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En la orilla equivocada: Sánchez, Marruecos y el precio de quedarnos solos en el estrecho

En la orilla equivocada: Sánchez, Marruecos y el precio de quedarnos solos en el estrecho
El presidente del gobierno Pedro Sánchez junto al monarca aluí Mohammed VI y su delfín Moulay Hassan en una cena en Rabat en Abril de 2022.
porDaniel Civantos Mota
politica

Cuando un presidente decide enfrentarse a Washington e Israel al mismo tiempo, alguien al otro lado de la orilla en el estrecho toma nota.

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MADRID / RABAT / WASHINGTON

En diciembre de 1777, cuando la república más joven del mundo apenas existía sobre el papel y sus ejércitos harapientos sobrevivían a duras penas el invierno de Valley Forge, un sultán del norte de África tomó una decisión que cambiaría la historia. Mohammed III de Marruecos ordenó que los barcos con la nueva bandera de las trece estrellas pudieran atracar libremente en los puertos marroquíes. No hubo negociación larga ni condiciones humillantes. Fue un gesto limpio, casi instintivo. Marruecos se convirtió así en el primer país soberano del mundo en reconocer la independencia de los Estados Unidos de América. Un dato que Washington no ha olvidado jamás y que Rabat ha sabido cobrar, con paciencia y con inteligencia, durante los dos siglos y medio siguientes.

Lo que pocos recuerdan, sin embargo, es que España hizo bastante más que reconocer a los rebeldes coloniales. La España de Carlos III financió, armó y combatió activamente por la independencia americana. Bernardo de Gálvez, gobernador español de Luisiana, no firmó ningún tratado ni pronunció ningún discurso memorable. Simplemente ganó batallas. En 1779 y 1780 tomó los fuertes británicos de Manchac, Baton Rouge y Mobile. En 1781 capturó Pensacola, la capital de la Florida Occidental británica, en una campaña militar que cortó el flanco sur del ejército de Su Majestad Jorge III y alivió una presión que Washington no podía sostener solo. Sin las campañas de Gálvez, sin el dinero español que financió a los ejércitos continentales a través de La Habana, sin los suministros que remontaron el Mississippi desde Nueva Orleans, la guerra de independencia americana podría haber tenido un final muy distinto.

España aportó además algo que no aparece en casi ningún libro de texto americano: dinero contante y sonante en el momento más desesperado. En 1781, cuando el Congreso Continental estaba en quiebra técnica y los soldados de Washington llevaban meses sin cobrar, llegaron desde La Habana 500.000 pesos duros españoles —recaudados en una colecta popular organizada por las autoridades coloniales— que financiaron la campaña de Yorktown. La batalla que decidió la guerra. La que hizo posible América tal como la conocemos.

Dos naciones, pues, ayudaron a nacer a los Estados Unidos. Una desde el norte de África con un gesto diplomático elegante y duradero. Otra desde el Caribe y el Golfo de México con sangre, pólvora y dinero. Y sin embargo, en el Washington de 2026, la primera tiene una relación estratégica envidiable con la Casa Blanca, acuerdos militares de última generación, tecnología israelí llegada con bendición americana, y un ejército que crece un 18% anual. La segunda acaba de ver cómo el presidente de los Estados Unidos la llamaba públicamente "socio terrible" y amenazaba con cerrar sus bases militares.

La ironía histórica difícilmente podría ser más perfecta, ni más peligrosa.

Porque en la primavera de 2026, Pedro Sánchez ha conseguido algo que ningún adversario de España había logrado en décadas: dejar a Ceuta y Melilla sin el respaldo tácito de Washington. No por una guerra, no por una crisis repentina, sino por una serie de decisiones de política exterior tomadas con la convicción de quien cree que las alianzas son eternas y los aliados, incondicionales. Marruecos, el país que reconoció a América antes de que nadie, lleva décadas cultivando esa memoria con la paciencia del que sabe que la historia, tarde o temprano, cobra sus deudas.

Hay una lección que el Mediterráneo lleva enseñando desde hace tres mil años y que las cancillerías europeas siguen sin aprender: los imperios no caen por sus fronteras más fuertes, sino por las que consideraban seguras.

