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Pintura religiosa medieval que muestra a un grupo de santos y figuras eclesiásticas con aureolas doradas sobre un fondo dorado
OPINIÓN

1 de noviembre: Todos los Santos, la memoria que nos quieren arrebatar

La opinión de Javier García Isac de hoy, viernes 31 de octubre de 2025

El 1 de noviembre es, o debería ser, una de las fechas más sagradas del calendario español. El Día de Todos los Santos no es solo una jornada religiosa: es un acto de memoria, de respeto y de continuidad entre los que fuimos, los que somos y los que seremos. Es el día en que España se detiene, se viste de silencio y de flores, y recuerda a sus muertos con amor, con oración y con la serenidad que da saberse parte de una historia que no empieza ni termina en uno mismo.

Durante generaciones, el 1 de noviembre fue un día de recogimiento, de familia, de misa y de cementerio. Un día en el que los pueblos olían a cera y a crisantemos, y donde las campanas marcaban el compás de la eternidad. Era la España de las almas, de los recuerdos, de las oraciones compartidas. Era la España que entendía que recordar a los muertos no es mirar atrás, sino mantener vivo el vínculo con la verdad y la fe.

Hoy, sin embargo, esa España parece un recuerdo de otro tiempo. En su lugar, se ha impuesto —como tantas otras cosas— una moda importada, vacía y ruidosa: Halloween. Lo que comenzó como una curiosidad anglosajona se ha convertido en una invasión cultural promovida por los mismos que han hecho de la globalización un proyecto de uniformidad y banalidad.

Las calles que antes se llenaban de familias visitando los cementerios, hoy se llenan de disfraces de plástico, calabazas de goma y fiestas sin alma. En lugar de recordar a los difuntos, se celebra la muerte como espectáculo. En lugar de rezar por quienes nos precedieron, se juega a burlarse del miedo y de lo sagrado. Halloween, esa caricatura de una antigua tradición celta comercializada por Hollywood, ha desplazado a una festividad milenaria que en España tenía —y tiene— un sentido profundo: el del respeto, la familia y la trascendencia.

No es casualidad. Nada de esto ocurre por azar. La colonización cultural anglosajona no se limita al idioma o a las costumbres: busca vaciar de contenido espiritual las tradiciones propias de cada nación, destruir sus símbolos y reemplazarlos por productos de consumo global. Donde antes había fe, hoy hay marketing. Donde antes había memoria, hoy hay entretenimiento.

Y en España, como siempre, los de dentro ayudan a los de fuera. Políticos, instituciones, colegios y medios de comunicación han convertido Halloween en un fenómeno masivo, incluso en las escuelas. Los niños ya no recitan el “Don Juan Tenorio” ni aprenden el sentido cristiano del Día de Todos los Santos; ahora se disfrazan de zombis y brujas sin saber por qué. Se ha sustituido el rezo por la máscara, la luz por la oscuridad, la devoción por el ruido.

El Día de Todos los Santos es, en cambio, una de las fiestas más bellas y profundas del alma española. Es el día en que se honra no solo a los santos canonizados, sino a todos los hombres y mujeres buenos que nos precedieron. Es el día del abuelo que luchó, del amigo que se fue, del hijo que se perdió, de todos aquellos que dejaron huella en nuestra vida. Es el día en que los vivos visitan a los muertos, y los muertos —en silencio— nos recuerdan que la vida tiene sentido porque tiene fin.

Esa solemnidad, ese respeto, esa conexión con el pasado, son precisamente lo que las élites culturales modernas odian. Porque un pueblo que respeta a sus muertos es un pueblo que no puede ser manipulado. Un pueblo con memoria es un pueblo libre. Por eso, mientras nos invitan a disfrazarnos de cadáveres, ellos nos roban la memoria de los verdaderos muertos: los héroes, los santos, los mártires, los nuestros.

No es casual que el mismo Gobierno que profana tumbas, que manipula la historia y que pretende imponer una “memoria oficial”, promueva sin reparos la cultura de Halloween. No hay contradicción: es el mismo proyecto. Se destruye el significado para llenar el vacío con ruido. Se borra la tradición para imponer la mercancía. Se ridiculiza lo sagrado para glorificar lo grotesco.

Y frente a eso, debemos decir no. Con la misma firmeza con que se defiende una bandera, una lengua o una fe. Porque defender el Día de Todos los Santos no es una cuestión de nostalgia, sino de identidad. Es defender el alma de España frente a la nada globalista. Es recordar que somos herederos de una civilización cristiana que dio sentido al tiempo y al más allá.

El 1 de noviembre no es una noche de miedo: es una jornada de esperanza. Una cita con nuestros muertos, que no están ausentes, sino presentes en la memoria y en la oración. Es un día para enseñar a los niños que no todo lo viejo es aburrido, que no todo lo moderno es bueno, y que hay cosas —como el amor a los nuestros y la fe en la eternidad— que valen más que todas las modas del mundo.

Por eso, cuando vea a un niño disfrazado de esqueleto, recordaré al hombre que va con flores al cementerio. Cuando escuche gritos en una discoteca, recordaré el silencio de una iglesia encendida con velas. Y cuando vea al Gobierno profanar la historia y las tumbas, recordaré a ese pueblo que, pese a todo, sigue encendiendo una vela por sus muertos.

Porque el alma de España no está en Halloween, sino en Todos los Santos. Y mientras quede una vela encendida, una oración dicha en voz baja y un ramo de flores sobre una lápida, España seguirá viva.

➡️ Opinión

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