Abrió el sobre con la parsimonia de un forense.
“Denuncia penal por intimidación, amenazas y disturbios del orden público.”
La Vice había decidido que él era peligroso. Y cuando el poder te llama peligroso, es que por fin has hecho bien tu trabajo.
Encendió un cigarrillo, aspiró y soltó el humo hacia el techo, donde se acumulaban las últimas ilusiones.
—Amenazas... —dijo en voz baja—. Si contar la verdad es una amenaza, entonces soy dinamita.
La ventana daba al puerto. Las luces del agua se movían como serpientes cansadas. En la calle, un coche negro esperaba desde hacía una hora. Dos tipos dentro, sin moverse.
No eran periodistas.
Negre lo sabía.
Llevaba demasiado tiempo en esto como para confundir la lluvia con las lágrimas.
Sonó el teléfono.
—¿Negre? —una voz ronca, femenina, con acento de mate y desconfianza.
—Depende. ¿Quién pregunta?
—Una amiga. Tengo información sobre tu denuncia. La Vice no quiere callarte. Quiere verte fuera. Fuera del país o bajo tierra, da igual.
El periodista rió.
—No sería la primera vez.
—Esta vez va en serio. Hay gente del Ministerio detrás.
—Perfecto —dijo—. Siempre quise tener público.
Colgó. Dio otro trago. La botella estaba a la mitad; la noche, apenas empezando.
Abrió su cuaderno, ese donde apuntaba frases sueltas, nombres, cifras. Todo lo que no se publica. Todo lo que se paga caro.
Escribió:
> “Cuando la verdad se vuelve delito, el periodista es el último criminal decente.”