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El Informe del Colapso

El Informe del Colapso
porEDATV
actualidad

Por: Jota Camacho

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En España la seguridad de las mujeres es una moneda de cambio para la supervivencia política de un Gobierno que ha hecho del maquillaje estadístico su principal ministerio. Mientras el adonis cadavérico presidencial que habita la Moncloa se deshace en gesticulaciones de cara a la galería, la realidad de las comisarías arroja un balance terrible. No estamos ante una racha de mala suerte; estamos ante un cambio de paradigma criminal provocado por la ingeniería social y la apertura temeraria de fronteras a culturas que desprecian la libertad occidental.

Los datos crudos, esos que el señor Tezanos y los analistas de cuota intentan diluir en informes de mil páginas y el último Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior, España cierra este ciclo con una cifra que hiela la sangre: una media de 14,7 agresiones sexuales con penetración denunciadas al día. Esto supone que, en lo que usted tarda en almorzar y volver al trabajo, una mujer ha sido violada en suelo español.

La evolución es el acta irrefutable contra el progresismo: En 2018, las violaciones registradas fueron 2.744. Al cierre de 2025, la cifra ha escalado por encima de las 5.300.

Es un incremento del 93,2% en apenas ocho años. ¿Cómo explica esto el Ministerio de Igualdad? Su respuesta es siempre la misma: Es que ahora se denuncia más. Es una mentira podrida. Cualquier analista serio sabe que el aumento de las agresiones con penetración (el delito más violento y traumático) crece a un ritmo muy superior al de los delitos sexuales sin contacto físico. No es que haya más confianza en el sistema; es que hay más violadores en la calle. La Ley del Solo sí es sí, no fue un error de cálculo, fue una alfombra roja para la reincidencia y una señal de debilidad que los depredadores han sabido leer perfectamente.

Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y las memorias de la Fiscalía General del Estado son claros, por mucho que se intenten ocultar tras la protección de datos para no alimentar lo que ellos llaman racismo. La realidad es que la población extranjera, que apenas llega al 15% del censo, está involucrada en el 43% de las detenciones por agresiones sexuales. Y esto no incluye los extranjeros nacionalizados…

Este dato se vuelve todavía más alarmante cuando desglosamos el tipo de ataque. En las agresiones perpetradas en el ámbito público, el ataque por sorpresa en un callejón, el asalto en un parque, el “manadeo”, el porcentaje de detenidos de origen extranjero, fundamentalmente magrebí y de áreas subsaharianas, supera el 50% en las grandes capitales como Madrid o la ya casi musulmana Barcelona.

No es una cuestión de raza, es una cuestión de cultura y valores. No se puede importar a millones de hombres jóvenes procedentes de sociedades donde la mujer es un objeto, un ser sin alma que debe ir tapado o que es propiedad del varón, y pretender que al cruzar la frontera se conviertan mágicamente en caballeros europeos. La incultura arcaica que traen consigo choca frontalmente con nuestra forma de vida. Para muchos de estos individuos, como hemos visto en declaraciones judiciales esta semana, la violación es solo sexo. Esa es la mentalidad que hemos metido en casa mientras los progres aplauden la llegada de pateras cargadas de riqueza cultural.

Si alguien piensa que esto es una exageración, que mire al norte. Francia es nuestro espejo de mañana. Los informes del SSMSI (Servicio Estadístico de Seguridad Interior francés) para 2024 y 2025 presentan un escenario de guerra civil sexual: 110.125 víctimas de violencia sexual registradas en un solo año. 41.000 violaciones consumadas. Una violación o intento de violación cada 2 minutos.

En el país vecino, el efecto embudo judicial es total: solo el 10% de las denuncias terminan en condena. Esa es la impunidad que estamos importando. En ciudades como París o Marsella, el control de la calle se ha perdido. Las zonas de no retorno son ya santuarios de la delincuencia donde la policía no entra y donde la mujer occidental es una pieza de caza. España está a solo un paso de ese abismo. El aumento del 37% en las condenas en España que vende el Gobierno es solo una cortina de humo: condenan más porque hay muchísimos más delitos, pero el porcentaje de impunidad real sigue creciendo debido a la saturación de los juzgados y a la falta de medios.

