Hay fechas que no admiten relativismos ni reescrituras interesadas. El 2 de enero de 1492 es una de ellas. Ese día, las tropas de la Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón entraron en Granada, poniendo fin a casi ocho siglos de lucha por la recuperación de la península Ibérica ocupada. Fue el cierre de la Reconquista y, a la vez, el germen del nacimiento político de España como unidad histórica, cultural y espiritual.
No fue una “conquista” al uso ni un acto de barbarie, como hoy pretenden vender los ingenieros del resentimiento. Fue el desenlace de una empresa histórica de supervivencia, de continuidad y de afirmación de una civilización que se negó a desaparecer. Granada no cayó: Granada volvió a España.
La culminación de una obra histórica
La toma de Granada simboliza la culminación de un proceso iniciado en Covadonga. Un proceso largo, duro, lleno de sacrificios, pero sostenido por una idea clara: España debía volver a ser España. Los Reyes Católicos no improvisaron; supieron leer su tiempo y actuar con visión de Estado. Con la unión dinástica, la reforma institucional, el fortalecimiento de la Corona y la pacificación del territorio, sentaron las bases del futuro Estado español.
Ese mismo año, 1492, España expulsó a los judíos que no aceptaron integrarse en la unidad religiosa del reino, aprobó la Gramática de Nebrija —lengua y poder, nación y palabra— y abrió el mundo con el descubrimiento de América. Nada fue casual. Todo obedecía a un proyecto de grandeza nacional.
Isabel y Fernando: estadistas, no caricaturas
Hoy se intenta reducir a Isabel y Fernando a clichés ideológicos: fanáticos, intolerantes, retrógrados. Es una mentira histórica. Fueron gobernantes modernos para su tiempo, conscientes de que no hay nación sin unidad, ni Estado sin autoridad, ni libertad sin orden.







