Mientras España se hunde en la corrupción moral y política más profunda desde los tiempos del felipismo, el ministro Ángel Víctor Torres, ese socialista de verbo meloso y sonrisa impostada, aparece en el epicentro de dos asuntos que definen a la perfección la podredumbre del Gobierno de Pedro Sánchez: la mentira y la persecución ideológica.
Por un lado, se va conociendo parte del informe de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, que desmiente la versión oficial del ministro sobre su relación con la trama de “las mascarillas fake”, ese escándalo de corrupción sanitaria que huele a podredumbre y que salpica de lleno a su entorno político en Canarias. Torres, con la frialdad que caracteriza a los que han hecho del engaño su oficio, mintió a todos los españoles al asegurar que no tuvo contacto alguno con los implicados. Hoy sabemos que sí lo tuvo. Que hubo llamadas, mensajes, reuniones y un evidente conocimiento de lo que se estaba cocinando. Mintió al Parlamento, a los medios y a la ciudadanía. Mintió, como mienten todos los que conforman este régimen del sanchismo, donde la verdad es un estorbo y la mentira un método de gobierno.
Y mientras se descubren estas verdades incómodas, el mismo Ángel Víctor Torres, ministro de Memoria Democrática, impulsa la extinción —porque no se atreven a decir ilegalización— de la Fundación Nacional Francisco Franco, una entidad perfectamente legal que solo cumple con lo que en teoría debería amparar cualquier democracia: la libertad de pensamiento y de asociación. Pero claro, para el sanchismo y su brazo masónico, la libertad solo existe cuando se ajusta al dogma progresista. Todo lo que huela a tradición, a patriotismo, a verdad histórica o a respeto por la obra del general Franco, debe ser borrado, perseguido o prohibido.
El ministro masón y su cruzada sectaria
Hace apenas unas semanas, el propio Torres inauguraba en Santa Cruz de Tenerife un “Centro Masónico” sufragado con dinero público. 3,5 millones de euros de todos los españoles para rendir culto a una sociedad secreta que, desde hace siglos, ha operado en la sombra minando los cimientos espirituales y patrióticos de las naciones. No hay que ser ingenuos: la masonería siempre ha tenido una obsesión enfermiza con Franco, con la España católica y con todo lo que simboliza orden, unidad y tradición.
Resulta grotesco y ofensivo que este ministro masón, en el mismo mes en que se confirman sus mentiras sobre la corrupción de las mascarillas, impulse la “extinción” de una fundación que no ha robado un euro, que no ha estafado a nadie y que solo defiende la verdad histórica frente a la manipulación sectaria de la izquierda.
La izquierda nunca se arrepiente: destruye o censura