Lo que nos dicen los informes oficiales es solo la punta del iceberg. La Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA) estima que, en países con fuerte presión migratoria e ideológica, solo se denuncia entre el 8% y el 10% de la violencia sexual fuera de la pareja.

¿Qué hay bajo la alfombra de Interior? Hay miles de mujeres que no denuncian por miedo, por amenazas de bandas organizadas o porque saben que el agresor, si es un recién llegado, gozará de la protección de las ONGs y de la laxitud de unos fiscales que tienen órdenes de no incendiar la convivencia. El sistema está corrupto desde la base. Desde el momento en que se prioriza el relato de la integración exitosa sobre la integridad física de nuestras hijas, el Estado ha dejado de ser legítimo.

Tengo dos hijas, una hermana, una madre y una mujer. Como cualquier padre y esposo con sangre en las venas, mi prioridad es su seguridad. Me causa una rabia infinita ver cómo se engaña a los casi 25 millones de mujeres que habitan este país. Las han convencido de que el peligro es el heteropatriarcado español, el piropo en la calle o la falta de lenguaje inclusivo. Mientras las distraen con esas sandeces, permiten que caminen por las mismas calles que tipos que huyen de la justicia en sus países de origen y que ven en España un parque de atracciones de impunidad.

Hay que proteger a todas las mujeres. A las coherentes, pero también tenemos el deber moral de abrirles los ojos a las locas del progresismo que siguen defendiendo esta falsa integración y que piensan que no deben ser protegidas. Esa solidaridad de género que tanto pregonan termina donde empieza la navaja de un delincuente que no entiende de sororidad, sino de dominio y fuerza bruta.

Yo no nací en España. Fui un inmigrante que llegó con una mano delante y otra detrás, pero con la cabeza alta y el respeto tatuado en el alma. Vine a adaptarme, no a que España se adaptara a mis carencias de entonces. Vine a trabajar, y con el tiempo a generar empleo, a pagar impuestos, que ya sabemos que van a parar a los bolsillos de políticos  corruptos y a las subvenciones de los que no dan palo al agua. Vine a amar la cultura del jamón, (sobre todo del jamón), del vino y de la libertad cristiana.

Por eso, me asiste el derecho de llamar malnacidos a aquellos que eligen este país para seguir su modo de vida criminal. No son refugiados, son prófugos de la civilización. Y el Gobierno que los acoge con alfombra roja mientras persigue al autónomo y al ciudadano que cumple la ley, no es más que un cómplice necesario de cada violación que se comete.

España no es un país musulmán, ni una extensión del Magreb. No queremos burkas en nuestras plazas ni el miedo en los ojos de nuestras jóvenes. El progrerío puede seguir llamándonos racistas; a estas alturas, sus insultos son medallas en nuestro pecho. Preferimos ser llamados xenófobos por decir la verdad que ser cómplices silenciosos de la destrucción de nuestra nación.

Este artículo no es solo una columna de opinión; es un grito de guerra intelectual. Compartan estos datos. Láncenles las estadísticas del Ministerio a la cara de aquellos que dicen que no pasa nada. Los datos matan el relato, y hoy el relato del progresismo español está manchado de la sangre y el trauma de 14 mujeres al día.

Sánchez, señorías de la izquierda caviar: ustedes son los responsables de cada mirada hacia atrás que nuestras hijas tienen que dar al volver a casa con miedo. Y desde EDATV.news, no nos vamos a cansar de recordárselo hasta que el último de ustedes abandone los despachos que nunca debieron ocupar. España está despertando, y no tiene miedo a la verdad.

¿Sola y borracha quiero llegar a casa?…. ¡Maldita loca!


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