
6 de diciembre de 1978: el día que España votó sin saber que estaba firmando su propia fractura
Una Constitución que abrió la puerta a lo que no existía
Un 6 de diciembre de 1978 se votaba la Constitución española. Un texto que muchos recuerdan hoy con una mezcla de nostalgia, ingenuidad y engaño. La fecha se ha convertido en un ritual vacío, en una ceremonia hueca donde las élites del régimen del 78 se felicitan entre ellas por un invento que ni resolvió los problemas de entonces ni ha sido capaz de afrontar los de ahora. En aquel momento se presentó como el gran pacto nacional; con el paso del tiempo, se revela como el acta fundacional de un sistema político agotado, contradictorio y profundamente injusto.
Porque conviene decirlo clara y rotundamente:
La Constitución del 78 dijo una cosa y la contraria, prometió unidad, pero sembró la semilla del separatismo, habló de igualdad, pero construyó 17 miniestados enfrentados, defendió la soberanía nacional mientras entregaba trozos de ella a los caciques regionales. Fue un texto ambiguo, calculado, diseñado para que cada uno leyese en él lo que quisiera, excepto España, que no encontró en sus páginas la defensa firme que merecía.
Una Constitución que abrió la puerta a lo que no existía: el separatismo institucionalizado
La España de 1978 no tenía un problema territorial.
Lo tuvo después.
Lo tuvo gracias a esta Constitución que, en lugar de reforzar la unidad nacional, creó un modelo autonómico pensado como moneda de cambio para comprar silencios, apoyos, tejer una inmensa red territorial y equilibrios parlamentarios.
Lo que nació como una descentralización “para acercar la administración al ciudadano” se convirtió en una fábrica de desigualdades, privilegios fiscales, chantajes permanentes y corrupciones locales. El Estado se fragmentó en diecisiete piezas diseñadas para competir entre sí, para culparse unas a otras, para actuar como reinos de taifas modernos.
Todo ello, por supuesto, con el aplauso de quienes hoy reniegan hipócritamente de la Constitución: los mismos separatistas que han exprimido hasta el último resquicio de un sistema que les concede poder, dinero y capacidad de chantaje. Que alguien me explique por qué no celebran el 6 de diciembre, si han sido precisamente ellos quienes más han ganado con esta Constitución que, supuestamente, “defiende” la unidad de España.
Un texto que no resolvió nada: ni en 1978 ni en 2025
Cuando se votó aquella Constitución, al pueblo español no se le permitió pensar, reflexionar ni debatir.
Se nos dijo que votar “sí” era votar la estabilidad, votar la continuidad, votar la modernidad. Muchos, ingenuamente, creyeron que era una prolongación de la España estable que Franco dejó, sin imaginar que se abría la puerta a un modelo completamente distinto: la sustitución de la representación auténtica por la partitocracia que acabaría apoderándose de todo.
La Constitución prometió igualdad, pero hoy dependiendo de dónde nazcas, vivas o mueras, tienes
diferente educación,
distinto acceso a la sanidad,
chantajes fiscales particulares,
leyes penales diversas,
y hasta derechos lingüísticos que te reconocen o te niegan.
¿Es esto igualdad?
¿Es esto justicia?
¿Es esto España?
La respuesta es evidente.
La gran mentira del bipartidismo
Aquella Constitución fue diseñada para garantizar que dos partidos —y solo dos— se repartieran el poder eternamente:
PSOE y PP (AP) son los dos pilares del régimen del 78. Lo de la UCD fue solo una herramienta accidental.
Dos caras de una misma moneda, una moneda gastada que hoy hunde a España en la decadencia moral, institucional y económica.
El PP heredó el sistema y lo conservó.
El PSOE lo moldeó a su antojo y lo pudrió.
Ambos han hecho del Estado una finca personal donde la soberanía popular es una entelequia y la voluntad del pueblo ha sido suplantada por la voluntad de los partidos.
Una Constitución incumplida donde más falta hacía: la defensa de España
El artículo 2, la unidad de la Nación
El artículo 8, las Fuerzas Armadas
El artículo 155, la integridad del Estado
Todo ello está en la Constitución.
Nada de ello se ha aplicado cuando la Nación ha sido atacada, y cuando se aplicó el 155, se hizo de forma tan cobarde y timorata, que hubiera sido mejor no aplicarlo.
La lectura que se ha hecho de la Constitución siempre ha sido contra España, jamás en su defensa. Se ha utilizado para permitir rupturas, no para evitarlas; para debilitar al Estado, no para fortalecerlo; para excusar privilegios, no para impedirlos.
Por eso la España actual está más dividida que nunca desde 1936.
Más fracturada, más desigual, más desorientada.
Casi 50 años después, una conclusión evidente: este modelo ha fracasado
Medio siglo después, se puede afirmar sin miedo, con serenidad y con plena conciencia histórica:
La Constitución de 1978 ha llevado a España a un callejón sin salida.
No resolvió los problemas territoriales: los agravó.
No garantizó la igualdad: la destruyó.
No mejoró la calidad democrática: la hundió bajo el peso de la partitocracia.
No protegió la soberanía nacional: la diluyó.
No fortaleció la unidad: sembró discordia.
Es un texto manoseado, reinterpretado según conveniencia, jamás aplicado en los aspectos que defendían España, siempre usado para socavar la nación.
Hora de una reflexión profunda: derogar para reconstruir
España, si quiere sobrevivir como Nación, necesita una nueva Constitución.
Una Constitución clara, firme, sin ambigüedades, sin cesiones, sin privilegios territoriales, sin partidos que medien entre el ciudadano y su libertad. El partido político no puede estar por encima de la persona. Le puede representar, pero no intimidar o coaccionar.
Una Constitución que devuelva la soberanía al pueblo y no a las oligarquías.
Una Constitución que cierre de una vez por todas la puerta al separatismo, a la corrupción institucionalizada y al chantaje permanente.
La del 78, con toda su historia, con toda su carga simbólica, ya no sirve.
Fue un error desde su origen, un engaño desde su campaña y un fracaso desde su aplicación.
6 de diciembre de 1978: el día que España celebró un espejismo
Hoy, casi medio siglo después, lo que se nos vendió como la panacea se ha convertido en la mayor fuente de problemas de España. Lo que se llamó “consenso” fue una claudicación. Lo que se celebró como “transición modélica” fue una sustitución de élites. Y lo que debía ser el marco de convivencia terminó siendo el manual del desmantelamiento de la Nación.
Esa es la verdad que nadie quiere decir.
Esa es la verdad que el pueblo español merece escuchar.
Y esa es la verdad que, algún día, deberá alumbrar una nueva España.
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