España atraviesa una de las mayores crisis institucionales de su historia democrática reciente, y sin embargo, el presidente del Gobierno comparece, da una rueda de prensa con tres preguntas para disimular, pide perdón a la ciudadanía, pero no dimite, no asume responsabilidades políticas y, por supuesto, ni se plantea convocar elecciones anticipadas. Así de patético, así de obsceno, así de desvergonzado es el socialismo en su estado más puro. Estamos ante el final del ciclo de Pedro Sánchez, pero cuidado: los finales del sanchismo pueden ser mucho más destructivos que su ascenso. Y si el PSOE cae, que nadie olvide llevar casco, porque están dispuestos a llevarse todo por delante antes de rendirse.
El pasado jueves, el presidente compareció en una esperpéntica rueda de prensa desde su sede de Ferraz, para hacer lo que mejor sabe: teatralizar. Fingió gravedad, impostó una voz compungida, habló de la "regeneración democrática" que él mismo ha pisoteado cada día de su mandato, y pidió perdón por los escándalos que asolan a su partido. Pero en lugar de hacer lo único decente —presentar su dimisión, disolver las Cortes y someterse al juicio del pueblo soberano—, optó por la tomadura de pelo de anunciar una "auditoría externa" para investigar las cuentas del PSOE. ¿Alguien en su sano juicio cree que una organización criminal incluiría sus mordidas, sobresueldos y comisiones ilegales en sus balances contables? ¿Vamos a encontrar la corrupción en las hojas Excel de Ferraz? ¿Tan idiotas cree Pedro Sánchez que somos?
Pues sí. Esa es la clave. Cree que somos idiotas. Y probablemente lo seamos. Porque ahí siguen millones de votantes dispuestos a justificar cualquier atropello, cualquier mentira, cualquier burla institucional, con tal de seguir defendiendo al ídolo de barro. Sánchez no gobierna para el conjunto de los españoles, lo hace para su masa acrítica, fanatizada, incapaz de distinguir entre una república bananera y una democracia occidental. Su modelo es Venezuela, su referente es Maduro, y su misión no es otra que la de resistir hasta el último suspiro, aunque eso implique arrastrar a todo el país al precipicio.
Santos Cerdán: el verdadero epicentro de la podredumbre
A medida que se desgrana el informe de la UCO, queda cada vez más claro que no estamos ante casos aislados ni manzanas podridas. Lo de Santos Cerdán no es una anécdota, es el pilar sobre el que se sostiene toda la estructura de poder del PSOE. Según la propia Guardia Civil, nos encontramos ante una organización criminal que operaba con conocimiento —si no con la orden directa— de la cúpula socialista. ¿Alguien se cree que Santos Cerdán, auténtico número dos del partido, podía mover contratos, adjudicaciones y comisiones sin el visto bueno de Pedro Sánchez? ¿Quién ha colocado a Cerdán, quién lo ha mantenido, quién lo ha defendido incluso después de los audios, los informes y las sospechas de la UCO? La respuesta es obvia.
No solo eso. El tono del informe, lejos de apuntar a un caso marginal, sugiere una pirámide perfectamente estructurada. Y en esa pirámide, en lo más alto, está el presidente del Gobierno. Lo que se vislumbra es que Santos Cerdán no actuaba por cuenta propia, sino que ejecutaba órdenes. ¿Y de quién recibía esas órdenes? ¿Del bedel de Ferraz? No. Del propio Pedro Sánchez. Es el modelo mafioso que ya conocemos: el jefe nunca deja huellas, pero todos trabajan para él.







