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Mujer sonriente con los brazos levantados sobre un fondo urbano de colores llamativos
POLÍTICA

El legado independentista de Colau hunde Barcelona

La regularización masiva destapa el modelo impulsado desde el procés y agrava la fractura social en la ciudad

El anuncio de regularización extraordinaria impulsado por el Gobierno de Pedro Sánchez ha provocado escenas inéditas en varias ciudades españolas durante los últimos días.

La posibilidad de conceder papeles a cerca de 850.000 extranjeros ha activado largas colas ante oficinas y consulados. En Barcelona, la imagen de centenares de ciudadanos pakistaníes aguardando turno se ha convertido en símbolo de una transformación más profunda.

La estampa no es aislada ni casual, sino el reflejo de una estructura demográfica moldeada durante décadas por decisiones políticas concretas.

Cataluña y la Comunidad de Madrid han desarrollado modelos de acogida divergentes, con efectos visibles en sus barrios y escuelas. Esa diferencia alimenta hoy un debate que trasciende cifras y conecta con la identidad y la cohesión social.

Un modelo forjado en el nacionalismo

El actual mapa migratorio catalán hunde sus raíces en la etapa de Jordi Pujol al frente de la Generalitat entre 1980 y 2003.

Durante aquellos años se favoreció la llegada de población procedente del norte de África, especialmente de Marruecos. El objetivo declarado era integrar a los recién llegados en torno a la lengua catalana como eje vertebrador.

Un análisis del Real Instituto Elcano publicado en 2014 apuntaba que el nacionalismo catalán vio en esas comunidades un espacio de crecimiento demográfico y político.

La inmersión lingüística resultaba, sobre el papel, más sencilla con colectivos que no tuvieran el español como lengua materna. Esa lógica marcó una pauta que se mantuvo más allá del pujolismo.

Mujer de mediana edad con pañuelo blanco y negro al cuello mirando hacia un lado frente a un fondo con letras rojas desenfocadas

Entre 2014 y 2017 se impulsó incluso el denominado plan Marruecos en centros educativos catalanes. Se ofrecían clases de tamazigh y árabe en horario lectivo, además de facilitar la enseñanza del islam en colaboración con el Gobierno marroquí. Aquellas iniciativas consolidaron un perfil migratorio diferenciado respecto a otras regiones españolas.

Cifras que explican una realidad

Los datos del Instituto Nacional de Estadística correspondientes a 2025 confirman esa singularidad en la provincia de Barcelona.

Los marroquíes constituyen el grupo extranjero más numeroso, con 141.867 personas registradas oficialmente. A ellos se suman 54.935 pakistaníes y 6.602 argelinos, lo que eleva el bloque magrebí y pakistaní hasta 203.404 residentes.

En la Comunidad de Madrid, ese mismo conjunto apenas alcanza los 80.743 inmigrantes en total. Allí residen 73.616 marroquíes, 4.445 pakistaníes y 2.682 argelinos, cifras muy inferiores en proporción.

El contraste resulta llamativo si se tiene en cuenta que Madrid supera en más de un millón de habitantes a Barcelona.

En términos porcentuales, el 18% de la población de la provincia de Barcelona es extranjera, frente al 16,6% en Madrid. Sin embargo, la composición por continentes marca diferencias sustanciales en el perfil social de ambas regiones.

En Madrid, los latinoamericanos superan el 50% del total de extranjeros, mientras en Barcelona no alcanzan el 40%.

Dos relatos políticos opuestos

La capital concentra 631.876 residentes latinoamericanos, encabezados por venezolanos y colombianos como principales nacionalidades.

Ese peso sustenta un relato político articulado por el Partido Popular en torno a la lengua común y la herencia cultural compartida.

La presidenta Isabel Díaz Ayuso ha defendido reiteradamente que la integración resulta más fluida cuando se comparten idioma y raíces históricas.

Grupo de hombres haciendo fila en la calle frente a un edificio oficial con documentos en la mano

En Barcelona, en cambio, el 16% de los migrantes procede de África y el 14,4% de Asia. Los subsaharianos suman 33.946 personas, con presencia destacada de senegaleses, ghaneses y gambianos. Ese mayor peso africano y asiático implica desafíos añadidos en el ámbito educativo y social.

Un estudio longitudinal dirigido por el profesor Alejandro Portes, de la Universidad de Princeton, analizó durante años a miles de alumnos en Madrid y Barcelona.

El informe advertía de que los hijos de origen marroquí o ascendencia islámica suelen requerir mayor atención institucional.

El objetivo es evitar que la identificación religiosa derive en actitudes reactivas o en la receptividad a discursos radicales.

La degradación tras el procés

En este contexto, la Barcelona gobernada en los últimos años por Ada Colau y actualmente por Jaume Collboni arrastra las consecuencias de un largo ciclo político marcado por el independentismo.

El debate identitario ha eclipsado prioridades como la seguridad, la limpieza urbana o la atracción empresarial. La percepción de deterioro en algunos barrios convive con el aumento de tensiones culturales.

La regularización anunciada por Sánchez actúa ahora como catalizador de un fenómeno que venía gestándose desde hace décadas.

Las colas ante consulados y oficinas no solo buscan papeles, sino que evidencian un modelo de integración sometido a presión.

Mientras Madrid proyecta una imagen de capital abierta al mundo hispano, Barcelona lidia con los efectos acumulados de una estrategia vinculada a la construcción nacional.

La diferencia no radica únicamente en el porcentaje de extranjeros, sino en el enfoque político que ha guiado su llegada e integración.

En Cataluña, el eje ha sido la lengua y la identidad como herramientas de cohesión. En Madrid, la apuesta ha girado en torno a la afinidad cultural y lingüística con América Latina.

Hoy, las imágenes de largas filas bajo el cielo de Barcelona simbolizan algo más que un trámite administrativo. Representan el resultado de décadas de decisiones que han configurado un mosaico social complejo y, para muchos, difícil de gestionar.

La degradación percibida en la ciudad condal se entrelaza así con un debate migratorio que vuelve al primer plano de la agenda nacional.

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