Las primeras señales que precedieron al trágico accidente ferroviario de Adamuz, que dejó decenas de víctimas, no han desaparecido. Por el contrario, han vuelto a detectarse en otros puntos de la red, lo que ha encendido las alarmas sobre posibles fallos estructurales aún no resueltos en la infraestructura ferroviaria española.
Antes del descarrilamiento, varios trenes que atravesaron el tramo afectado ya presentaban anomalías en sus ruedas. Se trataba de marcas inusuales, rozaduras que no fueron identificadas en su momento como un indicio de peligro. Sin embargo, tras el accidente, estas señales se confirmaron como una consecuencia directa de la rotura del carril.

Un patrón que se repite
Días después del siniestro, el ministro de Transportes, Óscar Puente, reconoció que tanto el tren implicado como otros convoyes que habían pasado previamente por el mismo punto presentaban marcas similares. Algunas de estas alcanzaban incluso el tamaño de una moneda, lo que evidenciaba un problema persistente en la vía.
Las investigaciones situaron el foco en el kilómetro 318 de la línea Madrid–Sevilla, donde se detectó una rotura de unos 30 centímetros en el carril, probablemente vinculada a una soldadura defectuosa. La hipótesis principal es que el fallo no se produjo de forma repentina, sino que llevaba tiempo activo, afectando a varios trenes antes de desencadenar el accidente.
El informe preliminar de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF) reforzó esta teoría al identificar un patrón uniforme de muescas en las ruedas de diferentes trenes. En total, al menos tres composiciones —un Alvia y dos trenes de Iryo— presentaban daños similares tras circular por la zona horas antes del descarrilamiento.








