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OPINIÓN

El Toisón de Oro mancillado: Felipe VI, 50 años de monarquía y 50 años de errores imperdonables

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 3 de diciembre de 2025

Han pasado cincuenta años desde que la Monarquía regresó a España de la mano del Generalísimo Francisco Franco. Cincuenta años desde que el entonces Príncipe Juan Carlos juró los Principios del Movimiento, la unidad de la Patria, la continuidad institucional y la defensa de una España fuerte, armónica y orgullosa. Cincuenta años desde que España, tras la muerte del Caudillo, entregó su destino —con enorme ingenuidad— a quienes, lejos de custodiar ese legado, se dedicaron a desmontarlo pieza a pieza, ladrillo a ladrillo, valor a valor.

Y hoy, medio siglo después, Felipe VI —que debería ser el garante de esa continuidad histórica— decide celebrar este aniversario con una de las decisiones más incomprensibles, improcedentes e indignas de su reinado: conceder el Toisón de Oro a tres figuras que simbolizan, precisamente, la demolición de la España que él debería representar y defender.

No se trata solo de un error de protocolo; es una falta de respeto al propio significado del Toisón, una orden dinástica extraordinaria que en la Historia se reservó para quienes engrandecían a España, no para quienes contribuyeron a su crisis moral, política e institucional.

1. Miguel Roca: el operador del separatismo catalán, premiado por el Rey

El primero de estos homenajeados es Miguel Roca, uno de los padres de la Constitución, sí, pero también uno de los artífices del modelo autonómico que ha carcomido la unidad nacional desde sus cimientos. Roca fue la mano jurídica de Jordi Pujol, el patriarca del mayor entramado corrupto que ha conocido España. Fue su abogado, su consejero y su valedor. Y, como si eso fuera poco, fue elegido por la infanta Cristina para defenderla en el caso Nóos, aquella vergüenza que dejó la imagen de la monarquía por los suelos.

Roca no es un símbolo de España: es un símbolo del desmantelamiento paciente, lento y eficaz del Estado en Cataluña. Su vida política está marcada por concesiones infinitas al separatismo, por cesiones históricas que hoy sufrimos en forma de un chantaje permanente al Estado.

¿Y Felipe VI decide que este es el hombre digno de recibir el Toisón de Oro?

Es incomprensible. O quizá no: quizá es coherente con una monarquía que, desde hace demasiado tiempo, vive aterrorizada por el qué dirán de quienes jamás la han respetado.

2. Herrero de Miñón: del delfín de AP al coqueteo con el separatismo

El segundo homenajeado es Miguel Herrero de Miñón, que pasó de ser la gran promesa de Alianza Popular —uno de los siete notables de Fraga— a convertirse en un intelectual al servicio del discurso nacionalista.

Su frustración por no convertirse en el heredero político de Fraga lo llevó a coquetear con tesis que desdibujan la nación española, a justificar las llamadas “nacionalidades históricas”, y a convertirse en uno de los grandes teóricos que hoy emplean los separatistas para sostener sus falsos relatos.

Herrero de Miñón simboliza perfectamente ese pecado original del centrismo acomplejado que tanto daño ha hecho: hombres que, habiendo nacido en un marco político fuerte, se fueron deslizando hacia posiciones que legitimaban a quienes querían romper España.

¿Este es el perfil al que se entrega el Toisón? ¿Este es el mensaje del Rey?

3. Felipe González: el padre de la corrupción moderna y el creador del Estado paralelo

Y llegamos al tercero: Felipe González, cuyo mandato marca el inicio de la corrupción moderna en España. Con él llegaron los GAL, una organización terrorista creada por un Estado que decía luchar contra el terrorismo. Con él llegó la corrupción institucionalizada: Filesa, Malesa, Time Export, los fondos reservados. Con él llegaron los ministros dimitidos, los escándalos en cadena, la mentira como forma de gobierno.

Felipe González fue el gran arquitecto del modelo que hoy padecemos: una partitocracia asentada sobre redes clientelares que rinden culto al Partido por encima de la ley y de la nación.

Que Felipe VI premie a González en el 50 aniversario del inicio de la monarquía parlamentaria es, sencillamente, un insulto a la inteligencia y a la memoria histórica de España.

La monarquía que se avergüenza de su origen

Este reinado, además, arrastra una mala conciencia permanente: no reconoce su origen. Felipe VI jamás ha pronunciado públicamente una sola palabra de agradecimiento al hombre gracias al cual él es Rey: Francisco Franco. Fue Franco quien sostuvo la institución, quien la garantizó, quien la eligió y la preservó. Sin Franco no habría monarquía; habría república.

Pero Felipe VI prefiere olvidarlo. Prefiere lucir complacido el pin de la Agenda 2030, ese símbolo globalista que representa lo opuesto al proyecto histórico de España. Prefiere posar como alumno aplicado del discurso progresista que lo desprecia. Prefiere agradar a quienes aún hoy exigen abolir la institución que heredó.

España asiste a una paradoja monumental: una monarquía que teme a sus enemigos y desprecia a quienes la defendieron.

La degradación moral del legado de 1975

Franco entregó una España unida, próspera, estable, con un sentido fuerte de identidad y con instituciones firmes. Lo que vino después —con Juan Carlos y con Felipe VI— ha sido un deterioro progresivo.

Juan Carlos I, con su vida personal disoluta, sus amistades peligrosas y su absoluta falta de autocontrol, dejó la institución al borde del abismo. Hoy vive exiliado en un país del Golfo, y su biografía parece escrita por un humorista trágico.

Y Felipe VI, aunque con formas más sobrias, no está corrigiendo el rumbo: está profundizando en ese error fundacional de querer contentar a quienes jamás serán monárquicos. Entregar el Toisón de Oro a Roca, Herrero de Miñón y Felipe González no es un gesto institucional; es un acto de renuncia, de debilidad y de claudicación.

Un Toisón de Oro que avergüenza más que honra

El Toisón de Oro era una condecoración reservada a los grandes hombres. Hoy se entrega a símbolos vivientes de la decadencia, el entreguismo y la corrupción. Felipe VI tenía la oportunidad de hacer de este 50 aniversario un acto de reafirmación histórica, de conexión con su origen, de homenaje a quien le devolvió la Corona.

Pero ha preferido lo contrario: un gesto de reverencia al sistema que ha puesto a España al borde del precipicio.

La monarquía no se salvará entregando prebendas a quienes han contribuido a dinamitar los pilares de la nación. La monarquía sólo se salvará si deja de pedir perdón por existir y se atreve, de una vez por todas, a reconocerse en la España real, la que está harta de traiciones, de silencios cobardes y de concesiones que nadie pidió.

Mientras eso no ocurra, cada Toisón que Felipe VI entregue será un clavo más en el ataúd de una institución que camina, sin saberlo, hacia su irrelevancia.

➡️ Opinión

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