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Retrato en blanco y negro de un hombre mayor calvo con expresión sonriente mirando a la cámara
OPINIÓN

Adiós a Robert Duvall, el rostro eterno de una época irrepetible

Se nos ha ido Robert Duvall. Noventa y cinco años de vida. Noventa y cinco años de cine

Noventa y cinco años de una forma de interpretar que hoy ya no existe, porque hoy casi nada es auténtico.

Ha muerto el eterno consejero de El Padrino, el inolvidable Tom Hagen, el hombre que no levantaba la voz pero que sostenía el imperio. El actor que, con una mirada serena y una frase medida, transmitía más autoridad que muchos discursos actuales cargados de ruido y vacío.

Y con él se nos va también una manera de hacer cine que no estaba sometida a la corrección política ni al catecismo ideológico de turno.

El consejero, el patriota, el hombre de códigos

En El Padrino, dirigida por Francis Ford Coppola, Duvall no era el protagonista en el sentido clásico. Pero era el alma fría del equilibrio. Mientras todos gritaban, él pensaba. Mientras otros disparaban, él negociaba.

Tom Hagen era el orden dentro del caos, la lealtad sin aspavientos, la inteligencia puesta al servicio de una familia y de un código.

Y eso es precisamente lo que convertía al personaje en inolvidable: su humanidad. No era un santo. No era un héroe convencional. Pero tampoco era una caricatura. Era un hombre de principios dentro de un mundo sin ellos.

Ese matiz, esa profundidad, ese respeto por la complejidad humana, eso hoy se ha perdido.

“Me encanta el olor a napalm por la mañana”

Luego llegó Apocalypse Now. Y allí Duvall se convirtió en leyenda.

El teniente coronel Kilgore no era un personaje. Era una fuerza de la naturaleza. Un militar duro, obsesionado con la guerra, pero lleno de una extraña mezcla de épica y delirio. Ese “me encanta el olor a napalm por la mañana” no era una frase provocadora. Era la radiografía brutal de una época.

Y, sin embargo, incluso en ese personaje extremo, Duvall conseguía que uno sintiera algo más que rechazo. Había magnetismo. Había humanidad. Había convicción.

Ese era su talento: hacer comprensible al hombre, aunque el hombre estuviera equivocado.

El Hollywood que fue libre

Robert Duvall pertenecía a una generación que no pedía permiso para contar historias. Una generación que entendía el cine como arte y no como panfleto. Que construía personajes complejos sin necesidad de convertir cada guion en una lección de moral prefabricada.

El Hollywood de los años 70 era imperfecto, sí. Pero era libre. No necesitaba explicarse constantemente. No vivía obsesionado con no ofender. No convertía cada papel en una declaración ideológica.

Duvall nunca fue estridente. Nunca necesitó sermonear al público desde la alfombra roja. Su ideología era el personaje. Su discurso era el trabajo bien hecho.

Hoy el cine parece más preocupado por la etiqueta que por la emoción. Más por el mensaje que por la verdad humana. Más por el aplauso automático que por la autenticidad.

Y eso marca la diferencia.

La identificación con el personaje

Hay algo que solo los grandes actores consiguen: que olvides al actor.

Con Duvall no veías a Duvall. Veías al consejero. Veías al coronel. Veías al hombre atormentado, al padre, al soldado, al delincuente, al patriota. Y, por extraño que parezca, acababas sintiendo simpatía incluso por el más brutal.

Eso no es banalizar el mal. Es comprender la condición humana. Es aceptar que el mundo no es blanco o negro, sino lleno de matices.

Esa complejidad, esa profundidad, es lo que hacía del cine una experiencia humana real. No una consigna.

Mi Robert Duvall

Permítanme ahora una licencia personal.

Yo fui de los que leyeron El Padrino antes de ver la película. Y eso marca. Porque cuando uno lee primero, imagina. Construye mentalmente a cada personaje. Le pone voz, le pone rostro, le da gestos.

Y cuando por fin vi en pantalla a Tom Hagen, encarnado por Robert Duvall, tuve una de esas sensaciones raras y maravillosas: encajaba. Era exactamente como lo había imaginado. La sobriedad, la serenidad, la inteligencia sin estridencias, todo estaba ahí.

No siempre ocurre. A veces el cine traiciona la imaginación. En este caso la respetó. Y en gran parte gracias a él.

Y hay algo más.

Su frase mítica en Apocalypse Now —esa que evoca la victoria con el olor a napalm al amanecer— forma parte de mi día a día. La utilizo desde hace muchos años para abrir tertulias en En la Boca del Lobo. Antes de empezar cada debate, esa referencia está ahí. Como símbolo de combate intelectual, de dar la cara, de no rehuir la batalla de las ideas.

Por eso Robert Duvall, para mí, no es solo un actor al que admiro.

Es una presencia cotidiana. Es una voz que me acompaña. Es una referencia cultural que ha formado parte de mi manera de comunicar y de entender la épica, incluso la épica dialéctica.

Descansa en paz, consejero

La muerte de Robert Duvall no es solo la despedida de un actor. Es la despedida de una generación que convirtió el cine en algo más que entretenimiento: en carácter, en código, en memoria.

Noventa y cinco años. Una carrera inmensa. Papeles eternos.

Hoy muchos hablan. Él interpretaba.

Hoy muchos buscan titulares. Él construía personajes.

Hoy todo es inmediato y fugaz. Él ya es historia del cine.

Y en mi caso, además, parte de mi propia biografía.

Descansa en paz, consejero.

El cine —el de verdad— te recordará. Y algunos, cada mañana, seguiremos escuchando aquella frase antes de entrar en combate.

➡️ Opinión

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