Cartago dominó el norte de África durante siglos. Cuando Roma la destruyó en el 146 antes de Cristo, no fue por un ataque frontal al corazón de su poder naval, sino por el lento aislamiento de sus aliados, la erosión de sus redes comerciales, y la certeza final de que nadie acudiría en su ayuda. Carthago delenda est, repitió Catón el Censor durante años en el Senado romano. La destrucción de Cartago no fue un arrebato de furia, sino el resultado calculado de una estrategia de paciencia.

Siglos más tarde, en 1415, el reino de Portugal tomó Ceuta a los meriníes en una sola mañana. No porque su ejército fuese invencible, sino porque los sultanes del Magreb estaban enzarzados en sus propias guerras internas y sus aliados miraban hacia otro lado. La plaza cayó antes del mediodía. Cuando España heredó Ceuta en 1580, comprendió la lección implícita: conservar una ciudad en la orilla africana no depende tanto de los soldados que hay dentro como de los amigos que hay fuera.

Esa geometría de alianzas —la que convierte una guarnición en inexpugnable o en rehén según quién llame desde fuera— es exactamente la que se ha fracturado en los últimos meses. Y es la que debería quitarle el sueño a cualquier ministro de Defensa con memoria histórica.


La alianza que nadie discutía

Para entender lo que está en juego hoy, hay que entender lo que Estados Unidos y España construyeron juntos durante setenta años. Desde los Pactos de Madrid de 1953, la presencia militar estadounidense en el sur de España fue uno de los pilares silenciosos de la arquitectura de seguridad occidental. A lo largo de la Guerra Fría, las crisis en el Mediterráneo y las sucesivas ampliaciones de la OTAN, esa relación sobrevivió a cambios de gobierno, tensiones diplomáticas y redefiniciones estratégicas sin perder su peso estructural.

Rota y Morón no son solo bases. Son la proyección física de un compromiso político que trasciende cualquier gobierno. España no solo autorizó el aumento de cuatro a seis buques Aegis, sino que adaptó la infraestructura para duplicar capacidad de atraque y consolidar la base como nodo de alta tecnología antiaérea y antisubmarina. Décadas de inversión, decenas de miles de millones de dólares, un entramado logístico que no se replica en ningún otro punto del Mediterráneo occidental.

Paradójicamente, mientras España consolidaba esa presencia americana en su territorio, Marruecos construía en paralelo su propia relación privilegiada con Washington, más discreta pero igualmente sólida. En octubre de 2020, Washington y Rabat firmaron un acuerdo para la cooperación total en el campo estratégico militar, la adquisición de armas y equipos, el entrenamiento militar en todos los sectores, así como inteligencia entre los dos países. Marruecos se consolidó como aliado principal de Washington fuera de la OTAN y coorganizador del ejercicio African Lion, uno de los mayores despliegues militares estadounidenses en África.

Dos aliados de Washington en orillas opuestas del mismo estrecho. Un equilibrio que durante décadas funcionó porque nadie lo ponía a prueba. Hasta que alguien decidió hacerlo.


El rearme silencioso del vecino del sur

Mientras España debatía presupuestos y coaliciones de gobierno, Marruecos llevaba a cabo la transformación militar más radical de su historia contemporánea. No con fanfarria, sino con la metódica determinación de quien sabe exactamente a dónde quiere llegar y cuánto tiempo tiene para hacerlo.

En los últimos años, Marruecos adquirió helicópteros Apache AH-64E, mejoró sus sistemas de defensa aérea y reforzó su flota de drones, elevando significativamente su capacidad bélica. Estos movimientos no respondían únicamente a una estrategia de disuasión frente a Argelia —su rival histórico— sino que consolidaban su papel como socio clave de Estados Unidos en el Magreb. El acuerdo de defensa firmado entre Rabat y Washington en 2020, con vigencia hasta 2030, contempla la modernización de las fuerzas armadas marroquíes, el acceso a tecnología avanzada y la construcción de infraestructuras militares de primer nivel.

