Aunque esta vez habría que añadir debajo, en letra pequeña:
«Bueno, algunos sí nos representan. De hecho, llevan años gobernándonos».
Porque ahí reside la extraordinaria comicidad política de lo que estamos viendo en la Puerta del Sol.
La reivindicación del acceso a una vivienda digna es legítima y el problema es evidente. Miles de jóvenes no pueden independizarse, los alquileres resultan prohibitivos para muchas familias y comprar una vivienda se ha convertido para buena parte de una generación en una misión casi imposible. Precisamente por eso merece algo más serio que convertirse en decorado para la enésima operación de reciclaje de una izquierda que lleva años participando en el Gobierno.
La pregunta es muy sencilla:
¿Contra quién protestan?
Porque uno observa Sol y tiene la sensación de que acaba de aterrizar en España después de ocho años de ausencia.
Escucha determinadas consignas y podría pensar que Podemos jamás estuvo en el Consejo de Ministros, que Sumar acaba de ser fundado en una facultad de Ciencias Políticas y que Yolanda Díaz es una activista antisistema que acaba de bajarse del autobús con una esterilla debajo del brazo.
Pero resulta que no.
Resulta que Podemos formó parte del Gobierno de España. Resulta que Sumar forma parte del Gobierno de España. Y resulta, sobre todo, que Yolanda Díaz es vicepresidente segunda del Gobierno de España.
Esto último merece ser degustado lentamente.
La vicepresidente del Gobierno anima a movilizarse para exigir medidas al Gobierno.
Es maravilloso.
Es como si el ministro de Transportes convocara una manifestación porque los trenes llegan tarde. Como si el ministro de Hacienda encabezara una protesta contra los impuestos. O como si el ministro del Interior se encadenara a una comisaría reclamando más seguridad.
Solo nos falta ver a Yolanda Díaz entrando en el Consejo de Ministros con una pancarta contra Yolanda Díaz.
La política española ha alcanzado ese grado sublime de surrealismo.
Yolanda gobierna contra Yolanda.
Yolanda protesta contra el Gobierno de Yolanda.
Y Yolanda exige a Pedro Sánchez que haga aquello que Yolanda, vicepresidenta desde hace años, aparentemente no ha conseguido que haga Pedro Sánchez.
Si esto continúa así, cualquier mañana veremos a la vicepresidenta acampada frente a La Moncloa preguntando quién manda allí.
Pero detrás de la comedia existe una cuestión política bastante más seria.
La izquierda situada a la izquierda del PSOE atraviesa una evidente crisis de identidad. Después de Podemos, Unidas Podemos, las confluencias, las mareas, Sumar y las sucesivas escisiones, aquel universo político nacido alrededor del 15M ha pasado de aspirar a «asaltar los cielos» a luchar por conservar espacio político propio.
Pedro Sánchez ha demostrado una enorme capacidad para absorber a sus socios.
Los necesita parlamentariamente, pero políticamente los va devorando.
Y quizá por eso Sol tenga algo de regreso al lugar del crimen.
Vuelven al escenario donde empezó todo intentando recuperar aquella fotografía de 2011: juventud, indignación, tiendas de campaña, asambleas y una clase política supuestamente distante frente a una ciudadanía movilizada.
El problema es que han pasado quince años.
Y algunos de aquellos indignados dejaron la tienda de campaña, se pusieron una chaqueta y acabaron en un ministerio.
Ese pequeño detalle estropea bastante la película.
Porque no se puede representar eternamente el papel de antisistema cuando llevas años cobrando del sistema.
No puedes gritar «¡Gobierno, escucha!» cuando tienes ministros sentados en el Gobierno.
Y no puedes presentarte como alternativa a unas políticas que tú mismo has respaldado, negociado o permitido desde el Consejo de Ministros y desde la mayoría parlamentaria que sostiene a Pedro Sánchez.
Por eso esta acampada puede interpretarse políticamente como algo más que una protesta por la vivienda.
Puede ser también el intento de reanimar electoralmente un espacio político exhausto.
Una especie de respiración asistida para el cadáver del 15M.
Quince años después vuelven a Sol buscando aquel espíritu fundacional. El problema es que los fantasmas no suelen votar.
Y tampoco puede ignorarse el efecto que esta movilización produce sobre la agenda informativa.
España continúa afrontando una gravísima crisis en Ceuta. El propio Gobierno declaró la situación de interés para la seguridad nacional después de las entradas irregulares de finales de julio y posteriormente publicó cuarenta documentos oficiales relacionados con aquellos acontecimientos.
Mientras tanto, diferentes investigaciones y controversias políticas siguen ocupando la actualidad nacional.
Pero Sol ofrece imágenes magníficas para televisión.
Tiendas.
Asambleas.
Actores.
Pancartas.
Cocina colectiva.
Hasta hay alimentación vegana y sin gluten entre las provisiones compartidas de la acampada.
La revolución española podrá fracasar, pero jamás por una intolerancia alimentaria.
Y así, entre una asamblea y una ensalada de quinoa, resulta bastante más sencillo llenar horas de televisión hablando del renacimiento de la indignación que mantener permanentemente el foco sobre Ceuta o sobre los problemas que desgastan al Ejecutivo.
¿Es esa la finalidad de la acampada?
No puedo afirmarlo.
Pero políticamente resulta legítimo preguntarse a quién beneficia que el foco informativo cambie de dirección.
Existe además otra hipótesis interesante.
Quizá estemos contemplando un ensayo general.
Porque determinados sectores de la izquierda saben que algún día pueden abandonar el Gobierno. Y si llegara entonces un Ejecutivo de signo contrario, toda esta infraestructura política, sindical y activista podría recuperar inmediatamente una utilidad extraordinaria.
Hoy se ensaya.
Mañana, quién sabe.
Resultaría curioso que quienes han tolerado durante años políticas que consideran insuficientes descubrieran repentinamente una capacidad ilimitada de movilización justo cuando dejaran de ocupar ministerios.
Entonces probablemente volveríamos a escuchar aquello de «la calle es nuestra».
Y Sol volvería a convertirse en plató permanente.
Porque existe una izquierda española extraordinariamente cómoda protestando contra el poder.
Incluso cuando el poder es ella misma.
Ese es posiblemente el gran problema de esta acampada.
No las personas que legítimamente reclaman una vivienda.
No los jóvenes desesperados ante alquileres imposibles.
No las familias que no llegan a final de mes.
Ellos merecen respeto.
El problema son quienes pretenden colocarse delante de esa indignación después de haber dispuesto durante años de ministerios, presupuestos, decretos, diputados y capacidad política para intentar solucionarla.
Ahora regresan a Sol.
Quince años después.
Buscando resucitar el 15M.
Pero la historia tiene una mala costumbre: nunca se repite exactamente igual.
La primera vez puede ser revolución.
La segunda suele parecer una reposición.
Y esta vez los espectadores conocemos a los actores.
Sabemos dónde trabajan.
Sabemos qué cargos ocupan.
Y sabemos algo todavía más importante:
Cuando Yolanda Díaz pide a los ciudadanos que se movilicen contra las políticas del Gobierno, convendría recordarle un pequeño detalle.
Ella no está enfrente del Consejo de Ministros.
Tiene una silla dentro.
Quizá antes de montar otra tienda de campaña debería probar a utilizarla.