
23 de noviembre de 1975: La España que lloró a Franco
Fue el último gran acto de unidad, respeto y fervor patriótico que se recuerda en nuestra historia reciente.
El 23 de noviembre de 1975, España amaneció vestida de luto.
Esa jornada, millones de españoles acompañaron, entre lágrimas y un silencio sobrecogedor, los restos mortales del hombre que había gobernado el país durante casi cuarenta años: Francisco Franco Bahamonde. Aquel día, con el féretro cubierto por la bandera rojigualda, una nación entera desfiló ante su memoria en la Plaza de Oriente y en el Valle de los Caídos, donde fue enterrado. El mismo Valle que ha sido profanado por los que provocaron la guerra civil española, con la pasividad de la jerarquía eclesiástica, aquella que fue salvada por Franco de su exterminio.
Fue el último gran acto de unidad, respeto y fervor patriótico que se recuerda en nuestra historia reciente.
Porque sí: España lloró a Franco.
El funeral de Estado: el último juramento de lealtad
A su entierro asistieron jefes de Estado y representantes de más de un centenar de países. Las cámaras de televisión recogían una imagen inédita: un pueblo enlutado, ordenado, en silencio, rezando y despidiendo a quien consideraban el salvador de España.
En la Plaza de Oriente, un mar de banderas nacionales ondeaba al viento. Miles de personas, de todas las edades y condiciones sociales, se congregaban sin que nadie las convocara.
No era miedo, ni obligación, ni costumbre: era agradecimiento y respeto.
Allí estaban los que habían vivido la guerra, los que habían conocido el hambre y los que habían prosperado en la España del desarrollo. Todos tenían algo en común: sabían que aquel hombre había mantenido la paz, la unidad y la independencia de España.
Del Caudillo al mito
Franco fue trasladado al Valle de los Caídos, aquel monumento grandioso que había soñado como símbolo de reconciliación y no de victoria. Allí reposarían, bajo la misma cruz, los muertos de ambos bandos.
El silencio sólo se rompía con el repique de las campanas y el himno nacional.
Mientras el féretro descendía al sepulcro, muchos rompieron a llorar. Se había ido el Jefe del Estado, el Generalísimo, el Caudillo, pero para millones de españoles también se marchaba el símbolo de una época de certezas.
No hubo incidentes, ni disturbios, ni enfrentamientos.
Hubo un pueblo sereno, fiel y agradecido.
Aquel 23 de noviembre fue, sin saberlo, el final de una era y el comienzo de una rendición.
El contraste con la España actual
Comparar aquella jornada con la España de hoy produce una profunda tristeza.
Entonces había respeto; hoy, desprecio.
Entonces había unidad; hoy, fragmentación.
Entonces ondeaba una sola bandera; hoy, diecisiete.
El régimen del 78, nacido de la ruptura disfrazada de consenso, no sólo se empeñó en borrar la obra de Franco: se propuso borrar su memoria. Hoy se le insulta desde los púlpitos mediáticos, se le juzga desde el presente y se pretende reescribir la historia con leyes sectarias como la de “memoria democrática”.
Pero ningún decreto puede cambiar lo que millones de españoles vivieron: que bajo Franco hubo orden, justicia social, prosperidad y respeto a España.
Mientras hoy se profanan tumbas y se rescriben libros, la realidad histórica permanece: el pueblo lloró a Franco porque sabía que con él se iba el último jefe de Estado que antepuso el deber a la ambición.
Una nación agradecida
Quienes vivieron aquellas jornadas cuentan que las colas para rendir homenaje al Caudillo se extendían durante horas. Campesinos, obreros, estudiantes, soldados, monjas, empresarios, madres con sus hijos… Todos desfilaban ante el féretro con un mismo gesto de respeto.
Nadie les pagó, nadie les ordenó ir. Fueron por convicción.
Era el agradecimiento silencioso de un pueblo a quien había reconstruido su patria desde las ruinas de una guerra y la miseria de la posguerra.
En el Valle de los Caídos, los soldados del Ejército español —el mismo que Franco mandó durante la Cruzada— le rindieron honores con la solemnidad que sólo acompaña a los grandes hombres de la historia.
El eco de aquellos himnos aún resuena en la memoria de los que estuvieron allí.
De la fidelidad al olvido
Aquel día, la lealtad popular contrastó con la tibieza de quienes tomaron el relevo.
Los mismos que lloraban en público se apresuraron, en privado, a preparar la “reforma”, la transición tutelada y la demolición de todo lo que Franco había construido.
Los que le juraron lealtad serían los primeros en traicionar su memoria.
Y el pueblo español, despolitizado y confiado, asistió sin darse cuenta al desmantelamiento de la España que tanto le había costado levantar.
El entierro de Franco fue también el entierro del patriotismo institucional, del respeto a la autoridad, de la unidad moral del país.
A partir de entonces, vendría la decadencia disfrazada de libertad.
La España que Franco dejó
Franco murió con España unida, respetada y en paz.
Con el paro más bajo de su historia, con una clase media pujante, con la sanidad y la educación pública garantizadas, con la deuda controlada y con la independencia económica preservada frente a los grandes bloques.
Hoy, cincuenta años después, la comparación resulta hiriente: España es un país dividido, endeudado, sin rumbo ni orgullo.
Y esa decadencia empezó justo después de aquel 23 de noviembre de 1975, cuando se cerró la losa sobre el hombre que representaba la continuidad histórica de la nación.
La España que lloró a Franco
El 23 de noviembre de 1975 no fue un día cualquiera.
Fue el último día en que España se reconoció a sí misma como nación unida, creyente y agradecida.
Ese día, en el Valle de los Caídos, millones de españoles comprendieron —aunque no todos lo dijeran— que con Franco se iba algo más que un gobernante: se iba la seguridad, el orden y la dignidad de un país que había sabido reconstruirse con su esfuerzo.
Por eso, cuando algunos se empeñan hoy en borrar su nombre, conviene recordar que la historia no la escriben los políticos ni los periodistas subvencionados, sino la memoria viva de un pueblo que, aquel 23 de noviembre, lloró a Franco con gratitud y respeto.
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