El triángulo Washington-Rabat-Tel Aviv se ha convertido en el eje geopolítico dominante del norte de África, forjado con una velocidad que ha tomado por sorpresa a los analistas europeos. Marruecos e Israel firmaron un nuevo acuerdo de cooperación militar en enero de 2026, y el presupuesto de defensa marroquí para ese año alcanzó los 14.500 millones de euros, un incremento del 18% respecto al año anterior. La cooperación incluye la adquisición de sistemas de defensa israelíes como drones, sistemas antiaéreos y la construcción de una fábrica de drones kamikaze en suelo marroquí.

Un país que construye fábricas de drones kamikaze en su territorio, con tecnología israelí, financiado con dinero americano, en la orilla sur del Estrecho de Gibraltar. Conviene tener ese dato presente cuando alguien en Madrid diga que la situación de Ceuta y Melilla no tiene ninguna urgencia.

El analista geopolítico Bruno Maçães lo resume con crudeza: "España sigue anclada en la idea de que su relación con Estados Unidos es inamovible por su pertenencia a la OTAN, cuando en realidad Washington prioriza los intereses estratégicos sobre las alianzas históricas. Marruecos ha sabido adaptarse mejor a esa lógica."


Febrero de 2026: el momento en que España cruzó la línea

El 28 de febrero de 2026, las aviaciones de Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque coordinado y por sorpresa contra Irán, mientras estaban en curso negociaciones diplomáticas. En las horas siguientes, el teléfono de Pedro Sánchez debió arder. Washington esperaba que sus aliados se alinearan, o al menos guardaran silencio. Sánchez eligió otra cosa.

La ministra de Defensa, Margarita Robles, anunció que el Gobierno prohibía a la Administración Trump el uso de las bases militares de Morón y Rota para la operatividad de los aviones militares estadounidenses en la campaña bélica de Irán. Para ello, Madrid invocó el artículo del convenio bilateral de defensa con Washington que permite a la parte española cerrar ambas bases a dicho despliegue aéreo. Tras ello, la Administración Trump empezó a trasladar a bases en Alemania una decena de aviones cisterna.

El presidente Sánchez calificó los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán de "temerarios e ilegales", añadiendo que España "no será cómplice de algo que es malo para el mundo." La embajada iraní en Madrid celebró públicamente la decisión. El ministro de Exteriores israelí, Gideon Sa'ar, acusó a Sánchez de estar "de la mano" con un "régimen terrorista." Trump llamó a España "socio terrible" y amenazó con bloquear el comercio bilateral. Voces influyentes en Washington pidieron directamente expulsar a España de la OTAN.

No era la primera vez que Sánchez irritaba a Washington. Pero esta vez la ofensa era de otra naturaleza. No era una discrepancia verbal ni una votación incómoda en la ONU. Era denegar el uso de infraestructura militar en medio de una guerra activa, a un aliado que llevaba setenta años pagando el alquiler de esas mismas bases con sangre y dinero. El eco de aquella decisión tardará años en apagarse. Quizá décadas.


La respuesta de Trump: Marruecos como palanca

La reacción americana no tardó ni fue sutil. Según el Wall Street Journal, con citas de altos funcionarios, Trump evaluaba retirar las bases militares de Estados Unidos en Rota y Morón y trasladar a los soldados a países más "colaborativos." Esta medida respondería al rechazo del gobierno español a participar en la guerra contra Irán y a no aumentar el gasto en Defensa. La administración Trump consideró esta reubicación como una forma de castigo a los socios menos alineados con sus intereses en la OTAN.

Y en ese debate, el nombre de Marruecos apareció de inmediato, casi con naturalidad. Como si llevara años esperando en la antesala. Ya en 2005 y posteriormente en 2020, Rabat había ofrecido a Washington la posibilidad de reubicar parte de su presencia militar en puertos como Ksar Sghir o la base de Alcazarseguir, infraestructuras próximas al Estrecho y recientemente mejoradas.

El sultán Mohammed III reconoció la independencia americana en 1777. Doscientos cuarenta y nueve años después, su sucesor podría estar a punto de quedarse con las bases militares que España creyó inamovibles. La paciencia histórica de Rabat tiene algo de poética justicia que en Madrid nadie parece querer ver.

