Incluso se permiten el lujo de jugar con la salud del caudillo. Ojo, me refiero al actual, al Adonis. Esos rumores sobre la fatiga cardíaca de Pedro Sánchez, convenientemente filtrados para generar empatía mística, no son más que otra capa de barniz sobre una realidad mucho más prosaica. Se habla de estrés y de corazón cansado, pero nadie se atreve a señalar lo evidente: que este país se está yendo por el sumidero mientras el presidente sobrevive a base de una dieta de soberbia y, quién sabe, si de algún estimulante empolvado pagado con el IVA de los alimentos básicos que acaba de subir. Es la épica del resistente, un drama de sobremesa para que el electorado olvide que este hombre ha convertido la traición en su único programa electoral.
Es muy triste observar la velocidad con la que el español medio olvida. Hace apenas unos meses, el nombre de José Luis Ábalos ocupaba todas las portadas. El hombre que sabía demasiado, el gestor de las sombras, el visitante de aeropuertos a horas intempestivas duerme hoy en prisión provisional. ¿Alguien se acuerda? ¿Alguien pide cuentas por la trama de las mascarillas que se fraguó mientras España enterraba a sus abuelos sin poder despedirse de ellos? El putero de Ábalos, fue sacrificado en el altar del sanchismo para que el Gran jefe pueda seguir otro día más en el Falcon. Es el peón entregado para salvar al Rey, y el pueblo, entretenido con la última denuncia anónima de Instagram, ya ni siquiera recuerda el olor del fango de la calle Zurbano.
Y ¿Óscar Puente? El garrulo cuya única competencia parece ser el insulto por Twitter y el desprecio sistemático a cualquiera que ose criticar el caos ferroviario que ha convertido a España en un país de tercera. Ahí sigue, atrincherado en su soberbia con cargo, sin dimitir a pesar de los accidentes, de las muertes y de una gestión más propia de un gestor de cercanías en el Congo. Da igual cuántas personas mueran en un accidente o cuántos trenes se queden parados en mitad de la nada; mientras seas fiel al Líder y sepas ladrarle a la oposición, tu sillón está blindado con el dinero de todos.
Mientras el plató de TelePedro emite programas especiales sobre los therians y otras patologías de rojos para distraer al personal, la España real sigue sangrando. Los damnificados por el volcán de La Palma, tres años después, siguen esperando unas casas que nunca llegan, viviendo en contenedores y promesas rotas. Los afectados por la DANA de Valencia ven cómo las ayudas se pierden en la burocracia de un Estado que es rápido para cobrar, pero lentísimo para socorrer. Para ellos no hay minutos de gloria en el prime time, porque su dolor no sirve para atacar a la derecha ni para apuntalar el relato del gobierno de la gente.
Ante este panorama de sombras, la única trinchera que nos queda es la palabra libre. Por eso, en cada una de mis columnas, incluyendo esta misma disección que usted lee en este momento, me empeño en rasgar el celofán de la política que nos asfixia. No es una tarea fácil navegar en las cloacas de la conducta humana, como ya hice en las páginas de mi novela 'Relatos de un maltratador', supone enfrentarse a un espejo que este Gobierno teme como al demonio. Del mismo modo, el lanzamiento de 'El Diario de Carmen' no es más que otro paso en esa misma dirección: la de arrojar luz sobre los rincones oscuros de una sociedad que prefiere el sedante de TelePedro al crudo despertar de la verdad. Mientras ellos redactan leyes ideológicas en despachos, algunos seguimos empeñados en escribir la crónica de un país que se niega a morir.