España ya no es una nación; es un decorado financiado con el sudor de los que madrugamos y pasamos por la ducha. Mientras el ciudadano medio intenta descifrar cómo pagar la factura de la luz o por qué su sueldo se evapora en la caja registradora del supermercado, la factoría de ficción de la Moncloa ha decidido que somos su público cautivo. Nos han convertido en un inmenso plató de televisión de cincuenta millones de personas, una audiencia anestesiada que consume escándalos de bragueta y comunicados lacrimógenos mientras las vigas del Estado se pudren a la vista de todos. Nos quieren entretenidos, nos quieren divididos y, sobre todo, nos quieren profundamente imbéciles.
Asistimos estos días a una coreografía de distracciones perfectamente orquestada. El caso Errejón, el monumento a la hipocresía con gafas, de una izquierda que desayuna moralina y cena cinismo es solo la última entrega de un guion diseñado para que no miremos hacia donde de verdad importa. Nos bombardean con los detalles escabrosos de la seducción guarra del niño mimado de la nueva política, mientras el Gobierno desentierra el 23F como si la desclasificación de unos documentos de hace 45 años fuera a llenar la nevera de alguien. Es la necrofilia política de siempre: cuando el presente les quema, sacan a pasear los fantasmas del pasado para que el rebaño bale con la sintonía ensayada.
Incluso se permiten el lujo de jugar con la salud del caudillo. Ojo, me refiero al actual, al Adonis. Esos rumores sobre la fatiga cardíaca de Pedro Sánchez, convenientemente filtrados para generar empatía mística, no son más que otra capa de barniz sobre una realidad mucho más prosaica. Se habla de estrés y de corazón cansado, pero nadie se atreve a señalar lo evidente: que este país se está yendo por el sumidero mientras el presidente sobrevive a base de una dieta de soberbia y, quién sabe, si de algún estimulante empolvado pagado con el IVA de los alimentos básicos que acaba de subir. Es la épica del resistente, un drama de sobremesa para que el electorado olvide que este hombre ha convertido la traición en su único programa electoral.
Es muy triste observar la velocidad con la que el español medio olvida. Hace apenas unos meses, el nombre de José Luis Ábalos ocupaba todas las portadas. El hombre que sabía demasiado, el gestor de las sombras, el visitante de aeropuertos a horas intempestivas duerme hoy en prisión provisional. ¿Alguien se acuerda? ¿Alguien pide cuentas por la trama de las mascarillas que se fraguó mientras España enterraba a sus abuelos sin poder despedirse de ellos? El putero de Ábalos, fue sacrificado en el altar del sanchismo para que el Gran jefe pueda seguir otro día más en el Falcon. Es el peón entregado para salvar al Rey, y el pueblo, entretenido con la última denuncia anónima de Instagram, ya ni siquiera recuerda el olor del fango de la calle Zurbano.
Y ¿Óscar Puente? El garrulo cuya única competencia parece ser el insulto por Twitter y el desprecio sistemático a cualquiera que ose criticar el caos ferroviario que ha convertido a España en un país de tercera. Ahí sigue, atrincherado en su soberbia con cargo, sin dimitir a pesar de los accidentes, de las muertes y de una gestión más propia de un gestor de cercanías en el Congo. Da igual cuántas personas mueran en un accidente o cuántos trenes se queden parados en mitad de la nada; mientras seas fiel al Líder y sepas ladrarle a la oposición, tu sillón está blindado con el dinero de todos.
Mientras el plató de TelePedro emite programas especiales sobre los therians y otras patologías de rojos para distraer al personal, la España real sigue sangrando. Los damnificados por el volcán de La Palma, tres años después, siguen esperando unas casas que nunca llegan, viviendo en contenedores y promesas rotas. Los afectados por la DANA de Valencia ven cómo las ayudas se pierden en la burocracia de un Estado que es rápido para cobrar, pero lentísimo para socorrer. Para ellos no hay minutos de gloria en el prime time, porque su dolor no sirve para atacar a la derecha ni para apuntalar el relato del gobierno de la gente.







