
28 de diciembre: los Santos Inocentes que ya no lloran
El Día de los Santos Inocentes no nació para la burla, sino para el llanto
Cada 28 de diciembre hemos aprendido a reír.
A gastar bromas.
A colgar inocentadas.
A trivializar una fecha que el calendario ha convertido en un juego y que la historia y la fe nos recuerdan como una tragedia inmensa.
El Día de los Santos Inocentes no nació para la burla, sino para el llanto.
No para la risa fácil, sino para el recuerdo de unos niños asesinados por el simple hecho de existir.
Porque un día como hoy, según narra el Evangelio, el rey Herodes, cegado por el miedo al nacimiento del Mesías, ordenó la matanza de todos los niños menores de dos años en Belén. No por lo que habían hecho. No por lo que eran. Sino por lo que podían llegar a ser. El poder, cuando se siente amenazado, siempre actúa igual: elimina al inocente.
Dos mil años después, Herodes ya no viste corona ni empuña espada.
Hoy gobierna con traje, despacho oficial y boletines oficiales del Estado.
Los nuevos Santos Inocentes
Los Santos Inocentes de hoy no mueren por decreto de un rey, sino por leyes aprobadas en parlamentos. No son asesinados en las calles, sino en el vientre materno. No se les persigue por ser el Mesías, sino por estorbar, por no encajar en la agenda, por romper planes, por incomodar al sistema.
Hoy, millones de niños son eliminados antes de nacer con el consentimiento del Estado, la bendición ideológica de los gobiernos y el aplauso de una cultura que ha conseguido lo impensable: convertir un drama en un derecho.
El aborto ya no se presenta como una tragedia.
Se presenta como una conquista.
Como un avance.
Como un “derecho constitucional”.
Y cuando una sociedad consagra en su Constitución el derecho a eliminar al más débil, ha cruzado una línea moral de la que ya no regresa indemne.
De tragedia a método anticonceptivo
Lo verdaderamente aterrador no es solo el aborto en sí, sino su banalización absoluta. Se ha dejado de hablar de dolor, de trauma, de consecuencias psicológicas, del síndrome postaborto que tantas mujeres sufren en silencio. Se ha impuesto un relato edulcorado, frío y técnico, donde el niño desaparece del lenguaje y se convierte en “contenido uterino”, “interrupción voluntaria” o “proceso sanitario”.
El aborto ya no se plantea como último recurso ante situaciones extremas, sino como método anticonceptivo tardío, como solución cómoda a una sociedad que ha perdido el sentido del sacrificio, de la responsabilidad y del valor de la vida.
Y todo ello envuelto en consignas ideológicas, pancartas moradas y consignas vacías de humanidad.
La risa que tapa el llanto
Quizá por eso este día resulta tan incómodo.
Quizá por eso hemos preferido esconder su significado bajo bromas y chistes.
Porque recordar a los Santos Inocentes obliga a mirar de frente una verdad que incomoda: nuestra sociedad mata a sus hijos y lo celebra como progreso.
El 28 de diciembre no debería ser solo el día de la inocentada. Debería ser el día del silencio, del respeto, de la memoria. El día para recordar a los que no tuvieron voz. A los que no pudieron defenderse. A los que nunca llegaron a llorar porque nunca se les permitió nacer.
Recordar para no repetir
Herodes creyó que eliminando a los niños acabaría con la amenaza.
La historia le juzgó como lo que fue: un tirano cobarde.
Los Herodes modernos creen que eliminando la vida solucionan problemas sociales, económicos o personales. La historia también los juzgará.
Este 28 de diciembre, más allá de la broma fácil, convendría detenerse un momento y recordar que los verdaderos Santos Inocentes de nuestro tiempo no salen en memes ni en titulares. Están enterrados en estadísticas, escondidos en quirófanos y silenciados por leyes injustas.
Hoy, más que nunca, el Día de los Santos Inocentes debería ser el día en que España recuerde a los millones de niños que no nacieron.
No como cifras.
No como ideología.
Sino como lo que fueron: vidas truncadas, inocentes asesinados y una herida moral que ningún gobierno puede tapar.
Porque una sociedad que se ríe el día que debería llorar, es una sociedad que ha perdido el alma.
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