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Ruiz-Mateos: el hombre que creyó ser Superman

Ruiz-Mateos: el hombre que creyó ser Superman
por Javier Garcia Isac
25 de septiembre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Le arrebataron un imperio, se empeñó durante el resto de su vida en reconstruirlo y terminó descubriendo demasiado tarde que, por mucho que uno se vista de Superman, nadie vuela eternamente. La historia de José María Ruiz-Mateos es la de un empresario excepcional, una expropiación que partió España en dos y una obsesión por recuperar lo perdido que terminó arrastrándolo a él, a su familia y, desgraciadamente, a miles de personas que habían vuelto a confiar en su apellido.


Hay vidas que parecen escritas para una novela. Y luego está la de José María Ruiz-Mateos.


Nació en Rota en 1931, se educó en Jerez y acabó levantando uno de los mayores imperios empresariales que ha conocido España. Cuando Rumasa fue expropiada en 1983, aquel muchacho gaditano había construido un conglomerado que reunía centenares de sociedades. Bancos, hoteles, bodegas, grandes almacenes, aseguradoras, industrias, inmuebles… Entre sus activos estaban Galerías Preciados, Loewe, Hotasa, el Banco de Jerez o participaciones vinculadas al Banco Atlántico.


Se podrá discutir su modelo financiero. Se podrá analizar hasta qué punto aquel crecimiento era sostenible. Se podrán señalar, y deben señalarse, sus errores. Pero existe algo que nadie puede quitarle: Ruiz-Mateos fue un emprendedor formidable.


Creó. Compró. Arriesgó. Dio trabajo. Soñó a lo grande.


Y eso, en la España actual, donde demasiadas veces parece que el empresario debe pedir perdón por serlo, merece ser recordado.


Todo cambió el 23 de febrero de 1983.


El Gobierno socialista de Felipe González decidió expropiar Rumasa mediante un real decreto-ley. Miguel Boyer, ministro de Economía y Hacienda, se convirtió desde entonces en el rostro de una decisión que marcaría para siempre la vida de Ruiz-Mateos.


La batalla jurídica fue extraordinaria.


El recurso contra aquel decreto-ley terminó ante el Tribunal Constitucional. Y conviene contar exactamente lo que ocurrió: seis magistrados se pronunciaron en un sentido y seis en el contrario. El empate se resolvió gracias al voto de calidad del presidente del Tribunal Constitucional. Seis magistrados suscribieron un voto particular contrario a la mayoría resultante.


Es decir, aquello estuvo muy lejos de constituir esa unanimidad jurídica que algunos han querido presentar después.


A partir de ahí comenzó una historia que todavía hoy provoca preguntas.


Las empresas fueron posteriormente reprivatizadas. Y algunas operaciones resultaron especialmente polémicas. Entre ellas, Galerías Preciados.


La documentación oficial permite comprobar una operación que, contemplada cuatro décadas después, continúa siendo difícil de explicar al ciudadano corriente sin que levante una ceja: las más de 35 millones de acciones de Galerías Preciados que poseía el Estado fueron transmitidas inicialmente a Rumasa S.A., sociedad instrumental del Patrimonio del Estado, por una peseta. Después hubo una ampliación de capital de más de 34.000 millones de pesetas y la operación desembocó en la adjudicación a la Organización Diego Cisneros.


Aquello alimentó durante años la sensación de que el Estado había intervenido un gigantesco grupo privado para después repartir y reprivatizar sus piezas.


Ruiz-Mateos nunca lo superó.


Creo que ahí está la clave para entender todo lo que vino después.


Porque aquel 23 de febrero de 1983 no expropiaron solamente sus empresas. A Ruiz-Mateos le expropiaron también, de alguna manera, el resto de su vida.


Desde entonces dejó de ser únicamente empresario para convertirse en personaje.


Se marchó a Londres. Fue reclamado por la Justicia. Desapareció. Fue detenido en Fráncfort. Regresó a España. Pasó por prisión. Fundó un partido. Llegó al Parlamento Europeo. Se convirtió en presidente del Rayo Vallecano, más exactamente su mujer. Persiguió a Boyer hasta protagonizar aquel inolvidable:


—¡Que te pego, leche!


Y un día apareció vestido de Superman.


España se reía.


Pero detrás de aquel espectáculo había algo bastante menos divertido.


Había un hombre obsesionado.


Un hombre convencido de que le habían quitado injustamente aquello que había construido durante toda su vida y que dedicaría los años que le quedaban a demostrarlo.


