
Navidad: cuando Dios decidió nacer entre nosotros
La opinión de Javier García Isac de hoy, martes 23 de diciembre de 2025
Nos han querido convencer de que la Navidad es solo un paréntesis de vacaciones, una excusa para consumir, una sucesión de comidas, luces y compromisos sociales. Pero no. La Navidad no es una estación del año ni un fenómeno comercial: la Navidad es un acontecimiento eterno. La Navidad es el día en que Dios decidió hacerse niño. El día en que el cielo tocó la tierra. El día en que, en una humilde cueva de Belén, nació Jesucristo.
Todo lo demás —las cenas, los regalos, las reuniones— tiene sentido solo si no perdemos de vista ese hecho esencial. Porque sin el nacimiento de Cristo, la Navidad se queda vacía, convertida en una costumbre sin alma.
La Nochebuena no es solo una noche de fiesta
La noche del 24 al 25 de diciembre no es una noche cualquiera. Es una noche sagrada. Es la noche en la que millones de familias, generación tras generación, han mirado al cielo con gratitud. Es la noche en la que la mesa se convierte en altar doméstico, y el reencuentro en oración silenciosa.
Es una noche de alegría, sí. Pero también es una noche de recogimiento, de memoria y de fe. Porque junto a los que se sientan a la mesa, siempre hay alguien que falta. Siempre hay una silla vacía. Un padre. Una madre. Un abuelo. Una abuela. Un hermano. Alguien que fue protagonista de nuestras navidades y que hoy está ya en la eternidad.
Y en ese silencio, en esa nostalgia que no duele pero aprieta el corazón, también está Dios.
La Navidad de nuestra infancia
Muchos recordamos la Navidad de cuando éramos niños. Aquellas casas más modestas, pero llenas de calor. Aquellas manos que preparaban la cena. Aquellas voces que ahora ya no suenan. Aquellas miradas que hoy echamos de menos.
Entonces la Navidad tenía rostro de abuelo, de abuela, de padres jóvenes, de generaciones enteras aún unidas. Ellos eran los guardianes de la tradición, los que nos enseñaron a rezar ante el Belén, a besar al Niño, a dar gracias antes de sentarnos a la mesa.
Hoy, muchos de aquellos protagonistas ya no están. Ahora somos nosotros los que ocupamos su lugar. Ahora somos los responsables de mantener encendida la llama, de transmitir la fe, de explicar a los más pequeños que lo que celebramos no es un personaje de cuento, sino el nacimiento del Hijo de Dios.
El Niño que viene a salvar al mundo
En Belén no nació un símbolo. Nació una Persona. Nació Cristo. Nació Dios hecho carne. Nació el que vino a traer esperanza a un mundo roto. El que vino a dar sentido al dolor, a la injusticia, a la muerte. El que vino a enseñarnos que el amor es más fuerte que el odio, y que la verdad siempre vence a la mentira.
Por eso la Navidad no es ingenua. Es profundamente revolucionaria. Dios no se impuso por la fuerza, sino desde un pesebre. No llegó con ejércitos, sino con pañales. No vino a dominar, sino a salvar.
Y ahí está la grandeza.
La familia, el gran refugio
La Navidad también es familia. Reencuentro. Abrazo. Perdón. Volver a casa aunque la vida nos haya llevado lejos. Sentarnos juntos aunque el año haya sido duro. Mirarnos y reconocernos, aun con nuestras heridas.
Y precisamente por eso, la Navidad incomoda tanto a quienes quieren destruirlo todo: la fe, la familia, las tradiciones, la identidad. Porque la Navidad nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Nos recuerda que sin Dios y sin familia, el hombre se queda solo.
Recordar a los que ya no están
Navidad también es memoria. De los que encendían las luces. De los que cortaban el turrón. De los que repartían los regalos. De los que rezaban el rosario. De los que hacían que la casa fuera hogar.
Hoy los echamos de menos. Pero no con desesperanza. Los recordamos con la certeza de que la Navidad es también promesa de resurrección. De vida eterna. De reencuentro definitivo.
En cada villancico hay una oración.
En cada vela, un recuerdo.
En cada lágrima contenida, una esperanza.
No dejemos morir la Navidad
Hoy tratan de vaciarla de contenido. De llamarla “fiestas de invierno”. De esconder a Cristo. De ridiculizar la fe. De romper la tradición. De convertirlo todo en consumo sin alma.
Pero la Navidad no pertenece a los gobiernos, ni a las modas, ni a las ideologías. La Navidad pertenece a Dios y a las familias.
Y tenemos la obligación moral de defenderla.
De explicarla.
De vivirla con dignidad.
De transmitirla sin complejos.
Dios nació para que no estemos solos
La Navidad es la certeza de que Dios no nos abandonó. De que entró en la historia. De que quiso compartir nuestra fragilidad. De que también Él conoció el frío, el rechazo, el exilio, el dolor.
Por eso, incluso cuando falten los nuestros.
Por eso, incluso cuando el mundo se vuelva oscuro.
Por eso, incluso cuando estemos cansados…
La Navidad siempre vuelve. Porque Dios siempre vuelve.
Y mientras quede una familia reunida, una vela encendida, un Niño en un Belén y una oración pronunciada en voz baja, la esperanza seguirá viva.
Feliz Navidad.
De corazón.
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