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Emoción de creer; Libertad de pensar

Emoción de creer; Libertad de pensar
porEDATV
actualidad

Por Jota Camacho

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He visto a tres papas a lo largo de mi vida. El primero fue Juan Pablo II, cuando yo tenía apenas seis años y vivía en Bogotá. Evidentemente, a esa edad uno no comprende la dimensión histórica de ciertos acontecimientos, pero sí recuerda la emoción que generan. Recuerdo a la gente, el ambiente y recuerdo la sensación de estar viendo a una figura que trascendía a la persona que ocupaba el cargo. Muchos años después tuve la oportunidad de ver al papa Francisco durante el Ángelus en la Plaza de San Pedro. Y hace apenas unos días he visto a León XIV en Madrid, en el Santiago Bernabéu.

Lo primero que debo decir es que acudí con una ilusión enorme. Lo digo porque vivimos tiempos en los que parece obligatorio justificar cualquier emoción o cualquier muestra de respeto hacia determinadas instituciones. Yo no fui al Bernabéu por curiosidad, ni por interés político, ni para poder escribir después sobre ello. Fui porque soy creyente. Fui porque, independientemente de compartir o no determinadas posiciones del Papa, sigue siendo el máximo representante de mi Iglesia y eso, para cualquier católico, tiene una importancia evidente.

Además, mentiría si dijera que no me emocionó. Hay experiencias que sólo se entienden cuando se viven. Setenta mil personas reunidas en un estadio pueden parecer una cifra cuando la lees en una noticia, pero cuando estás allí dentro la percepción es completamente distinta. Durante unas horas el Bernabéu dejó de ser un estadio de fútbol y se convirtió en una enorme iglesia. Mirabas a tu alrededor y veías familias enteras, jóvenes, ancianos, personas llegadas de distintos lugares y con opiniones seguramente muy diferentes sobre casi todo, compartiendo sin embargo una misma oración.

En una época en la que todo parece diseñado para enfrentarnos, aquello tenía algo profundamente reconfortante. Estamos acostumbrados a que nos clasifiquen constantemente. Derecha o izquierda. Conservador o progresista. Creyente o ateo. Patriota o globalista. Todo parece reducido a etiquetas que nos obligan a colocarnos en un bando. Por eso impresiona tanto encontrarse de repente en un lugar donde miles de personas comparten algo sin preguntarse antes qué vota el de al lado o qué piensa sobre el último escándalo político.

Hubo un momento especialmente emocionante. Uno de los moderadores nos instó a cantar abrazados. Puede parecer una tontería contado desde fuera, pero cuando abrazas a un desconocido en medio de una celebración así entiendes que hay algo muy humano detrás de ciertos gestos. Durante unos segundos desaparece todo el ruido que nos rodea cada día. Desaparecen las discusiones, las redes sociales, los titulares y la crispación permanente. Sólo queda una multitud de personas dando gracias por estar allí. A mí se me llenaron los ojos de lágrimas y no tengo ningún problema en reconocerlo.

Madrid, además, estuvo a la altura del acontecimiento. La organización fue excelente y la ciudad volvió a demostrar una capacidad extraordinaria para gestionar eventos multitudinarios. Solemos fijarnos únicamente en los errores, pero cuando las cosas funcionan también conviene decirlo. Mover a decenas de miles de personas, garantizar la seguridad y conseguir que todo transcurra con normalidad no es sencillo. Sin embargo, durante aquellas jornadas todo pareció desarrollarse con una naturalidad admirable.

La imagen de miles de personas reunidas también me hizo reflexionar sobre algo que llevo tiempo defendiendo. España podrá ser un Estado aconfesional, podrá tener una sociedad cada vez más diversa y podrá vivir procesos de secularización como el resto de Europa, pero sigue siendo una nación profundamente marcada por el cristianismo. No hablo de imponer una religión a nadie ni de cuestionar la libertad de quienes no creen. Hablo simplemente de reconocer una realidad histórica. Nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestro patrimonio y buena parte de los valores que compartimos tienen una raíz cristiana evidente. Negar eso no convierte a nadie en más moderno; simplemente supone ignorar una parte fundamental de nuestra historia.

