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Hombre pensativo con traje sentado en un escritorio sosteniendo una carta sellada mientras fuma un cigarrillo en una habitación iluminada por una lámpara con una ventana al fondo donde se ve la lluvia caer por la noche
OPINIÓN

El expediente de la vice

Por José Rivela, el cronista apartado

La lluvia caía en Buenos Aires como si alguien estuviera lavando la conciencia del mundo con agua sucia. Eran las nueve de la noche y el periodista estaba solo en su despacho. El reloj marcaba un tiempo que ya no servía para nada. Sobre la mesa había un vaso de whisky, una laptop abierta y un sobre oficial con sello de la Vicepresidencia de la Nación.

El tipo se llamaba Negre. Tenía la barba de tres días, las ojeras de tres meses y la obstinación de tres siglos. Había aprendido que en este oficio no hay santos, sólo sobrevivientes.

Abrió el sobre con la parsimonia de un forense.
“Denuncia penal por intimidación, amenazas y disturbios del orden público.”
La Vice había decidido que él era peligroso. Y cuando el poder te llama peligroso, es que por fin has hecho bien tu trabajo.

Encendió un cigarrillo, aspiró y soltó el humo hacia el techo, donde se acumulaban las últimas ilusiones.
—Amenazas... —dijo en voz baja—. Si contar la verdad es una amenaza, entonces soy dinamita.

La ventana daba al puerto. Las luces del agua se movían como serpientes cansadas. En la calle, un coche negro esperaba desde hacía una hora. Dos tipos dentro, sin moverse.
No eran periodistas.

Negre lo sabía.
Llevaba demasiado tiempo en esto como para confundir la lluvia con las lágrimas.

Sonó el teléfono.
—¿Negre? —una voz ronca, femenina, con acento de mate y desconfianza.
—Depende. ¿Quién pregunta?
—Una amiga. Tengo información sobre tu denuncia. La Vice no quiere callarte. Quiere verte fuera. Fuera del país o bajo tierra, da igual.

El periodista rió.
—No sería la primera vez.
—Esta vez va en serio. Hay gente del Ministerio detrás.
—Perfecto —dijo—. Siempre quise tener público.

Colgó. Dio otro trago. La botella estaba a la mitad; la noche, apenas empezando.
Abrió su cuaderno, ese donde apuntaba frases sueltas, nombres, cifras. Todo lo que no se publica. Todo lo que se paga caro.

Escribió:

> “Cuando la verdad se vuelve delito, el periodista es el último criminal decente.”

La puerta del despacho crujió. No era el viento.
Un hombre entró sin llamar, con una gabardina que olía a pólvora y ministerio.
—Buenas noches, señor Negre.
—No son buenas. Y no me gusta que los desconocidos entren en mi oficina.
—Venimos a notificarle oficialmente. Está citado por la Fiscalía. Mañana a las diez.
—¿Y si no voy?
—Entonces iremos nosotros. Y esta vez no traeremos papeles.

El hombre sonrió con los labios, no con los ojos. Salió dejando el perfume agrio del miedo.

Negre apagó el cigarrillo, encendió otro y miró la pantalla.
En el chat de redacción, alguien había escrito:

> “¿Publicamos ya lo de la Vice?”

Tecleó despacio:

> “Publicadlo todo.”

Pulsó enter.

El texto apareció en las redes antes de que la lluvia cesara.
En cuestión de minutos, los teléfonos empezaron a sonar. La historia se había hecho carne y pólvora.

Negre se recostó en la silla, con el vaso vacío. Afuera, los faroles parpadeaban como testigos cansados.
Sabía que no había héroes en este oficio.
Sólo tipos que no saben callarse.
Y él, por desgracia, era uno de ellos.

Miró la llama del mechero un instante.
El fuego de las palabras.
Su única arma. Su única condena.

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