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Soldados en blanco y negro apuntan con fusiles desde una trinchera de piedras durante un conflicto armado
OPINIÓN

La guerra no la perdimos todos: la perdió quien la provocó

Conviene recordarlo hoy, cuando se intenta blanquear el origen del conflicto y culpabilizar a quienes lo frenaron

Hay títulos que delatan una mirada. Y hay miradas que falsean la historia desde el primer minuto. Llamar “la guerra que todos perdimos” a la Guerra de España no es un error semántico: es una toma de partido. Porque no la perdimos todos. La guerra la provocó el PSOE y la perdió el PSOE, junto a sus aliados revolucionarios. Y la ganó —gracias a Dios— el Bando Nacional, que se alzó para no ser exterminado y que, tras la victoria, entregó a España cuarenta años de paz, reconstrucción, prosperidad y ascenso social como jamás había conocido nuestra historia contemporánea.

Conviene recordarlo hoy, cuando se intenta blanquear el origen del conflicto y culpabilizar a quienes lo frenaron. En 1934 el PSOE se alzó en armas contra la República; en 1936 convirtió España en un territorio sin ley, con checas, paseos, quema de iglesias y asesinatos políticos. El 18 de julio no fue un capricho: fue una reacción de supervivencia. Y quien no soporta esto no soporta la verdad.

El episodio de las jornadas y la presión del fanatismo

El intento de organizar unas jornadas bajo el rótulo equidistante —y tramposo— de “la guerra que todos perdimos” terminó como suele terminar todo lo que roza la verdad histórica cuando la izquierda presiona: cancelado. La izquierda no debate: intimida. No quiere reconciliación —nunca la quiso—; quiere revancha y venganza por una guerra que provocó y perdió.

Resulta revelador que, al conocerse la presencia de invitados como José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros, se activara la maquinaria del boicot. Más aún cuando uno de los invitados, David Uclés —reciente ganador del Premio Nadal—, optó por dinamitar el encuentro antes que aceptar un debate plural. Esa es la izquierda real: la que cancela.

La equidistancia como coartada

La responsabilidad del escritor Arturo Pérez-Reverte no es menor. La equidistancia en una guerra entre verdugos y víctimas no es neutralidad: es coartada moral. Cuando se iguala a quienes provocaron el caos con quienes lo detuvieron, se blanquea a los primeros y se difama a los segundos. Y cuando llega la presión sectaria, la equidistancia se convierte en retirada. El miedo sustituye al coraje intelectual.

Aznar y la claudicación que abrió la puerta al revisionismo

Hay, además, un detalle que desnuda el disparate: pretender “defender” al Bando Nacional con quien lo condenó en sede parlamentaria. José María Aznar, el 20 de noviembre de 2002, condenó el Alzamiento del 18 de julio de 1936. Aquella claudicación no fue inocua: allanó el camino a la llamada “memoria histórica” de José Luis Rodríguez Zapatero y a la posterior ingeniería de la amnesia. Se empezó pidiendo perdón a los verdugos y se acabó criminalizando a los vencedores.

Lo que de verdad se ganó

Tras la victoria nacional llegó la paz, la reconstrucción, la industrialización, el turismo, la vivienda, la educación técnica y el nacimiento de una amplia clase media. Esa es la herencia que hoy el PSOE pretende liquidar con políticas ideológicas que empobrecen, enfrentan y disuelven la nación. Primero destruyen el relato; luego destruyen la economía; finalmente, destruyen España.

No: no la perdimos todos. La perdieron quienes la provocaron. Y la ganó un bando que salvó a España del exterminio y del caos. La izquierda no perdona haber perdido la guerra, por eso cancela debates y persigue la verdad. Y quienes juegan a la equidistancia acaban arrodillados ante el fanatismo.

Con la izquierda no hay reconciliación posible mientras siga negando los hechos. La historia no se reescribe a gritos ni a boicots. Se asume. Y quien no la asume, teme debatirla.

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