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Ilustración en blanco y negro que mezcla caballeros medievales y periodistas modernos con micrófono EDATV frente a un paisaje de molinos de viento y soldados, acompañada del texto CAPÍTULO IV APÓCRIFO De lo que le sucedió a nuestros caballeros II y periodistas
OPINIÓN

CERVANTES Y EDATV: EL QUIJOTE EN LA BATALLA CULTURAL

POR JOSÉ RIVELA, EL CRONISTA APARTADO

CAPÍTULO IV APÓCRIFO (sobre el IIII verdadero)


«De cómo el desfacedor de agravios aprendió que hay azotes que se dan con promesas; y de cómo topó con mercaderes que pedían “retrato” para creer, siendo ellos los que viven de vender niebla»

La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan ufano por verse armado caballero, que aun el aire le parecía música y el polvo, incienso. Iban a su lado —como injertados por milagro del tiempo— Negre, Vito, García Isac y Tate, que no llevaban adarga, pero sí el hábito de preguntar donde otros mandan callar. Y Cervantes iba a trechos, no como autor, sino como quien se reconoce en el cautiverio ajeno.
—Señor —dijo Cervantes—, acordaos que hay cadenas que se ven… y otras que se aplauden.
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De Andrés, o de la justicia que llega tarde y se va pronto:

Oyeron voces del bosque, y hallaron un mozo atado y un labrador castigándole con pretina, dándole azotes y razones, que es la mezcla con que suele encubrirse la crueldad. Don Quijote arremetió con voz airada, y el labrador, que era humilde de cara cuando le miran, prometió pagar lo debido, jurando lo que no pensaba cumplir.
—¿Veis? —murmuró Tate—. El juramento del poderoso dura lo que dura el testigo.
Vito miró al muchacho, y vio en él a todos los que piden amparo a una justicia que pasa de largo.
Don Quijote, creyendo haber deshecho el agravio, se apartó con gran satisfacción. Mas apenas se perdió entre árboles, el labrador volvió al tronco como vuelve el abuso a su oficio, y acrecentó la deuda con nuevos golpes.
—Así —dijo Cervantes— se deshacen muchos agravios en el mundo: con un mandato hermoso y una soledad fea.
Negre apretó los dientes:
—Esto mismo ocurre hoy: se promete protección al débil… y se le deja a merced del sistema que lo castiga.
De la puerta trasera, y de los matones de la plaza.
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No habían salido del bosque cuando vieron un alboroto como de mitin y de mercado:

gente apretada, voces, empujones. Preguntó don Quijote qué era aquello, y le dijeron que una señora de gran mando y gran escolta, Irene Montero, entraba no por la puerta de la plaza, sino por una puerta desviada; y que un reportero que la interpeló fue recibido no con respuesta, sino con hombros y manos ajenas.
—¿Y por qué se esconde quien dice defender al pueblo? —preguntó don Quijote.
—Porque —respondió Cervantes— hay quienes aman al pueblo en discurso… y lo temen en carne.
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De un caballero que nombró a un mago extranjero:

En esto, pasó por allí un caballero recio de voz, Abascal, que decía del gran señor del reino, Sánchez, que no obraba por sí, sino por hechicería de un mago extranjero llamado Soros, y que servía más a mandatos de oro que a la voluntad de su tierra.
Don Quijote, que entendía de encantadores, dijo:
—Cuando muchos obedecen al oro, el oro se vuelve corona.
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De cómo quisieron quitar a los mozos el patio y la palabra
Y siguieron oyendo pregones: 

que unos querían quitar a los mozos los campos de fútbol de los patios, y que otros soñaban con vedar las redes a menores de cierta edad, como si se pudiese prohibir el río para evitar que alguno se moje.
—Esto —dijo García Isac— no es cuidado: es tutela.
—Y la tutela larga —añadió Cervantes— acaba siendo servidumbre corta: te la ponen y ya no te la quitan.
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Del ministro de los caminos de hierro y del caos de las vías: 

Toparon después con viajeros malhumorados, con carros detenidos, con ruidos de retraso y desorden. Preguntó Vito por el causante y sonó el nombre de Óscar Puente, ministro de vías y trenes, a quien se le pedía cuenta de un caos y de advertencias europeas sobre caminos viejos, y respondía con el arte de los poderosos: no con solución, sino con desprecio.
Don Quijote, que era loco pero no tonto, sentenció:
—Gobernar no es burlarse del que pregunta: es enderezar lo torcido.
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De la “red” de figurones y de los depredadores que nadie nombra:

