Hay fechas que incomodan porque desmontan relatos. Febrero de 1954 es una de ellas. Ese año, mientras hoy nos quieren convencer de que España empezó a vivir en 1982 —como si todo lo anterior fuese una noche oscura que conviene olvidar—, el Estado estudiaba y ponía en marcha un plan estratégico para revalorizar el turismo en la Costa del Sol. No como ocurrencia ni como postureo, sino como política de país. Con visión, con método y con un objetivo claro: crear prosperidad para todos.
Resulta casi cómico —si no fuese trágico— escuchar a los herederos del felipismo cultural explicar que España nace con la victoria de Felipe González. Según ese dogma, antes no había país, ni proyecto, ni modernización. Solo que la realidad, tozuda, se empeña en desmentirlos. Porque España ya estaba planificando su futuro turístico cuando ellos aún militaban en la nada.
Turismo, industria y Estado: el triángulo de la prosperidad
En aquellos años se entendió algo que hoy parece ciencia ficción: el turismo no se opone a la industria; la complementa. Se impulsó la industrialización, se modernizaron infraestructuras, se electrificó el país, se ordenó el territorio y, a la vez, se apostó por un turismo de calidad que trajera divisas, empleo y ascenso social. La Costa del Sol no fue un accidente: fue una decisión política.
Hoteles, carreteras, aeropuertos, saneamiento, urbanismo planificado. No “pelotazos”, no improvisación, no sectarismo ideológico. Estado al servicio del bien común. Se trabajaba con una idea muy clara: crear una gran clase media que sostuviera el país. Y vaya si se creó.
La ironía de la España negada
Hoy, quienes viven del negacionismo histórico del franquismo disfrutan —y explotan— los frutos de aquellas políticas. Si España es hoy una potencia turística mundial, no lo es por casualidad ni por la magia de la democracia tardía, sino porque en 1954 ya se sentaron las bases. Si Torremolinos, Marbella, Fuengirola o Benalmádena son lo que son, todo empezó entonces.







