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Vista aérea en blanco y negro de una ciudad costera con numerosos edificios altos junto a una larga playa curvada y un cabo rocoso que se adentra en el mar
OPINIÓN

1954: cuando España pensaba en grande (antes de que dejara de existir)

La opinión de Javier García Isac de hoy, martes 17 de febrero de 2026


Hay fechas que incomodan porque desmontan relatos. Febrero de 1954 es una de ellas. Ese año, mientras hoy nos quieren convencer de que España empezó a vivir en 1982 —como si todo lo anterior fuese una noche oscura que conviene olvidar—, el Estado estudiaba y ponía en marcha un plan estratégico para revalorizar el turismo en la Costa del Sol. No como ocurrencia ni como postureo, sino como política de país. Con visión, con método y con un objetivo claro: crear prosperidad para todos.

Resulta casi cómico —si no fuese trágico— escuchar a los herederos del felipismo cultural explicar que España nace con la victoria de Felipe González. Según ese dogma, antes no había país, ni proyecto, ni modernización. Solo que la realidad, tozuda, se empeña en desmentirlos. Porque España ya estaba planificando su futuro turístico cuando ellos aún militaban en la nada.

Turismo, industria y Estado: el triángulo de la prosperidad

En aquellos años se entendió algo que hoy parece ciencia ficción: el turismo no se opone a la industria; la complementa. Se impulsó la industrialización, se modernizaron infraestructuras, se electrificó el país, se ordenó el territorio y, a la vez, se apostó por un turismo de calidad que trajera divisas, empleo y ascenso social. La Costa del Sol no fue un accidente: fue una decisión política.

Hoteles, carreteras, aeropuertos, saneamiento, urbanismo planificado. No “pelotazos”, no improvisación, no sectarismo ideológico. Estado al servicio del bien común. Se trabajaba con una idea muy clara: crear una gran clase media que sostuviera el país. Y vaya si se creó.

La ironía de la España negada

Hoy, quienes viven del negacionismo histórico del franquismo disfrutan —y explotan— los frutos de aquellas políticas. Si España es hoy una potencia turística mundial, no lo es por casualidad ni por la magia de la democracia tardía, sino porque en 1954 ya se sentaron las bases. Si Torremolinos, Marbella, Fuengirola o Benalmádena son lo que son, todo empezó entonces.

Pero claro, reconocerlo obliga a admitir que hubo gestión, planificación y éxito antes del relato socialista. Y eso les duele. Prefieren decir que España “despertó” en 1982, cuando lo cierto es que España ya llevaba décadas trabajando, construyendo y creciendo.

Un país pensado para todos

A diferencia de la España actual —fracturada, empobrecida y rehen de ideologías—, aquella España entendía el concepto de bien común. El turismo no era un juguete ideológico ni una excusa fiscal; era una herramienta de cohesión social. Permitió a miles de familias salir adelante, acceder a vivienda, educación y estabilidad. Clase media real, no subvencionada. Orgullosa, trabajadora, con expectativas.

Y sí, todo esto se hizo sin complejos, bajo el liderazgo de Francisco Franco, con técnicos, ingenieros y planificadores que pensaban a largo plazo. Justo lo contrario de la política cortoplacista que hoy padecemos.

La verdad que no pueden borrar

Podrán derribar estatuas, manipular libros de texto y repetir consignas, pero no pueden borrar la realidad. 1954 demuestra que España ya existía, pensaba en grande y trabajaba para todos. Que el milagro turístico español no nació con la propaganda socialista, sino con una visión de Estado que entendía que prosperidad y justicia social se construyen, no se proclaman.

Negar esto no es solo mentir: es ingratitud histórica. Porque muchos de los que hoy escupen sobre aquel pasado viven gracias a las bases que entonces se pusieron. Y eso, por mucho que les moleste, es un hecho.

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