La ecuación geopolítica se vuelve entonces espeluznante en su sencillez. Si las bases americanas cruzan el Estrecho, ¿quién defiende Ceuta y Melilla? Más aún: ¿quién querría defenderlas? Un analista lo formuló con precisión quirúrgica en antena: "Si se van de aquí y se van a Marruecos, cuidado con la siguiente derivada: dentro de 15 años, Ceuta y Melilla."


El agujero negro del Artículo 5

Hay un secreto incómodo en el corazón de la arquitectura de defensa española que rara vez se pronuncia en voz alta en los despachos oficiales. Uno de esos datos que todo el mundo conoce y nadie quiere firmar.

La OTAN no ha emitido nunca una declaración definitiva que incluya explícitamente a Ceuta y Melilla bajo el paraguas del Artículo 5. Durante las negociaciones para la adhesión de España a la OTAN, Estados Unidos y otros miembros expresaron reservas sobre extender garantías automáticas a ambas ciudades debido a su ubicación geográfica y a las tensiones históricas con Marruecos. Dicho en plata: España lleva cuarenta años dentro de la OTAN sin que nadie haya firmado jamás que defenderá Ceuta y Melilla si Marruecos las ataca. La ambigüedad es deliberada. Convenía a todos. Mientras Washington mediaba entre Madrid y Rabat, mientras el equilibrio se mantenía, la pregunta podía quedarse sin respuesta. Ahora que ese equilibrio se ha roto, la pregunta se vuelve urgente y la respuesta, más incierta que nunca.

El único precedente relevante, el del islote Perejil en 2002, no es tranquilizador. La resolución vino gracias a la mediación de Estados Unidos, sin intervención militar directa de ningún aliado europeo. Fue Washington quien llamó a Rabat y pidió la retirada. Todo se resolvió en unas horas porque había un teléfono rojo entre dos capitales y alguien dispuesto a usarlo. ¿Quién hará esa llamada ahora que Trump llama a España "socio terrible"?

El ex Jefe del Estado Mayor de la Defensa, general Alejandre, no esconde su alarma. Advierte que Marruecos representa una "amenaza cierta y clara" sobre Ceuta, Melilla y Canarias, y critica que se hayan perdido varias oportunidades para incluir ambas ciudades en el Tratado de Washington: "Teníamos motivos más que justificados para haber hecho valer nuestra posición y haber jugado esa baza." Y añade algo que debería resonar en los despachos de La Moncloa con la fuerza de una alarma: "Estamos bajo un paraguas que es el escudo antimisiles que nos proporcionan los norteamericanos a toda la Alianza desde una base española." Un paraguas que España paga cediendo soberanía sobre sus propias bases. Y que ahora amenaza con llevarse a la otra orilla.


El triángulo que rodea a España

En apenas doce meses, España ha conseguido enemistarse simultáneamente con los tres vértices del triángulo estratégico que controla el futuro de Ceuta y Melilla. Con Washington, por negar las bases en la guerra de Irán y negarse a aumentar el gasto en defensa. Con Israel, por el reconocimiento unilateral del Estado palestino y las críticas a la operación en Gaza. Y con esa doble enemistad, ha fortalecido involuntariamente los vínculos entre sus adversarios diplomáticos y su vecino territorial más ambicioso.

La negativa del Gobierno español a permitir escalas de buques con destino a Israel generó tensiones adicionales con Washington, que considera a Tel Aviv un socio inquebrantable. En contraste, Marruecos reforzó sus lazos con Israel desde la firma de los Acuerdos de Abraham, afianzando su posición dentro del bloque proestadounidense en la región. Cada movimiento de Sánchez que aleja a España de Washington acerca a Marruecos a ese mismo Washington. Cada crítica a Israel consolida la alianza Rabat-Tel Aviv. Es como si alguien en La Moncloa estuviese diseñando deliberadamente el peor escenario posible para Ceuta y Melilla, sin que nadie en la sala parezca haber consultado un mapa.

Fuentes militares españolas advierten con una franqueza que raramente llega a los titulares: "Si en un determinado momento Marruecos pudiese ofrecerle algo sustancioso a Estados Unidos, algo que Trump considere que necesita, podría temblarle poco la mano en pronunciarse sobre la marroquinidad de Ceuta y Melilla e incluso apoyar su anexión. Sin normas no hay a qué atenerse." Trump ya reconoció en su primer mandato la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, a cambio de la normalización con Israel. El precedente existe. El mecanismo está engrasado. Solo falta la ocasión.


