentimiento alguno.
Largo Caballero es el eslabón directo entre la Asturias revolucionaria de 1934 y el terror rojo de 1936. La sangre de Asturias no fue un accidente. Fue un ensayo general de la revolución que soñaban imponer a toda España.
El juicio de 1934: una represión “laxa” frente a crímenes monstruosos
Aquí llegamos a una de las grandes mentiras de la izquierda: la supuesta “represión brutal” del Estado tras sofocar la insurrección. La realidad es justo la contraria.
La represión fue laxa, timorata y profundamente insuficiente en relación a los delitos cometidos.
No hubo una depuración real.
No hubo castigos ejemplares.
No se desmontaron las redes revolucionarias.
No se ilegalizó al PSOE.
Se juzgó a algunos responsables, sí. Pero el aparato político del socialismo sobrevivió intacto. La mayoría de los culpables o fueron amnistiados después o regresaron a la política como si nada hubiera pasado.
Esa cobardía de la derecha gobernante en 1934 fue una de las causas directas del estallido de 1936. Se dejó vivo al monstruo. Y el monstruo volvió a atacar con más saña.
López Ochoa: el general que repuso el orden y que fue degollado por la izquierda
Uno de los episodios más reveladores de la miseria moral de la izquierda es el del general Eduardo López Ochoa, encargado de sofocar la insurrección en Asturias.
López Ochoa no fue un represor sanguinario.
Fue un militar que restableció el orden legal frente a una insurrección armada. Cumplió con su deber constitucional.
¿Y cómo se lo pagó la izquierda?







