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Retrato de un hombre de la nobleza con peluca blanca y casaca roja adornada con medallas y banda azul sobre fondo oscuro
OPINIÓN

1793: la ejecución de Luis XVI. Cuando la revolución mostró su verdadero rostro

La guillotina no fue un exceso

El 21 de enero de 1793 fue ejecutado Luis XVI. No murió solo un rey: murió el principio mismo de la civilización política europea tal y como había sido entendida durante siglos. Aquel día, la Revolución Francesa dejó de fingir. Cayó la máscara del “progreso” y apareció lo que siempre hay detrás de las revoluciones ideológicas: la sangre, el terror y la persecución.

El patíbulo como programa político

La guillotina no fue un exceso; fue el símbolo. La ejecución del monarca —tras un juicio amañado, con condena decidida de antemano— inauguró una etapa donde la violencia se convirtió en método y la muerte en pedagogía. El mensaje era claro: quien discrepa, muere. Desde ese instante, la revolución ya no necesitó legitimarse; se impuso.

Lo que vino después fue el Reino del Terror: tribunales de excepción, listas negras, delaciones, ejecuciones masivas. La ley dejó de proteger; sirvió para matar. La igualdad prometida se tradujo en una igualdad ante la guillotina.

La persecución religiosa: destruir el alma para dominar el cuerpo

Poco se recuerda —porque incómoda— la persecución religiosa desatada por la revolución. Iglesias profanadas, conventos saqueados, sacerdotes deportados o ejecutados, monjas vejadas, campanas fundidas para fabricar cañones. Se intentó borrar la fe del espacio público, desarraigar la tradición y sustituirla por una religión política: la del Estado revolucionario.

La descristianización no fue una deriva espontánea: fue política de Estado. Quien no juraba fidelidad a la nueva ideología pasaba a ser “enemigo del pueblo”. Y los enemigos, como siempre, no merecen derechos.

La revolución se devora a sí misma

La historia confirmó el patrón eterno: la revolución acaba devorando a sus propios hijos. Quienes aplaudieron la caída del rey terminaron acusados por no ser lo suficientemente revolucionarios. La lógica del terror no admite neutralidad. Hoy salva, mañana condena. Robespierre lo aprendió tarde.

La revolución prometió libertad y dejó cementerios. Prometió fraternidad y dejó odios irreconciliables. Prometió razón y dejó fanatismo. El discurso fue nuevo; el resultado, tan antiguo como el hombre cuando se erige en dios.

Una lección universal

1793 no es solo Francia. Es la matriz de todas las revoluciones ideológicas posteriores. Cambian los nombres, no los métodos. Siempre hay una élite iluminada que promete redención, siempre hay un enemigo al que señalar, siempre hay una justificación moral para eliminar al discrepante. Y, al final, siempre hay sangre.

La ejecución de Luis XVI recuerda que no hay revolución inocente. Que la ruptura violenta del orden nunca trae un orden mejor, sino un poder más brutal. Que cuando se destruye la legitimidad, se gobierna por el miedo. Y que la persecución religiosa es la antesala de cualquier totalitarismo: quien pretende dominar el alma, no dudará en dominar el cuerpo.

El 21 de enero de 1793 debería recordarse como una advertencia, no como un hito romántico. La revolución mostró ese día su verdad desnuda: el progreso impuesto a golpe de cuchilla. La historia fue clara entonces y lo sigue siendo hoy:

La revolución siempre acaba en sangre.

Y quienes la justifican suelen hacerlo desde un cómodo balcón, lejos del patíbulo.

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