El Informe PISA, publicado este mes por la OCDE, sitúa a España en 451 puntos de los 600 máximos para todas las áreas, en comprensión lectora, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Son los peores resultados de toda la serie histórica, la que arrancó en el año 2000. Ningún ciclo anterior había sido tan malo. Ni siquiera el de 2022, que en su momento ya se consideró un suelo.
Veamos la evolución completa. En 2015, España obtuvo 496 puntos en lectura, 486 en matemáticas y 493 en ciencias. Diez años después hemos perdido 45 puntos en lectura, 29 en matemáticas y 16 en ciencias. Traducido a algo que se entienda sin necesitar un manual de estadística: los alumnos españoles de quince y dieciséis años han retrocedido más de un curso escolar completo en lectura en apenas una década. Y ese retroceso no ha sido gradual ni uniforme: solo entre 2022 y 2025, la caída en lectura ha sido de 23 puntos, la mayor registrada nunca entre dos ediciones consecutivas del informe.
Comparando con la media de la OCDE y de la Unión Europea: En lectura, la media ronda los 460 puntos; España se queda en 451, medio curso por detrás. En matemáticas, la media está en 463; nosotros en 457. En ciencias, 481 y 482 frente a nuestros 477. La posición final: puesto 27 de 43 países en lectura y ciencias, puesto 30 de 43 en matemáticas. No estamos a la cabeza de nada. Estamos por debajo de la media, y cayendo más deprisa que esa media en casi todas las competencias. En ciencias, mientras la OCDE retrocedía tres puntos desde el ciclo anterior, España retrocedía ocho. Casi el triple.
¿Y con quién nos comparamos hoy? Japón, el país con mejores resultados de esta edición, saca 538 en ciencias, 525 en matemáticas y 503 en lectura. La distancia con España equivale, a entre dos años y medio y tres años y medio de escolarización. No es una diferencia de matiz cultural ni de clima educativo distinto. Es una brecha de conocimiento real, medible, que se traduce en capacidad para resolver problemas, entender un texto o razonar con cifras. Hace veinte años esa distancia con las potencias educativas asiáticas existía, pero no era abismal. Ahora sí lo es, y se ensancha cada tres años.
¿Y que ha dicho el gobierno frente a estos números?: se justifican en una caída generalizada en todo el mundo, a la lectura apresurada por el uso del móvil, al menor apoyo familiar. Pero hay un detalle que el gobierno no menciona: este es el primer informe PISA que refleja un sistema educativo español ya completamente moldeado por la LOMLOE, la ley educativa aprobada en 2020 y aplicada al cien por cien desde el curso 2023-2024. Ocho años de reforma continua, de currículos rediseñados, de eliminación de repeticiones de curso, de promoción automática con asignaturas suspensas, de titulaciones garantizadas con independencia del rendimiento. Y el resultado, cuando por fin se puede medir con una evaluación externa e internacional, es el peor de la historia.
No es solo una cuestión de método pedagógico equivocado. Es que el tiempo lectivo se ha llenado de contenidos que no tienen nada que ver con el dominio de la lengua, el cálculo o el razonamiento científico, y que sin embargo ocupan cada vez más horas en las aulas. Talleres sobre identidad de género, sesiones sobre diversidad afectivo-sexual pensadas para edades en las que ni siquiera se domina la ortografía básica, jornadas dedicadas a construir sensibilidad ideológica antes que vocabulario. Mientras tanto, la comprensión lectora, la competencia que sostiene todas las demás porque sin ella no se entiende un problema de matemáticas ni un enunciado de física, se ha hundido 45 puntos en diez años. No es casualidad que el propio informe señale la pérdida de comprensión lectora como una de las causas centrales de la caída general. Cuando un alumno no entiende lo que lee, tampoco puede resolver un problema, aunque sepa la fórmula.
Gran parte del profesorado además ideologizado, se encuentra en la comodidad de no tener que cumplir un mínimo de rigor real en el aula. Y luego están los que, si son profesores por vocación, que son los que han convocado las huelgas este mismo curso en varias comunidades autónomas, declarando el hartazgo abiertamente. Profesionales que sabes perfectamente lo que está pasando y que careces de margen para corregirlo, porque el marco legal se lo impide.
Los hay que preferirán pensar que todo esto es fruto del azar, de una pandemia que ya queda lejos, del móvil, de las familias. Pero esos son lo que buscan una casualidad explique por qué España cae más que la media de la OCDE en casi todas las competencias, justo cuando el resto de países desarrollados atraviesa las mismas circunstancias globales sin hundirse con la misma intensidad. Lo que distingue a España no es el contexto mundial, que es compartido. Lo que distingue a España es un desastroso gobierno que ha promovido una la ley educativa que se ha aprobado y aplicado en su territorio, y el uso que se ha hecho del tiempo escolar.
El resultado de todo esto no es solo un problema de titulares o de posición en una tabla internacional. Un alumno que termina la educación obligatoria sin comprender bien lo que lee, sin manejar con soltura las operaciones matemáticas básicas, no está preparado para incorporarse a un mercado laboral cada vez más exigente. Tampoco está preparado para ejercer una ciudadanía informada, para distinguir un argumento sólido de una consigna, para leer un contrato, una hipoteca o un programa electoral con criterio propio. Un país que renuncia a exigir conocimiento a sus jóvenes no está construyendo generaciones libres. Está construyendo generaciones dependientes, fáciles de convencer, cómodas para quien gobierna precisamente porque no pueden cuestionar demasiado lo que se les dice. Progres que vivan de paguitas, dicho de un modo menos diplomático.
España fue, hace apenas una década, un país que se acercaba a la media europea con solidez. Hoy es un país que compite con el pelotón de cola, superado por naciones que en el año 2000 partían muy por detrás. Los datos de 2025 no son una anomalía puntual. Son la consecuencia esperable de ocho años de decisiones tomadas con plena conciencia de lo que se estaba priorizando y de lo que se estaba dejando de lado. Y mientras no se reconozca esto con la misma claridad con la que se publican las cifras, la próxima edición del informe, dentro de tres años, no hará más que confirmar la misma tendencia.