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Montaje de un político en primer plano hablando ante micrófonos con gesto serio y tres personas desenfocadas detrás sobre un fondo de edificio y el logotipo EDATV NEWS en las esquinas
POLÍTICA

El doble discurso de Pedro Sánchez: posa con el Rey y permite que sus aliados cuestionen la nación

Sus socios parlamentarios impulsaban un manifiesto para redefinir España como un Estado plurinacional

Pedro Sánchez celebró la Constitución en un acto solemne junto al Rey mientras defendía la unidad y la convivencia institucional. Sin embargo, ese mismo día sus socios parlamentarios impulsaban un manifiesto que cuestiona el modelo territorial vigente. La contradicción no pudo ser más evidente.

ERC, BNG y Bildu firmaron una declaración conjunta en la que exigen reconocer a Cataluña, País Vasco y Galicia como naciones con derecho político diferenciado. No se trata de una interpretación menor, sino de una impugnación directa al artículo 2 de la Constitución. Ese es el núcleo del pacto que sostiene la mayoría del Gobierno.

Al mismo tiempo, desde Sumar se lanzó otra carga simbólica al afirmar que “a la Constitución le sobra la Corona”. La crítica no fue marginal ni anecdótica, sino un posicionamiento político claro contra uno de los pilares del sistema constitucional. Y Sánchez no marcó distancias.

Mientras en público reivindicaba la Carta Magna como marco de estabilidad democrática, en paralelo guardaba silencio ante quienes quieren reformularla desde sus cimientos. Esa ambivalencia define su forma de gobernar. Celebración institucional por la mañana, cuestionamiento estructural por la tarde.

Hombre de traje oscuro hablando con gesto serio y brazos abiertos en un parlamento con otras personas sentadas al fondo

Constitución en el escenario, ruptura en la trastienda

El manifiesto de sus aliados no pide ajustes menores: propone un proceso constituyente que reescriba el marco político de 1978. Implica revisar soberanía, modelo territorial y estructura del Estado. No es un matiz, es un cambio de arquitectura política.

Sánchez evita confrontar esas propuestas porque depende de esos votos para mantenerse en el poder. Esa dependencia condiciona cada gesto institucional y cada silencio estratégico. La coherencia queda subordinada a la aritmética parlamentaria.

El presidente actúa como garante del orden constitucional mientras tolera discursos que lo relativizan. Esa dualidad erosiona la credibilidad del Ejecutivo dentro y fuera del Parlamento. No se puede defender una norma mientras se normaliza su cuestionamiento.

La imagen de Sánchez aplaudiendo la Constitución junto al Rey contrasta con la ofensiva republicana y plurinacional de quienes sostienen su mayoría. Esa fotografía política resume la tensión interna del bloque gubernamental. Y también la fragilidad de su discurso.

Un doble juego que desgasta la confianza institucional

La estrategia del presidente consiste en enviar mensajes distintos a públicos distintos sin asumir una posición clara. Ante las instituciones reivindica unidad, ante sus socios practica silencio táctico. Ese equilibrio solo se sostiene mientras nadie exija definiciones firmes.

Reconocer naciones dentro del Estado y cuestionar la Corona no son propuestas retóricas, tienen consecuencias constitucionales profundas. Requieren reformas agravadas y consensos amplios que hoy no existen. Sin embargo, el Gobierno convive con esa agenda sin desautorizarla.

La cuestión no es debatir cambios, sino la falta de transparencia sobre el rumbo político real. Si Sánchez comparte esas aspiraciones, debería decirlo abiertamente. Si no las comparte, debería marcar límites claros a sus aliados.

El juego a dos bandas ofrece estabilidad momentánea, pero genera desgaste estructural en la confianza ciudadana. Cada silencio ante sus socios amplifica la percepción de cálculo político. Y cada acto solemne pierde valor cuando no va acompañado de coherencia.

España necesita claridad sobre su marco constitucional y liderazgo sin ambigüedades. No discursos que varían según el escenario. Porque cuando un presidente celebra la Constitución mientras su mayoría la cuestiona, el problema ya no es simbólico, es político.

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