Recordáis esa frase que se repite en casi todas las bodas y que nadie entiende hasta que lleva un tiempo largo conviviendo con otra persona: el amor no es un estado, es una decisión que se toma otra vez cada mañana. No es una chispa que sucede una vez y luego se sostiene sola, como si fuera un motor que arranca y ya no necesita más combustible. Es, más bien, un acto de voluntad que se repite: “hoy también, a pesar de todo, elijo esto”.
Esa idea, tan familiar, privada y tan poco épica, tiene mucho que decirle a un país que ha olvidado cómo se hace.
España lleva años instalada en la lógica del divorcio permanente. No el de las parejas, sino el de una sociedad que ha decidido que la diferencia es motivo suficiente para la ruptura, el desprecio o el bloqueo. Izquierda y derecha nos miramos hoy como adversarios dentro de un mismo proyecto de convivencia y como amenazas existenciales la una para la otra. Cada ciclo electoral profundiza en la trinchera. Cada tertulia confirma lo que el espectador ya pensaba. Y en medio de ese ruido, cualquier acontecimiento una invasión en Ceuta, una directiva europea, un pacto migratorio, un plan como la Agenda 2030, deja de ser un asunto que se pueda discutir con matices y se convierte en una prueba de bando: o estás con nosotros, o eres el enemigo.
Ceuta es un ejemplo de cómo funciona esta maquinaria. Es una ciudad real, con vecinos reales, con una frontera que plantea preguntas sobre soberanía, seguridad y dignidad humana, todas a la vez. Pero en el debate público deja de ser eso para convertirse en un símbolo que cada lado usa para confirmar su propio relato: para unos la prueba de un Estado que no controla sus fronteras; para otros, la evidencia de una Europa que trata a las personas como un problema logístico. Casi nadie discute ya Ceuta. Lo que se discute es la identidad del que habla de Ceuta.
Con la Agenda 2030 pasa algo parecido. Es un catálogo de objetivos de desarrollo, pobreza, educación, agua, clima, instituciones, aprobado por unas personas que no consultaron nada a los países que representaban, con demasiados matices y letra pequeña, y bastante discutible. Y en la conversación española se ha convertido: para una parte de la sociedad es sinónimo de sentido común planetario; para otra, es la etiqueta de todo lo que sospechan que se les impone desde arriba sin haber sido consultados. Muy pocas perdonas hemos leído el documento entero. Pero casi todo el mundo tiene una opinión inquebrantable sobre él.
Lo que tienen en común Ceuta, la Agenda 2030 y tantos otros temas no es su contenido, sino el uso que hacemos de ellos: los convertimos en pretextos para no tener que seguir eligiéndonos como comunidad. Es más fácil declarar irreconciliable al otro bando que sostener la incomodidad de convivir con alguien que piensa distinto y, aun así, seguir construyendo algo juntos.
Ahí es donde el amor de pareja, ese amor tan privado que se construye en lo cotidiano, tiene algo que enseñar.
Quienes llevamos años compartiendo la vida con otra persona sabemos que la convivencia no elimina las diferencias, las atraviesa. Se puede tener un carácter fuerte, ideas propias, heridas de otras vidas, y aun así construir un proyecto común y no porque se hayan resuelto todas las discrepancias, sino porque se ha decidido que el vínculo pesa más que la razón que cada uno cree tener en cada discusión. Eso no es debilidad ni resignación. Es probablemente, la forma más adulta de amor que existe: la que ya no necesita que el otro sea idéntico a uno mismo para merecer ser querido.
El perdón cumple aquí un papel muy importante y no hay que confundirlo con el olvido. Perdonar no es fingir que el desacuerdo no existió, ni renunciar a defender lo que uno piensa. Es, más bien, negarse a que ese desacuerdo se convierta en la última palabra sobre la relación. Una pareja que discute y luego decide seguir mirando en la misma dirección no está siendo ingenua: está siendo estratégica sobre lo que de verdad importa a largo plazo. Una sociedad podría hacer exactamente lo mismo con sus propias discusiones, si estuviera dispuesta a distinguir entre el desacuerdo que es sano y necesario en cualquier democracia y la ruptura permanente, que solo empobrece a todos por igual.
La gratitud es la otra pieza que casi nunca aparece en el debate y que sin embargo sostiene cualquier relación duradera. Gratitud por lo que el otro aporta, aunque no se note a simple vista: quien sostiene la casa mientras el otro trabaja fuera, quien cuida sin que nadie lo aplauda, quien resiste una enfermedad con una entereza silenciosa que nadie va a poner en un titular. Trasladado a lo colectivo, sería algo tan sencillo como reconocer que quien piensa distinto a nosotros también aporta algo al país: otra sensibilidad, otra prioridad, otra manera de proteger lo que le importa. Un país solo funciona cuando sus partes se necesitan y lo saben, igual que una pareja solo funciona cuando cada uno reconoce lo que el otro sostiene sin que se le pida.
Nada de esto es ingenuidad política ni un llamado a diluir las convicciones. Se puede tener una postura firme sobre las fronteras, sobre el desarrollo sostenible, sobre el modelo de país que se quiere, y aun así negarse a tratar al que piensa distinto como un enemigo a derrotar en vez de un compatriota con el que hay que seguir conviviendo. La madurez, en el amor y en la política, no consiste en dejar de tener carácter, sino en decidir que el vínculo con el otro importa más que ganarle cada discusión.
No se trata de pedirle a la política que se parezca a una luna de miel, ni de exigir armonía artificial donde hay intereses y visiones del mundo genuinamente distintas. El conflicto político es legítimo, necesario, y en una democracia sana debe expresarse con fuerza. El problema no es que España discuta sobre fronteras, sobre desarrollo, sobre el papel del Estado. El problema es cuándo esa discusión deja de buscar una convivencia posible y empieza a buscar únicamente la humillación del otro. Ahí es donde el paralelismo con la pareja se vuelve útil: una relación también atraviesa desacuerdos serios, a veces dolorosos, y lo que la distingue de una relación rota no es la ausencia de conflicto, sino la certeza compartida de que, pase lo que pase en la discusión, mañana se sigue eligiendo al otro. Esa certeza es la que hoy le falta a buena parte del debate público español: la sensación de que, terminada la pelea del día, seguimos siendo del mismo proyecto.
Quizás lo que le falta a España no es más información sobre Ceuta ni más documentos explicando la Agenda 2030, sino algo mucho más antiguo y mucho más difícil: la voluntad de elegirse cada día como comunidad, a pesar del desacuerdo, a pesar del cansancio, a pesar de las heridas que cada bando arrastra de discusiones pasadas. Las parejas que duran no son las que nunca discuten. Son las que, después de discutir, deciden seguir construyendo algo juntas.
Y no hay ninguna razón para pensar que un país sea distinto.