Una vez más, el sistema bipartidista vuelve a recibir un aviso serio de las urnas. Y ya van cuatro consecutivos. Extremadura, Aragón, Castilla y León y ahora Andalucía. El mensaje empieza a ser imposible de ocultar por mucho maquillaje mediático, manipulación demoscópica o titulares cocinados desde Génova y Ferraz. El Partido Popular y el Partido Socialista pierden votos, pierden escaños y, sobre todo, pierden credibilidad. Mientras tanto, VOX sigue creciendo y consolidándose como la fuerza que condicionará inevitablemente el futuro político de España y también de Andalucía.
La lectura es demoledora para el régimen del 78 y para ese turnismo artificial que durante décadas ha funcionado como una gigantesca estafa política. Porque aunque PP y PSOE intenten presentarse como enemigos irreconciliables, la realidad demuestra que son las dos patas de un mismo sistema agotado. Se necesitan mutuamente. Se alimentan mutuamente. Y, cuando llega el momento decisivo, siempre terminan pactando políticas, repartiendo instituciones, renovando órganos del Estado y protegiendo los intereses de Bruselas antes que los de los españoles.
Andalucía vuelve a demostrarlo. El Partido Popular pierde cinco escaños. Cinco. Un castigo severo que desmonta el relato triunfalista de Juanma Moreno y de una derecha acomplejada que lleva años creyendo que puede gobernar eternamente desde la tibieza, el marketing y la renuncia ideológica. El PP andaluz ha querido convertirse en una copia edulcorada del PSOE andaluz. Y cuando uno se convierte en una copia, el electorado termina prefiriendo el original o buscando una alternativa auténtica.
Porque el problema del PP es precisamente ese: ha dejado de representar a una parte importante de sus votantes. Ha asumido gran parte del marco ideológico de la izquierda. Ha comprado el discurso climático, las políticas de Agenda 2030, la inmigración masiva, el consenso progresista y hasta el lenguaje ideológico impuesto por la izquierda cultural. El Partido Popular lleva años acomplejado, pidiendo perdón por existir y tratando desesperadamente de gustar a quienes jamás le votarán.
Y el resultado empieza a ser evidente.
Mientras el PP cae, VOX sube escaños y se convierte en la fuerza que marca el rumbo de la oposición real. Porque hay una parte creciente de españoles —también en Andalucía— que ya no quiere una derecha domesticada, cobarde y subordinada al discurso de la izquierda. Hay una parte creciente de la sociedad que quiere una alternativa clara frente al consenso bipartidista.
El PSOE tampoco puede sacar pecho. Pierde dos escaños en una comunidad que durante décadas fue prácticamente su cortijo político. El socialismo andaluz ya no moviliza como antes porque el sanchismo ha degradado hasta tal punto la política española que incluso muchos votantes tradicionales empiezan a desconfiar de un partido cercado por la corrupción, el nepotismo y el uso sectario de las instituciones.
Pedro Sánchez ha convertido al PSOE en una maquinaria de propaganda y supervivencia personal. Ya no queda prácticamente nada del viejo socialismo obrero del que tanto presumían. Hoy el PSOE es un aparato de poder sostenido por separatistas, radicales y redes clientelares. Y Andalucía empieza también a dar señales de desgaste.
Pero quizá uno de los fenómenos más relevantes sea el crecimiento de la izquierda radical andaluza. Un crecimiento que no responde tanto a una ola de entusiasmo como al hundimiento y fragmentación de Sumar y Podemos. La extrema izquierda vuelve a reorganizarse alrededor de nuevas siglas mientras mantiene intacto su discurso antisistema, subvencionado y profundamente sectario.







