Lo que hasta hace muy poco parecía impensable, hoy es ya una realidad incontestable: la justicia ha abierto juicio oral contra David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno, junto a varios dirigentes socialistas extremeños como Miguel Ángel Gallardo, y, por si fuera poco, también hemos conocido que Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, se sentará en el banquillo por un delito tan grave como es la malversación de caudales públicos.
Una situación inédita en democracia: el núcleo más íntimo del presidente de Gobierno imputado, procesado y camino de juicio. Es decir, la familia directa de Pedro Sánchez está bajo la lupa judicial por corrupción, y esto no es casualidad ni una persecución —como pretenden hacernos creer desde la maquinaria propagandística del PSOE—, sino la constatación de que la podredumbre ha alcanzado el corazón mismo de la Moncloa.
El colaborador necesario: Pedro Sánchez
Conviene subrayarlo con claridad meridiana: ni Begoña Gómez ni David Sánchez podrían haber desarrollado sus negocios turbios, sus chanchullos y sus privilegios sin el amparo directo, cómplice y necesario de Pedro Sánchez. La figura del “colaborador necesario” en el Código Penal se ajusta a la perfección al presidente del Gobierno.
Porque Begoña no habría conseguido cátedras, contratos, patrocinios o viajes de lujo sin ser la esposa de Pedro Sánchez. Porque David no habría disfrutado de donaciones, palacetes, informes fiscales a medida y un puesto fantasma en Extremadura si no fuese el hermano del presidente. Todo lo que han hecho, todo lo que han conseguido, ha sido gracias al poder que concentra Pedro Sánchez. Él es el epicentro de la trama.
Un gobierno acorralado
Este no es un episodio aislado. Venimos de años de escándalos: el caso Koldo, las mordidas de las mascarillas, las sombras de Ábalos, el papel turbio de Santos Cerdán, las relaciones con Víctor de Aldama, las sospechas sobre la financiación del PSOE a través de Venezuela y el Grupo de Puebla. Ahora, con la familia del presidente en el banquillo, todo adquiere la dimensión de crimen de Estado.
Pedro Sánchez está contra las cuerdas y lo sabe. Por eso se lanza a incendiar la calle, a calentar la movilización social, a hablar de bulos y conspiraciones, a agitar fantasmas de ultraderechas y de golpes imaginarios. Es su forma de desviar la atención, de tapar la corrupción política y familiar que le rodea, de ganar tiempo en una huida hacia adelante que ya parece desesperada.







