Además, mentiría si dijera que no me emocionó. Hay experiencias que sólo se entienden cuando se viven. Setenta mil personas reunidas en un estadio pueden parecer una cifra cuando la lees en una noticia, pero cuando estás allí dentro la percepción es completamente distinta. Durante unas horas el Bernabéu dejó de ser un estadio de fútbol y se convirtió en una enorme iglesia. Mirabas a tu alrededor y veías familias enteras, jóvenes, ancianos, personas llegadas de distintos lugares y con opiniones seguramente muy diferentes sobre casi todo, compartiendo sin embargo una misma oración.
En una época en la que todo parece diseñado para enfrentarnos, aquello tenía algo profundamente reconfortante. Estamos acostumbrados a que nos clasifiquen constantemente. Derecha o izquierda. Conservador o progresista. Creyente o ateo. Patriota o globalista. Todo parece reducido a etiquetas que nos obligan a colocarnos en un bando. Por eso impresiona tanto encontrarse de repente en un lugar donde miles de personas comparten algo sin preguntarse antes qué vota el de al lado o qué piensa sobre el último escándalo político.
Hubo un momento especialmente emocionante. Uno de los moderadores nos instó a cantar abrazados. Puede parecer una tontería contado desde fuera, pero cuando abrazas a un desconocido en medio de una celebración así entiendes que hay algo muy humano detrás de ciertos gestos. Durante unos segundos desaparece todo el ruido que nos rodea cada día. Desaparecen las discusiones, las redes sociales, los titulares y la crispación permanente. Sólo queda una multitud de personas dando gracias por estar allí. A mí se me llenaron los ojos de lágrimas y no tengo ningún problema en reconocerlo.
Madrid, además, estuvo a la altura del acontecimiento. La organización fue excelente y la ciudad volvió a demostrar una capacidad extraordinaria para gestionar eventos multitudinarios. Solemos fijarnos únicamente en los errores, pero cuando las cosas funcionan también conviene decirlo. Mover a decenas de miles de personas, garantizar la seguridad y conseguir que todo transcurra con normalidad no es sencillo. Sin embargo, durante aquellas jornadas todo pareció desarrollarse con una naturalidad admirable.
La imagen de miles de personas reunidas también me hizo reflexionar sobre algo que llevo tiempo defendiendo. España podrá ser un Estado aconfesional, podrá tener una sociedad cada vez más diversa y podrá vivir procesos de secularización como el resto de Europa, pero sigue siendo una nación profundamente marcada por el cristianismo. No hablo de imponer una religión a nadie ni de cuestionar la libertad de quienes no creen. Hablo simplemente de reconocer una realidad histórica. Nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestro patrimonio y buena parte de los valores que compartimos tienen una raíz cristiana evidente. Negar eso no convierte a nadie en más moderno; simplemente supone ignorar una parte fundamental de nuestra historia.
Ahora bien, sería deshonesto por mi parte afirmar que viví aquella jornada sin ningún conflicto interior. Y aquí es donde probablemente muchos católicos se sentirán identificados con lo que voy a decir. Yo respeto profundamente la figura papal. La respeto porque representa una institución con dos mil años de historia, porque simboliza la continuidad de la Iglesia y porque millones de personas encontramos en ella una referencia espiritual. Sin embargo, respetar no significa renunciar al criterio propio ni estar de acuerdo con todo lo que dice o hace quien ocupa el cargo.
Hay aspectos del discurso de León XIV que comparto plenamente. Me interesa especialmente su defensa de la dignidad humana, su preocupación por la deshumanización creciente de nuestras sociedades y su insistencia en que la política debe partir de una determinada concepción del ser humano. En un momento en el que muchas corrientes ideológicas parecen reducir al ser humano a una estadística, a una identidad colectiva o a una simple pieza económica, es refrescante escuchar una visión que coloca nuevamente al hombre en el centro.