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Anticolonialistas de puente.

Anticolonialistas de puente.
por EDATV
13 de octubre de 2026 a las 07:52
opinion

Por Jota Camacho

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Algunos necesitan pedir perdón por la historia de España para sentirse buenas personas. Otros preferimos conocerla.

Este mes he cumplido veinticinco años en España, y en todo este tiempo no he conocido a un solo anticolonialista que haya ido a trabajar un 12 de octubre en señal de protesta. Ni uno. La fecha se condena; el festivo se disfruta. Es la objeción de conciencia más cómoda que existe y se ejerce desde el sofá. La función se repite cada año. España celebra su Fiesta Nacional, desfilan las Fuerzas Armadas, ondean las banderas y, puntual como un reloj, aparece el coro progre de siempre, con flequillo y argolla en la nariz: que aquello fue un genocidio, que España fue a llevarse el oro y que sentir orgullo de su historia es cosa de ignorantes. Pero la indignación anticolonial siempre viene con puente.

Llegué de Colombia con poco equipaje y muchas ganas de trabajar. Hoy genero empleo, pago mis impuestos y escribo en el idioma que compartimos más de seiscientos millones de personas. Lo cuento porque cada 12 de octubre alguien se ofrece a sentir vergüenza en mi nombre, y yo nunca le he pedido ese favor. Somos muchos los hispanoamericanos que vivimos esta fecha con orgullo y no con complejo. No ignoramos la historia, la conocemos.

La conquista fue dura. Hubo guerras, abusos y crueldad. Pero el cuento del paraíso pacífico arrasado por unos europeos malvados tiene un gran problema: no resiste ni un libro de historia. La América que encontraron los españoles no era un jardín de pueblos en armonía, sino un continente de imperios, guerras y vasallajes. Los mexicas sometían a sus vecinos a base de tributos y sacrificios humanos. Por eso Hernán Cortés no tomó Tenochtitlan con unos cientos de españoles, sino con decenas de miles de aliados indígenas, tlaxcaltecas a la cabeza, que llevaban generaciones esperando la ocasión de librarse de aquel imperio. Quien reduce a esos pueblos a víctimas pasivas no les hace justicia: les roba el protagonismo de su propia historia.

Luego está la gran catástrofe demográfica, que la propaganda ignorante atribuye entera a las espadas. La mayor parte de aquellas muertes la causaron epidemias como la viruela o el sarampión, contra las que nadie en el siglo XVI tenía defensa. Sumar los muertos de la viruela a un supuesto exterminio planificado es confundir una tragedia con un plan.

Lo más incómodo para ese relato no está en los campos de batalla, sino en las ideas. En 1512, apenas veinte años después del primer viaje de Colón, las Leyes de Burgos ya intentaban frenar los abusos contra los indígenas. En una época en la que a los imperios no solía quitarles el sueño el trato a los vencidos.

En Salamanca, Francisco de Vitoria defendía que los pueblos americanos eran dueños legítimos de sus tierras y ponía los cimientos del derecho internacional. Y en 1550 Carlos V hizo algo que muy pocos imperios han hecho jamás: detener sus conquistas para que teólogos y juristas debatieran, en Valladolid, si eran justas.

En aquel debate defendía a los indígenas un fraile sevillano, Bartolomé de las Casas. Sus denuncias se imprimieron en Sevilla y los enemigos de España las tradujeron a media Europa. Quien hoy recita la leyenda negra cree estar desafiando a España. En realidad, está citando a un español.

Cuando los colonos ingleses fundaron Harvard, en 1636, Lima y México tenían universidad desde hacía ochenta y cinco años. La imprenta llegó a México en 1539, un siglo antes que a la Norteamérica inglesa. La Corona autorizó en 1514 los matrimonios entre españoles e indígenas, mientras que en las colonias inglesas mezclarse acabaría siendo delito. Y la gran recopilación de leyes de 1680 no hablaba de colonias, sino de los “Reinos de las Indias”.

Se jactan de un robo. Si lo fue, es desde luego el robo más raro de la historia: el ladrón se quedó a vivir, fundó universidades, imprimió libros, levantó hospitales y dejó su idioma en herencia. Uno de ellos, el Hospital de Jesús de Ciudad de México, sigue atendiendo pacientes cinco siglos después. Lo fundó Hernán Cortés. Los saqueadores de verdad no dejan hospitales ni bibliotecas: cargan lo que pueden y se marchan.

En estos veinticinco años he aprendido algo más: la izquierda adora al inmigrante, pero ojo, siempre que cumpla el papel que le tiene asignado. El inmigrante ideal es el que necesita ayuda, agradece la tutela y repite el discurso y si es negro y lleva machete, mucho mejor. Mientras se porta así, es diversidad. Pero basta con que piense por su cuenta, defienda su fe, genere empleo o, peor todavía, gane una discusión y demuestre inteligencia, para que le enseñen la puerta: “vuélvete a tu país”. Esa frase, que en boca de otros llaman xenofobia, en la suya se convierte en argumento.

Nos quieren víctimas, no iguales. La víctima confirma su superioridad moral; el igual la pone en duda. Ser inclusivo con quien consideras por debajo de ti no es generosidad: es otra manera de sentirte por encima. La condescendencia, al fin y al cabo, no es más que desprecio con buenos modales.

La misma izquierda que encuentra patriarcado hasta en los cuentos infantiles se vuelve prudentísima cuando la opresión de la mujer llega envuelta en culturas que no comen jamón. Respeta todas las tradiciones menos la propia, que es justamente la que le dio la libertad de criticarla.

Y cuando la discusión se le complica de verdad, siempre les queda el último recurso. Los defensores incansables del colectivo LGTBI, con la bandera arcoíris en el perfil, invitan a un adversario a “salir del armario” usándolo como insulto. El progresismo dura exactamente lo que tardan en quedarse sin argumentos.

El 12 de octubre de 1492 abrió también la evangelización de un continente, y la fecha coincide con la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Aquí la incoherencia es arte: reniegan de la cruz, pero no del puente. Ni de este, ni del de la Inmaculada, ni de la Semana Santa, ni de la Navidad. Para no creer en nada, son muy devotos de las fiestas de guardar.

Uno puede no ser creyente y entender que sin el cristianismo no se explica una catedral, un cuadro de Velázquez o un verso de San Juan de la Cruz. Conocer una tradición no obliga a profesarla. Para despreciarla, en cambio, basta con no conocerla. Todo esto tendría gracia si se quedara en anécdotas. El problema es que esta gente vota. Y además gobierna.

No hablo de toda la izquierda, desde luego. La sensata, la que conoce su historia y no necesita odiarla, estará este lunes tomándose el vermut como todo el mundo. Hablo de la otra: la que confunde el resentimiento con la conciencia social y la historia con un ajuste de cuentas.

Los hispanoamericanos que amamos a España no pedimos a nadie que comparta nuestro orgullo. Solo que no nos imponga su vergüenza. España tiene esa grandeza: hasta a quienes la desprecian les regala un puente.

Feliz Día de la Hispanidad. También a ellos.


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