Fernando Arrabal no se despide: cambia de trinchera

Fernando Arrabal no se despide: cambia de trinchera
Ilustración de José Rivela
porEDATV
opinion

Por José Rivela Rivela (el cronista apartado)


Fernando Arrabal no anuncia una retirada. Anuncia una reordenación. Y eso, en un creador de noventa y tres años que sigue escribiendo con la lucidez de un incendiario joven, no es un detalle menor: es un gesto cultural de primer orden.

En un breve correo reciente —de esos que Arrabal escribe como quien lanza una bengala en mitad de la noche— comunica algo que podría pasar desapercibido para el lector apresurado: deja de colaborar en El Español y, a partir del 28 de diciembre, comenzará a publicar todos los domingos, desde París, en otro periódico español, con textos “arrabalescos” y al menos un poema plástico semanal. No hay reproche. No hay ajuste de cuentas. Hay decisión.

Cuando un autor menor cambia de medio, busca visibilidad.

Cuando Arrabal lo hace, afirma libertad.

Porque Arrabal no necesita escaparates. Su nombre pertenece ya a la historia viva del teatro, del cine y de la literatura europea. Lo que está en juego aquí no es la difusión, sino el lugar desde el que se habla. Y Arrabal —que nunca escribió desde la comodidad— vuelve a elegir el riesgo, la intemperie, el margen fértil donde la palabra no está domesticada.

Este movimiento tiene algo profundamente coherente con toda su trayectoria. El Arrabal que fue censurado, detenido, vigilado, expulsado y mal leído es el mismo que hoy se niega a escribir desde una posición amortiguada. Cambiar de periódico no es cerrar una etapa: es afinar el instrumento antes de seguir tocando.

Hay además un detalle revelador en su mensaje: Arrabal no proclama, consulta. Dice que espera la opinión de sus amigos. No es pose. Es método. La obra arrabaliana siempre ha sido un diálogo —con Pan, con el absurdo, con la infancia, con los vivos y con los muertos—, y también ahora necesita ese eco antes de avanzar.

Que a los 93 años anuncie una escritura semanal, regular, con poema plástico incluido, no es un gesto crepuscular. Es exactamente lo contrario: es una declaración de continuidad. Mientras otros se despiden, Arrabal reorganiza el frente.

En un tiempo en el que muchos medios buscan la previsibilidad y temen la rareza, este gesto vuelve a plantear una pregunta incómoda:

¿están los periódicos preparados para dejarse escribir por un creador verdaderamente libre?

Porque Arrabal no se adapta al medio. El medio, si es inteligente, se adapta a Arrabal.

Desde París, desde su laboratorio pánico, desde esa frontera donde la palabra todavía quema, Arrabal seguirá escribiendo “mientras el infinito le preste vida”. No como consigna, sino como constatación. Y quienes entiendan lo que eso significa —lectores, editores, periodistas— sabrán que no asistimos a un final, sino a una nueva disposición del fuego.

Arrabal no se despide.

Cambia de trinchera.

Y sigue avanzando.

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