
29 de octubre: un año después de la tragedia de la gota fría. Las víctimas olvidadas por el Estado autonómico
La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 29 de octubre de 2025
Hoy se cumple un año de aquella fatídica gota fría, la riada que arrasó buena parte de la Comunidad Valenciana y zonas de Albacete, dejando más de doscientas treinta vidas segadas, miles de familias destrozadas y un paisaje de desolación que todavía no se ha borrado de la memoria de quienes lo vivieron.
Un año después, el barro se ha secado, pero la vergüenza política sigue tan fresca como el primer día.
Porque lo que vivimos entonces no fue solo una catástrofe meteorológica: fue, sobre todo, una catástrofe moral, política e institucional. La gota fría no solo desbordó los ríos, también desbordó el modelo autonómico, la burocracia y la incapacidad de un sistema político que, lejos de servir al ciudadano, se sirve de él.
Un Estado ausente y un Gobierno que llegó tarde y mal
En aquellos días, mientras las aguas arrastraban vidas, hogares y esperanzas, el Gobierno de Pedro Sánchez estaba más preocupado por renovar el Consejo de Radio Televisión Española que por coordinar la ayuda urgente a los damnificados. No suspendieron el pleno, no hubo minuto de silencio, no hubo respeto por los muertos ni por los vivos que se jugaban la vida en el barro.
Mientras el país miraba horrorizado las imágenes de vecinos rescatando a otros vecinos, de ancianos atrapados en sus casas, de agricultores que perdían en horas lo que habían levantado en toda una vida, el presidente del Gobierno se limitó a pronunciar una frase infame: “Si necesitan ayuda, que la pidan”.
Como si la tragedia fuera una cuestión de trámite, como si la desesperación necesitara rellenar un formulario.
Voluntarios frente a burócratas
Si algo salvó el honor de España durante aquellas horas fue la solidaridad de los españoles. Los voluntarios, los vecinos, los cuerpos de rescate que actuaron por puro deber moral, sin esperar órdenes ni protocolos.
Fueron ellos, los que no cobraban dietas ni llevaban micrófono, quienes de verdad ayudaron.
Fueron ellos quienes arriesgaron su vida cuando el Estado autonómico se escondía detrás de la excusa de la “competencia” o del “procedimiento”.
El Gobierno, en cambio, llegó tarde, mal y sin alma. Llegó con cámaras y discursos, con propaganda y reproches. Llegó con ministros más preocupados por la foto que por las víctimas. Y para colmo, se criminalizó a quienes acudieron sin permiso, a los voluntarios que se organizaron espontáneamente para rescatar personas y animales. El mismo Estado que no estuvo cuando debía, sí apareció después, pero para poner multas, sanciones y acusaciones.
El modelo autonómico: una fábrica de irresponsabilidad
La tragedia de la gota fría mostró con crudeza lo que muchos llevamos años denunciando: el modelo autonómico es un fracaso.
Un laberinto de competencias cruzadas, de autoridades sin autoridad, de responsabilidades que nadie asume. Mientras unos discutían si era competencia del Gobierno central o de la Generalitat Valenciana, las aguas se llevaban por delante vidas humanas.
Ni el Gobierno valenciano supo reaccionar a tiempo, ni el Gobierno de Sánchez coordinó nada. Cada uno se lavó las manos, echando las culpas al otro, demostrando que este modelo territorial sirve solo para eso: para que nadie sea responsable de nada.
El oportunismo político de siempre
Y hoy, un año después, el PSOE vuelve a hacer lo que mejor sabe: convertir el dolor en arma política. Intentan culpar al Gobierno de Mazón, olvidando que fueron ellos, desde Madrid, quienes abandonaron a los valencianos cuando más los necesitaban.
El oportunismo y la hipocresía no conocen límites. Sánchez, el mismo que no suspendió un pleno ni envió refuerzos a tiempo, ahora pretende sacar rédito político de las víctimas.
Pero la verdad es otra: el PSOE ni estuvo, ni ayudó, ni lloró a los muertos. Solo apareció para hacerse fotos cuando ya era tarde, cuando la tragedia se había convertido en relato. Y hoy, un año después, vuelven a intentar escribir la historia a su manera, manipulando la memoria de quienes murieron y de quienes lo perdieron todo.
Un homenaje a los verdaderos héroes
Este artículo, este editorial, quiere ser, ante todo, un homenaje.
A los bomberos, guardias civiles, policías, militares y cientos de ciudadanos anónimos que, sin pedir nada a cambio, salvaron vidas y demostraron que España sigue viva en su gente, no en sus instituciones.
A las víctimas y a sus familias, que fueron doblemente castigadas: primero por la naturaleza, y después por la desidia del Estado.
Que quede claro: la solidaridad espontánea de los españoles es lo que salvó el honor que la política perdió.
El barro lo limpiaron los vecinos; los muertos los lloraron las familias; los políticos, simplemente, pasaron página.
Un año después: nada ha cambiado
Un año después, no hay responsables, no hay dimisiones, no hay soluciones.
El Gobierno ha preferido ocultar sus errores, manipular los datos, culpar a otros y seguir utilizando la tragedia como excusa.
Ni se ha mejorado la prevención, ni se ha invertido en infraestructuras, ni se ha indemnizado correctamente a los afectados.
Eso sí: la propaganda sigue intacta.
El PSOE sigue utilizando el drama para acusar al Gobierno de Mazón, como si su responsabilidad terminara en la frontera autonómica.
Pero la verdad es otra: el principal responsable fue, y sigue siendo, el Gobierno central, que abandonó a su suerte a miles de españoles.
Cuando el Estado se derrumba, solo queda la Nación
La gota fría de 2024 no solo se llevó vidas, también se llevó por delante la poca confianza que quedaba en un Estado incapaz de proteger a sus ciudadanos.
El modelo autonómico ha demostrado ser una estructura ineficaz, egoísta y cobarde, donde nadie responde y todos se culpan.
Mientras los burócratas discutían, los españoles se ayudaban.
Mientras los políticos buscaban cámaras, los ciudadanos buscaban supervivientes.
Y un año después, los que murieron siguen sin justicia, los que sobrevivieron siguen sin ayuda, y los que mandan siguen sin vergüenza.
España no necesita diecisiete gobiernos para repartir culpas.
Necesita uno solo para asumir responsabilidades.
Porque cuando la patria se diluye en autonomías, lo único
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