
Irán al borde del colapso: represión total y poder en ruinas
El régimen pierde su imperio exterior y solo resiste mediante terror, ejecuciones y un miedo creciente interno brutal
La República Islámica de Irán atraviesa la mayor crisis de su historia reciente. Es la más grave desde la revolución de 1979.
Sin embargo, el derrumbe total del régimen no es inmediato. El sistema sigue en pie gracias a una represión cada vez más brutal.
El país vive una paradoja extrema, el proyecto imperial exterior de Teherán se ha desintegrado casi por completo. Al mismo tiempo, la maquinaria interna de control ha reforzado su cohesión y violencia. Esta dualidad define el momento iraní actual.
Cuando Alí Jamenei asumió como Líder Supremo en 1989 heredó una ambición estratégica de enorme alcance. El objetivo era convertir a Irán en el centro del islam político y proyectar poder regional.
Ese modelo se apoyó en una arquitectura institucional híbrida. Existían elecciones y parlamento, pero todo quedaba subordinado a los ayatolás. La autoridad real siempre residió en el liderazgo religioso y militar.
El garante de ese sistema fue el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. En especial, su brazo exterior, la Fuerza Quds. Desde allí se construyó el llamado «eje de la resistencia».
El derrumbe del eje regional
Durante décadas, Irán sostuvo una red de aliados armados. Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza y milicias chiíes en Irak. También intervino decisivamente en Siria para sostener a Bashar al-Assad.
Ese entramado garantizaba profundidad estratégica. Permitía a Teherán combatir lejos de sus fronteras. El programa nuclear completaba ese escudo disuasorio.
Hoy, ese edificio está devastado. Hamás fue destruido tras el ataque del 7 de octubre de 2023 e Israel desmanteló el liderazgo de Hezbolá durante 2024. La muerte de Hassan Nasrallah y de su posible sucesor simbolizó ese colapso, la infiltración israelí dejó en evidencia una vulnerabilidad histórica.

La caída de Hezbolá arrastró al régimen sirio, Assad perdió su principal sostén militar. En diciembre de 2024, su dictadura se desplomó. Meses después, Israel y Estados Unidos atacaron instalaciones nucleares iraníes y el programa atómico sufrió daños irreversibles.
En Yemen, los hutíes enfrentan bombardeos constantes. Cada eslabón del eje fue quebrado y la estrategia exterior de Jamenei se hundió a una velocidad inesperada.
La represión como último sostén
Mientras el proyecto regional se desmorona, el régimen refuerza su control interno. La represión se ha convertido en su único pilar de supervivencia.
Las protestas iniciadas en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini marcaron un punto de inflexión. El levantamiento «Mujer, Vida, Libertad» reveló un descontento social profundo. Casi 600 manifestantes murieron durante aquellas protestas, según organizaciones de derechos humanos, aun así, el sistema resistió.
A finales de 2025 estalló una nueva ola de protestas. Continúan hasta hoy pese a la violencia. La respuesta del régimen ha sido histórica por su magnitud.
Una masacre silenciada
El Gobierno ha impuesto un severo apagón informativo. Sin embargo, filtraciones y testimonios describen una masacre a gran escala.
Hospitales, informes periodísticos y redes sociales coinciden en la gravedad de los hechos. Se trataría de una de las mayores matanzas en la historia moderna del país.
La represión no es improvisada, está profundamente institucionalizada y la Guardia Revolucionaria junto a la milicia Basij actuaron con rapidez y coordinación. El Líder Supremo mantiene el control con respaldo militar y judicial. No se han producido deserciones relevantes en la cúpula.
Ese dato es clave, indica que el régimen aún conserva cohesión interna. Una mala señal para quienes anticipan una caída inmediata.
El terror como política de Estado
Irán lidera las ejecuciones per cápita en el mundo, la pena de muerte es un instrumento central de control. En 2024 se registraron al menos 972 ejecuciones, lo que fue un aumento significativo respecto al año anterior. Otras estimaciones elevan aún más la cifra.
La represión actual tiene precedentes históricos claros. En 1988, miles de presos políticos fueron ejecutados extrajudicialmente. Aquella masacre fue ordenada por una fatua religiosa y los cuerpos terminaron en fosas comunes.
En los años noventa, el régimen optó por asesinatos selectivos. Intelectuales y disidentes fueron eliminados en operaciones encubiertas.
Esa lógica persiste, muchos responsables de entonces ocupan cargos hoy. Ebrahim Raisi fue uno de ellos. Sin oposición clara ni transición asegurada.

El colapso del régimen no garantiza una transición democrática, dentro de Irán no queda oposición organizada. En el exilio, las alternativas están fragmentadas, destacan los partidarios de Reza Pahlavi y el grupo MEK.
Durante las protestas recientes aparecieron consignas monárquicas, eso alimentó especulaciones sobre un cambio de régimen. Sin embargo, medir apoyos reales es extremadamente difícil. La represión impide cualquier expresión libre.
El riesgo de una guerra civil o nuevo autoritarismo es real. Esa incertidumbre pesa en los cálculos internacionales.
Un régimen sin legitimidad
Aunque el régimen pueda recuperar el control de las calles, carece de legitimidad. La calma actual se sostiene únicamente mediante el terror y cada protesta se acumula sobre la anterior. El descontento no desaparece, se profundiza.
Jamenei, enfermo y envejecido, enfrenta además el dilema sucesorio. El sistema depende del miedo, no del consenso. El futuro es incierto y volátil, incluso si sobrevive, la República Islámica ya es un proyecto agotado.
Su economía está estrangulada, su influencia regional, destruida. La supervivencia no equivale a estabilidad. Irán vive un largo crepúsculo, el ajuste de cuentas solo ha sido aplazado, no evitado.
Más noticias: