La elección del Papa León XIV ha supuesto un rayo de luz y esperanza en una Iglesia que durante demasiado tiempo parecía haber perdido su brújula, extraviada entre los cantos de sirena del globalismo, el progresismo relativista y los interminables coqueteos con quienes desean acabar con la civilización cristiana desde dentro y desde fuera. En un mundo que languidece moralmente y donde Europa reniega de sus raíces, la llegada de este nuevo Pontífice se intuye, si Dios quiere, como el inicio de un nuevo tiempo para Nuestra Santa Iglesia Católica.
León XIV, de origen humilde, nace en el seno de una familia profundamente católica y europea, arraigada a la fe y al campo, a las tradiciones y al trabajo silencioso. Elegido Papa con 69 años de edad, podemos estar ante el comienzo de un largo papado. Misionero de vocación, agustino en formación y corazón, representa esa vertiente espiritual y combativa de la Iglesia que durante siglos supo evangelizar el mundo sin complejos ni concesiones, y que hoy muchos añoramos. No estamos, por tanto, ante un papa de despacho ni de diplomacias burocráticas. Estamos ante un hombre de Dios.
Un nombre que no es casual
El nombre escogido, León XIV, es ya toda una declaración de intenciones. No es casual, no es neutro ni aséptico. Es el eco firme de un pasado glorioso que clama por regresar. León XIII, en su célebre Rerum Novarum, dejó claro que el socialismo era contrario al orden natural querido por Dios, y condenó con firmeza tanto la miseria provocada por el capitalismo desenfrenado como la utopía destructiva del colectivismo marxista. En esa encíclica de mayo de 1891, se defendía sin ambages el derecho sagrado a la propiedad privada como pilar fundamental de la justicia social y del orden cristiano. León XIV, al adoptar este nombre, nos está diciendo que no ha olvidado ni esa encíclica, ni ese combate, ni esa misión.
¿Se imaginan a este papa rindiendo pleitesía al Foro de Davos o a la Agenda 2030? Creo que eso es poco probable. Su sola presencia, su vestimenta, su estilo, evocan la Iglesia eterna. Su elección de la muceta, la estola y la cruz dorada es más que un gesto estético: es una recuperación consciente y necesaria de la dignidad pontificia, tantas veces mancillada por la estética descuidada de su antecesor, más preocupado en agradar a los enemigos de la fe que en pastorear a sus fieles.
Un papa que devuelva el pulso a la Iglesia
El pulso de la Iglesia, en estos últimos años, se ha debilitado. Bajo el pontificado de Francisco, se promovió una peligrosa ambigüedad doctrinal que ha provocado desconcierto, divisiones internas y una creciente pérdida de identidad. Desde la Pachamama en el Vaticano hasta la marginación de los católicos fieles a la tradición, pasando por gestos inaceptables como el silencio ante la persecución de cristianos en Oriente o el desprecio a los mártires de la Cruzada en España. No podemos olvidar que, mientras los templos eran profanados y los fieles perseguidos, muchos miraban hacia otro lado. Eso, confiamos, se ha terminado.
León XIV tiene una inmensa tarea por delante: recuperar la unidad de la Iglesia, una unidad rota por quienes quisieron convertir la Casa de Dios en una ONG al servicio de intereses ajenos a la fe. Una unidad no en torno al consenso, sino en torno a la verdad revelada, a la sana doctrina y al Magisterio perenne. Basta ya de relativismo, de sinodalidades vacías y de reformas diseñadas por burócratas. Lo que el pueblo católico espera es un pastor que no tema llamar al mal por su nombre, que defienda la vida, la familia, la liturgia y la identidad cristiana de Europa.