En una esquina de la plaza vieron un corro de damas y mozos que gritaban consignas como quien agita paja. Vito, con esa crueldad de claridad que tienen las preguntas, dijo que muchos de los que se visten de virtud están rodeados de verdaderos abusadores, y que luego descargan su ira contra el hombre común porque es el único al que pueden señalar sin riesgo.
Cervantes bajó la voz:
—En mi tiempo, los peores pecadores se disfrazaban de santos. En el vuestro, a veces se disfrazan de víctimas perpetuas.
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De las palabras desmedidas y del arma que se vuelve contra quien la blande:

Y sucedió que Vito, en otra plaza de Aragón, dijo una frase feroz contra Sánchez —de esas que luego se usan como soga— y hubo quienes la tomaron por prueba de odio. Unos le acusaron de barbarie; otros replicaron que se escandalizan solo cuando conviene, pues callan cuando se homenajea a delincuentes ya condenados.
Don Quijote, oyendo esto, meneó la cabeza:
—La lengua es espada: si la usas sin tino, hiere a tu causa.
Y Cervantes añadió:
—Mas también es cierto que hay gente que finge escándalo para no hablar del hecho.
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De México, de Washington y de amenazas que cruzan mares:

No lejos de allí, Negre contó que había denunciado, en reunión de hombres de política en Washington, a la señora Claudia Sheinbaum y a su gobierno, diciendo que había recibido amenazas por publicar cosas que molestan a los poderosos.
—Y si algo me sucede —vino a decir—, no será por accidente.
Cervantes lo miró como soldado a soldado:
—El que toca intereses grandes, pisa suelo minado.
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Y, como en espejo, se supo que Trump había declarado que hacía falta más competencia mediática contra las cadenas grandes que llaman verdad a lo que les pagan por decir.
—En mi siglo —dijo Cervantes— al mensajero se le cortaba la lengua. En el vuestro, se le corta el alcance.
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De un clérigo renegado y de dineros oscuros:

Y salió también el nombre de Pablo Iglesias, a quien Negre acusaba de cobrar de gobiernos y redes turbias, y de haberse mudado de amos, dejando unos fondos y buscando otros.
—No nombremos lodos —dijo Cervantes— sin recordar lo principal: el dinero compra silencios, y el silencio después se vende como virtud.
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De Sarah Rogers, de Marco Rubio y de la censura que quiere ser ley:

Luego habló Negre de su encuentro con Sarah Rogers, alta oficial del Departamento de Estado, y de haberle expuesto el intento de censurar redes y registrar voces en España; y de que desde aquel castillo del Norte se miraba con recelo la tentación de procesar empresas por permitir el habla, y que se defendía la libertad de plataformas como X frente a mordazas extranjeras.
—Ved —dijo Tate—: cuando el poder no puede disciplinar la plaza, quiere cerrar la plaza.
Y Cervantes, que conocía a los inquisidores de todos los siglos, remató:
—Primero te dicen “es por tu bien”. Luego te dicen “es por la ley”. Y al cabo, te dicen “es tarde para quejarse”.
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De “parásitos” y de la deshumanización que abre la puerta al abuso:

También se oyó que desde ciertas bocas se llamaba “parásitos” a venezolanos que celebraban la caída de su tirano. Y la misma Sarah Rogers —según contaron— había afeado ese doble rasero: perseguir “discurso de odio” contra empresas, mientras un cargo público insulta a exiliados.
Don Quijote se encendió:
—Al hombre al que se le quita el nombre, se le quita luego el derecho.
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De mercaderes toledanos y mercaderes del relato:

Llegaron por fin al tropel de mercaderes —los del capítulo verdadero—, y don Quijote les pidió confesión. Mas, en esta estampa nueva, los mercaderes no querían creer sin “retrato”, como antes: querían creer solo lo que viniese sellado por el consenso, por el registro, por el permiso.
—Mostradnos el retrato —decían—: un grano de trigo basta. Un certificado, un sello, una autorización.
—¡Ah, canalla! —respondió don Quijote—. La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar…
Y Vito susurró al oído del caballero:
—Hoy te dicen lo mismo: “si no lo certifica la prensa comprada, no existe”.
Entonces, como en el libro, Rocinante tropezó. Y el caballero cayó, y el mozo de mulas —ese matón de la historia eterna— descargó palos sobre quien no podía levantarse.
Y don Quijote, molido, todavía decía que no era culpa suya, sino del caballo. Pero Negre, Vito, García Isac y Tate lo alzaron del suelo como se alza hoy la verdad: a fuerza de insistir, de preguntar otra vez, de volver a la plaza aunque te empujen.
Cervantes cerró la escena con una frase que parecía escrita con sangre vieja:
—El mundo está lleno de gente que pide “retrato” para creer…
y lleno también de gente que, viendo el retrato, decide romperlo.
Y don Quijote, con la voz rota y el ánimo entero, juró:
—Si la palabra cae, se levanta.
Y si la libertad sangra, es que aún vive.

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