Ahora bien, sería deshonesto por mi parte afirmar que viví aquella jornada sin ningún conflicto interior. Y aquí es donde probablemente muchos católicos se sentirán identificados con lo que voy a decir. Yo respeto profundamente la figura papal. La respeto porque representa una institución con dos mil años de historia, porque simboliza la continuidad de la Iglesia y porque millones de personas encontramos en ella una referencia espiritual. Sin embargo, respetar no significa renunciar al criterio propio ni estar de acuerdo con todo lo que dice o hace quien ocupa el cargo.

Hay aspectos del discurso de León XIV que comparto plenamente. Me interesa especialmente su defensa de la dignidad humana, su preocupación por la deshumanización creciente de nuestras sociedades y su insistencia en que la política debe partir de una determinada concepción del ser humano. En un momento en el que muchas corrientes ideológicas parecen reducir al ser humano a una estadística, a una identidad colectiva o a una simple pieza económica, es refrescante escuchar una visión que coloca nuevamente al hombre en el centro.

Sin embargo, también existen cuestiones en las que me cuesta coincidir con él. Particularmente cuando determinados discursos sobre inmigración, solidaridad o bien común parecen ignorar problemas que una parte importante de la sociedad percibe como reales. Yo creo en la solidaridad. Creo en ayudar al necesitado. Creo que una sociedad decente debe proteger a quien atraviesa dificultades. Pero también creo que los derechos deben ir acompañados de responsabilidades, que el esfuerzo importa y que las naciones tienen derecho a preservar el orden, la seguridad y la cohesión social. Cuando esa conversación desaparece, la solidaridad corre el riesgo de convertirse en un concepto abstracto desligado de la realidad cotidiana de quienes sostienen con su trabajo buena parte del sistema.

Eso no me convierte en enemigo del Papa. Tampoco disminuye el respeto que siento hacia su figura. Significa simplemente que soy capaz de distinguir entre la dimensión espiritual de su cargo y determinadas opiniones o enfoques políticos con los que puedo discrepar. Y creo que esa diferencia es importante. Porque una cosa es la fe y otra muy distinta la obligación de aplaudir cada declaración pública como si fuera un dogma.

También hay quien sostiene que si respeto al Papa debería mostrar el mismo respeto hacia Pedro Sánchez por el simple hecho de ocupar la presidencia del Gobierno. Sinceramente, no estoy de acuerdo. El respeto que siento hacia la figura papal no nace de la simpatía personal que pueda despertar quien ocupa el cargo, sino de la institución que representa y de la función espiritual que desempeña para millones de creyentes. Mi valoración sobre Pedro Sánchez, por el contrario, depende de sus decisiones políticas, de su forma de gobernar y de la imagen que proyecta de España. Y en ese terreno mis discrepancias son profundas.

Precisamente por eso observé con cierta incomodidad algunas imágenes de la visita institucional. No me parece mal que el presidente recibiera al Papa, algo que forma parte de sus obligaciones, pero tuve la sensación de que determinados sectores intentaban convertir un acontecimiento religioso de enorme importancia en una operación de comunicación política. Es una percepción personal, por supuesto, pero creo que muchos españoles compartieron una impresión similar al contemplar ciertas fotografías y determinados discursos.

Dicho esto, cometeríamos un error si redujéramos toda la visita a ese debate. Porque lo verdaderamente importante no estaba en los despachos ni en los titulares. Lo verdaderamente importante estaba en las gradas del Bernabéu, en las calles de Madrid y en las conversaciones de miles de personas que acudimos movidos por la fe. Eso es lo que yo me llevo de aquella jornada. No una fotografía. No una declaración política. No una polémica pasajera.

Me llevo el recuerdo de una ciudad volcada, de una organización impecable y de un estadio convertido en iglesia. Y también el de miles de personas rezando juntas en una sociedad que muchos insisten en presentar como completamente desvinculada de sus raíces cristianas. Y me llevo también la certeza de poder respetar al Papa, emocionarse al verle y sentirse agradecido por haber vivido un momento así sin necesidad de renunciar a sus propias convicciones ni de esconder sus discrepancias.

Porque la madurez consiste precisamente en eso. En ser capaz de sostener dos ideas al mismo tiempo. En reconocer aquello que admiras sin dejar de señalar aquello que no compartes. En mantener la fe sin apagar el sentido crítico. Y en entender que la coherencia no consiste en pensar siempre lo mismo que los demás, sino en ser fiel a los principios propios incluso cuando eso te obliga a convivir con ciertas contradicciones.

 


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