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Retrato pintado al óleo de un hombre con barba corta y cabello oscuro vestido con esmoquin y pajarita sobre un fondo oscuro con pinceladas doradas
POLÍTICA

Javier Negre o el conflicto de no arrodillarse

Por José Rivela, el cronista apartado

Hay periodistas que informan y hay periodistas que resisten. No siempre coinciden ambas especies en un mismo cuerpo. Javier Negre pertenece a esa estirpe cada vez más escasa —y por eso más incómoda— que decidió hace tiempo que el periodismo no es un empleo sino una posición moral. Y que esa posición, como las buenas atalayas, suele estar barrida por el viento, la injuria y la querella.

En un país que ha confundido la prudencia con la cobardía y la neutralidad con el silencio, Negre eligió el camino peor visto: el de decir lo que ve sin pedir permiso a la cofradía, sin pagar peaje al ministerio correspondiente, sin aceptar el sobre amable que compra la ceguera. Eso, en España, sigue teniendo consecuencias. Algunas se llaman campañas, otras demandas, otras insultos cuidadosamente redactados. Todas buscan lo mismo: que te canses, que te rindas, que te domestiques.

Retrato pintado de un hombre de cabello oscuro con esmoquin y pajarita sobre un fondo oscuro con letras grandes que dicen Javier Negre o el oficio de no arrodillarse

Pero hay hombres —y el periodismo aún los necesita— que no fueron educados para pedir perdón por existir. Cuando uno denuncia corrupción y acaba en el juzgado, cuando le piden medio millón de euros para que aprenda a callar, cuando el poder confunde la toga con el garrote, el tiempo se convierte en el único juez que no miente. Y el tiempo, que no lee editoriales pero entiende de trayectorias, acaba colocando a cada cual en su sitio.

No es casual que hoy, mientras muchos afinan el BOE y otros afinan titulares obedientes, Negre cruce fronteras y escenarios. Que el director de La Derecha Diario vaya a ser el anfitrión de la Hispanic Prosperity Gala del Latino Wall Street en el club privado de Donald Trump en Mar-a-Lago no es un gesto social ni una anécdota de agenda: es un síntoma. El síntoma de que hay un periodismo español —minoría resistente— que ha decidido no pedir perdón por existir y que empieza a ser escuchado fuera de las fronteras donde se le quiso arrinconar.

Hay en todo esto algo profundamente español y profundamente antiguo: la soledad del que no pertenece al coro. Larra la conoció, Quevedo la sufrió, Camba la ironizó, Umbral la convirtió en trinchera verbal. Negre, sin citar a ninguno, parece haber entendido la lección: el periodista no está para agradar al poder sino para vigilarlo, aunque eso implique quedarse sin amigos, sin anuncios y sin invitaciones a los salones donde se aplaude lo correcto.

Por eso este no es un elogio cortesano ni una palmadita coyuntural. Es una felicitación moral. Por haber seguido cuando era más fácil parar. Por no aceptar la publicidad que compra el silencio. Por haber confiado en el tiempo cuando el ruido parecía definitivo. Por recordar —en una época de periodistas de despacho y rodilleras invisibles— que el oficio empieza donde termina el miedo.

Enhorabuena, Javier Negre. No por las galas, ni por los focos, ni por los salones donde hoy te reciben. Enhorabuena por algo más raro y más difícil: haber demostrado que todavía es posible ejercer el periodismo sin arrodillarse. Y que, al final, incluso en este país desmemoriado, la verdad —coja, insultada, perseguida— acaba llegando. Aunque llegue tarde. Aunque llegue sola. Aunque llegue sin pedir permiso.

Porque el tiempo, como siempre, no grita.
Pero no se equivoca.

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