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Coronel Antonio Tejero
OPINIÓN

23-F: cuando Tejero paró el golpe y otros salvaron el relato

La opinión de Javier García Isac de hoy, martes 24 de febrero de 2026

El 23 de febrero de 1981 no fracasa porque el Estado defendiera la legalidad con firmeza y convicción. Fracasa porque el principal ejecutor sobre el terreno se niega a aceptar el verdadero objetivo del plan. Ahí reside la gran paradoja de aquella jornada: el único que no traga con la farsa es el hombre señalado desde el principio para cargar con toda la culpa.

Cuando el teniente coronel Antonio Tejero irrumpe en el Congreso de los Diputados, lo hace convencido —equivocadamente— de que está participando en una operación para enderezar una España rota por el terrorismo, la debilidad política y el caos institucional. No es un demócrata liberal ni pretende serlo, pero tampoco es un traidor dispuesto a entregar el poder a quienes llevaban años trabajando para destruir cualquier vestigio de soberanía nacional.

El guion preveía que, tras el ruido, apareciera la figura del llamado elefante blanco. Ese elefante no era otro que el general Alfonso Armada, hombre de confianza de la Casa Real y perfecto enlace entre lo militar, lo institucional y lo político. Armada llevaba preparada su solución: un gobierno de “concentración” en el que tenían cabida, cómo no, los socialistas, comunistas y miembros del antiguo régimen. Un Ejecutivo diseñado para cerrar definitivamente la Transición por la vía del miedo.

Cuando Armada entra en el Congreso y expone su propuesta, Tejero comprende de golpe que ha sido utilizado. Aquello no era salvar España; era entregarla definitivamente. No había patria, ni orden, ni Ejército: había reparto de poder. Y ahí es donde Tejero —el supuesto golpista— se convierte en el mayor obstáculo del golpe.

Su negativa a aceptar aquel gobierno ilegítimo hace saltar por los aires el plan. Armada queda descolocado. La operación entra en fase de chapuza. Lo que debía ser una salida controlada se transforma en un desastre a ojos de quienes habían diseñado la jugada desde los despachos.

Es entonces cuando entra en juego la gran habilidad del entorno real, personificada en Sabino Fernández Campo. Con sangre fría, lectura del momento y una enorme capacidad para reconducir el caos, Sabino entiende que el golpe ya no puede cumplir su función inicial. Hay que cambiar el relato. Y rápido.

Lo que sigue es una operación magistral de propaganda política. El Rey, Juan Carlos I, aparece en televisión como salvador de la democracia, cuando en realidad había sido conocedor —y parte— de los movimientos previos, de los contactos, de los planes y de la figura de Armada. De pronto, el monarca pasa de actor a árbitro, de pieza clave a héroe nacional.

La jugada es perfecta: se borra todo rastro incómodo. Armada queda sacrificado con discreción. Tejero se convierte en el villano oficial. El Ejército en su conjunto es puesto bajo sospecha. Y la Corona sale reforzada como garante del nuevo sistema.

Nada de esto se explica sin la connivencia política del momento. El PSOE de Felipe González, heredero de una tradición golpista que se remonta al menos a 1934, no fue ajeno a lo que estaba ocurriendo. Al contrario: resultó uno de los grandes beneficiados. El mensaje cala: o el PSOE o el caos; o el sistema o los sables.

El 23-F deja así de ser un intento de golpe para convertirse en el acto fundacional del régimen posterior. Un régimen cimentado en el miedo, en la criminalización del patriotismo y en la neutralización definitiva del Ejército como actor político. Todo queda listo para que, apenas un año después, Felipe González arrase en las urnas con una mayoría absoluta presentada como balsámica y necesaria.

De aquella jornada sale un Rey reforzado, un Ejército humillado, una derecha domesticada y un PSOE convertido en solución de Estado. Y sale también una verdad incómoda: el golpe no se detuvo desde la Zarzuela; se detuvo porque Tejero no aceptó el reparto.

Lo que vino después fue la explotación del miedo. La utilización del 23-F como coartada moral. La purga silenciosa. La desaparición política de cualquier resistencia patriótica. Pero eso pertenece ya a los días posteriores.

Porque el 23-F, lejos de ser una victoria de la democracia, fue una lección magistral de cómo un desastre puede transformarse en un triunfo político, si se controla el relato. Y lo que vino después, eso ya es otra historia.

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