Un apagón masivo dejó a millones de personas en España y otros países europeos sin electricidad, sin comunicaciones y sin servicios básicos.
En hospitales, estaciones y aeropuertos se activaron protocolos de emergencia, mientras la población quedaba atrapada en la incertidumbre. ¿Y Bruselas? Ni una palabra.
La Comisión Europea, tan rápida para dar lecciones morales o regular hasta el tamaño de las pajitas, guardó un silencio ensordecedor. Ni un solo comunicado, ni una rueda de prensa, ni un gesto de liderazgo.
Mientras la gente buscaba información y respuestas, solo salieron publicaciones programadas sobre presupuestos, igualdad de género y cambio climático, como si el continente no estuviera sumido en una crisis real.
El gran apagón no solo desconectó redes eléctricas: desconectó, una vez más, a las instituciones europeas de los ciudadanos.
En lugar de asumir su papel en la gestión de emergencias, optaron por el escapismo burocrático. Ningún protocolo activado, ninguna coordinación entre países, ningún mensaje tranquilizador. Nada.
Este vacío institucional alimenta una percepción cada vez más extendida: la UE está gobernada por tecnócratas que viven en una burbuja ideológica.







