Fernando Arrabal no anuncia una retirada. Anuncia una reordenación. Y eso, en un creador de noventa y tres años que sigue escribiendo con la lucidez de un incendiario joven, no es un detalle menor: es un gesto cultural de primer orden.
En un breve correo reciente —de esos que Arrabal escribe como quien lanza una bengala en mitad de la noche— comunica algo que podría pasar desapercibido para el lector apresurado: deja de colaborar en El Español y, a partir del 28 de diciembre, comenzará a publicar todos los domingos, desde París, en otro periódico español, con textos “arrabalescos” y al menos un poema plástico semanal. No hay reproche. No hay ajuste de cuentas. Hay decisión.