La Marcha Verde del siglo XXI

No será con tanques. Los analistas que estudian la estrategia marroquí sobre Ceuta y Melilla coinciden en que Rabat es demasiado inteligente para cometer el error de una agresión militar convencional que activaría —con todas sus ambigüedades— los mecanismos de la OTAN y la solidaridad europea. El modelo será otro. Más paciente. Más difícil de combatir.

Diversos indicios apuntan a que Marruecos podría estar explorando estrategias de presión no violenta sobre Ceuta y Melilla, inspiradas en la Marcha Verde de 1975 pero adaptadas al siglo XXI. Documentos estratégicos marroquíes han planteado escenarios de "recuperación pacífica" de ambos territorios, con operaciones de subversión que se activarían a partir de 2030. El guión es inquietante en su elegancia. Presión demográfica, guerra híbrida, asfixia económica —más de 700 empresas españolas operan en Marruecos con un intercambio comercial que supera los 22.500 millones de euros— y un aislamiento diplomático progresivo de España frente a sus aliados naturales. No hace falta disparar un solo tiro si el adversario ya está solo, si sus aliados le han dado la espalda, y si la comunidad internacional puede ser tentada a mirar hacia otro lado.

Hassan II lo demostró en 1975 con la Marcha Verde: trescientas cincuenta mil personas cruzando una frontera sin un solo disparo, mientras España agonizaba con Franco moribundo en una cama y Washington miraba hacia otro lado. La lección de aquella marcha no es que Marruecos sea militarmente irresistible. Es que Marruecos sabe perfectamente cuándo su adversario está solo.

España mantiene un despliegue militar permanente en Ceuta y Melilla, con unos 3.200 efectivos en la primera y 3.000 en la segunda. Expertos coinciden en que las fuerzas desplegadas podrían contener incursiones convencionales limitadas, pero se verían comprometidas ante operaciones de mayor escala o escenarios de guerra híbrida. Tres mil soldados en cada ciudad. Suficientes para disuadir un ataque si hay aliados detrás. Insuficientes si no los hay.


El faro que nadie enciende

En el Faro de Tarifa, el punto más meridional de la Europa continental, los días claros se ve perfectamente la costa africana. Están a catorce kilómetros. Menos que la distancia entre algunos barrios de Madrid.

Lo que mantuvo a Ceuta española desde 1580 y a Melilla desde 1497 no fue solo la geografía ni la fortaleza de sus murallas. Fue la disuasión: la certeza de que atacar esas ciudades significaba enfrentarse no solo a España sino a sus aliados. Era el faro que iluminaba el Estrecho en ambas direcciones, el que avisaba a cualquier agresor de que en el otro lado había alguien velando. Mientras ese faro estuvo encendido, nadie se atrevió a cruzar.

Hoy, en la primavera de 2026, ese faro parpadea. El Gobierno de Pedro Sánchez impidió desde el primer día de guerra el uso de sus bases y de su espacio aéreo a operativos estadounidenses. Tampoco envió buques militares al estrecho de Ormuz. Y sus posturas han sido respondidas por Trump con amenazas directas y públicas que no tienen precedente entre aliados de la OTAN.

Las decisiones de política exterior tienen consecuencias que van más allá de los ciclos electorales. Cuando Roma aisló a Cartago, no lo hizo en un día. Lo hizo en décadas de erosión paciente, alianza por alianza, hasta que el día del asedio final la ciudad más poderosa del norte de África descubrió que estaba completamente sola. No hubo nadie que llegara a tiempo. No porque no existieran posibles aliados, sino porque todos habían encontrado razones, una a una, para mirar hacia otro lado.

Desde la orilla norte del Estrecho de Gibraltar, con prismáticos, se ve perfectamente la otra orilla. Y desde la otra orilla también se ve la nuestra. La pregunta que desvela a los generales españoles no es si Marruecos tiene ambiciones sobre Ceuta y Melilla. Eso siempre fue así. La pregunta es quién cogerá el teléfono cuando suene a las tres de la madrugada.

Y si, esta vez, habrá alguien al otro lado de la línea.


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