El 22 de noviembre de 1975, apenas dos días después de la muerte de Francisco Franco, las Cortes Españolas se reunían para proclamar a Juan Carlos de Borbón como Rey de España. Era un día solemne, cargado de emoción y esperanza. Muchos españoles, aun con lágrimas en los ojos por el Caudillo que acababa de fallecer, depositaban su confianza en aquel joven monarca que juraba fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y prometía continuidad. Nadie imaginaba entonces que aquel juramento sería el primero de muchos que traicionaría.
España, todavía vestida de luto, asistía al relevo de la Jefatura del Estado con una mezcla de respeto, nostalgia y prudente esperanza. Franco había dejado el país unido, pacificado y en pleno desarrollo. Había construido las bases de una nación moderna, con independencia económica, soberanía nacional y una pujante clase media. Lo que se esperaba del nuevo Rey era continuidad, estabilidad y respeto a esa obra. Pero pronto se vio que su reinado no sería una continuación, sino una ruptura.
De la ilusión a la decepción
Durante los primeros años, el pueblo español quiso creer. Se hablaba de una “transición ejemplar”, de un “Rey moderno”, de “apertura”. Se nos dijo que España entraba en una nueva era, que habría libertad, prosperidad y reconciliación. Pero detrás de esas palabras se escondía la semilla de la descomposición nacional.
Juan Carlos I fue el artífice, o al menos el símbolo, de la llamada “Transición”, que en realidad no fue otra cosa que una entrega controlada del poder a las mismas fuerzas que décadas antes habían intentado destruir España: el socialismo, el separatismo y el resentimiento frente populista.
En poco tiempo, lo que fue una monarquía esperanzadora se convirtió en una monarquía avergonzada. La Constitución del 78 —vendida como el gran pacto nacional— consagró el modelo autonómico que hoy desangra a España, y el Rey, lejos de oponerse, fue su primer defensor. Aquel “Rey de todos los españoles” fue, en realidad, el monarca que abrió la puerta a la desintegración territorial, al sectarismo político y al relativismo moral.
El 23-F y el silencio cómplice
Hoy, medio siglo después, Juan Carlos I publica sus memorias, donde vuelve a hablar de casi todo, pero donde calla lo más importante. No dice una palabra sobre su papel en el golpe del 23 de febrero de 1981, y las que dice, sabe que miente, que no son ciertas. Omite su intervención en aquellos hechos oscuros donde el PSOE y ciertos sectores del poder aprovecharon la confusión para consolidar el nuevo régimen, eliminar a los militares incómodos y fortalecer la figura de Felipe González como alternativa tutelada al sistema.
Muchos de los que conocieron las entrañas de aquel episodio saben que la actuación del Rey no fue tan heroica como se nos ha vendido. No fue el salvador de la democracia, sino un actor más en una operación diseñada para consolidar un nuevo orden político bajo el control del socialismo del PSOE y de los servicios extranjeros. Ese silencio, en sus memorias, no es casual: es la omisión de quien sabe demasiado y teme que la verdad, tarde o temprano, le retrate, verdad que, por otro lado, es ya un secreto a voces.
El Rey que acabó siendo un juguete roto
Durante décadas, Juan Carlos I gozó del afecto del pueblo español. Su cercanía, su campechanía y su aparente simpatía le hicieron popular. Pero tras esa fachada se escondía un comportamiento personal y político reprobable. El tiempo, y la evidencia, fueron desmontando el mito.
Aquel monarca que se presentaba como cercano y sencillo vivía rodeado de lujo, de amistades dudosas y de una corte de aduladores que, a la postre, fueron los primeros en abandonarlo. Los mismos que le reían las gracias y aplaudían sus excesos fueron quienes, llegado el momento, le señalaron y le repudiaron.