Ahí está, a mi juicio, la grandeza y también la tragedia de José María Ruiz-Mateos.


Porque llegó a creerse realmente Superman.


Creyó que podía derrotar al Estado. Creyó que podía enfrentarse al poder político, al financiero, al Banco de España, a los grandes bancos y a una maquinaria institucional infinitamente superior a la de cualquier empresario individual.


Y conviene recordar otro episodio fundamental: el Banco Atlántico.


La comisión parlamentaria que investigó Rumasa recogió posteriormente que el intento de Ruiz-Mateos de hacerse con el control efectivo del Atlántico fue uno de los elementos que precipitaron la decisión del Gobierno.


No deja de resultar revelador.


Porque en España existe una enseñanza que nuestra historia empresarial ha repetido demasiadas veces: salirse de la ortodoxia financiera tiene un precio.


Mario Conde creyó años después que podía convertir Banesto en una estructura de poder independiente. Terminó fuera del banco y en prisión.


Ruiz-Mateos había aprendido antes una lección parecida.


Uno puede ser multimillonario. Puede poseer empresas, hoteles, bodegas, grandes almacenes y bancos. Puede aparecer todos los días en televisión.


Pero enfrentarse simultáneamente al Estado y al sistema financiero es otra cosa.


David contra Goliat funciona maravillosamente en la Biblia. En la vida real, Goliat suele disponer de BOE, inspectores, reguladores, abogados del Estado y recursos prácticamente ilimitados.


Y Ruiz-Mateos quiso volver.


Ese fue probablemente su mayor error.


Creó Nueva Rumasa y comenzó otra vez a comprar empresas. Dhul, Clesa, Trapa, Elgorriaga, Garvey, Apis, Cacaolat y muchas otras marcas volvieron a colocar el apellido Ruiz-Mateos en el centro de la vida empresarial española.


Parecía la resurrección.


El hombre al que habían quitado un imperio estaba construyendo otro.


Pero aquella segunda Rumasa acabaría convirtiéndose en su tragedia definitiva.


Ruiz-Mateos vivió convencido de que algún día conseguiría una gigantesca compensación por la expropiación. Durante décadas sostuvo una interminable batalla judicial. Incluso obtuvo algunas resoluciones favorables en litigios relacionados con determinados bienes del antiguo grupo. En 1990, por ejemplo, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid llegó a reconocerle el derecho a obtener la reversión del Banco Atlántico, aunque aquella interminable guerra jurídica continuaría después.


Pero la gran reparación con la que soñaba nunca llegó en los términos que él esperaba.


Y mientras esperaba, Nueva Rumasa necesitaba dinero.


Llegaron los pagarés.


Miles de españoles confiaron en él, en su apellido y en aquellas marcas que conocían desde hacía décadas.


Y aquí no podemos mirar hacia otro lado.


Porque homenajear a una persona no consiste en convertirla en santa.


Nueva Rumasa terminó desplomándose y miles de inversores perdieron cantidades enormes. La Audiencia Nacional consideró probado años después que se captaron fondos de al menos 4.110 personas y cifró en más de 337 millones de euros el dinero captado durante el periodo examinado. En 2025, sus seis hijos varones fueron condenados por la Audiencia Nacional por la estafa relacionada con aquella captación de fondos.


Es una realidad dolorosa que no puede ocultarse.


Quiero creer que José María Ruiz-Mateos estuvo durante demasiado tiempo convencido de que conseguiría levantar nuevamente el grupo, recuperar el dinero, ganar sus pleitos y devolver hasta la última peseta —después hasta el último euro— a quienes habían confiado en él.


Pero creerlo no bastaba.


Y ahí cometió su error definitivo.


Cuando administras el dinero de otros, tus sueños dejan de pertenecerte exclusivamente a ti.


No puedes financiar una esperanza.


No puedes convertir una hipotética victoria judicial futura en la garantía presente de los ahorros de miles de familias.


Y mucho menos puedes hacerlo porque estés convencido de que tienes razón.


Ruiz-Mateos probablemente confundió durante demasiados años dos cosas distintas: tener razones para sentirse agraviado y tener capacidad económica para reconstruir lo perdido.


No eran lo mismo.


Y terminó pagando esa confusión.


Él y su familia.


Pero, sobre todo, la pagaron miles de personas que confiaron en ellos.


Por eso mi recuerdo de José María Ruiz-Mateos no puede ser complaciente, pero tampoco cruel.


Prefiero recordarlo como uno de los grandes personajes empresariales de la España del siglo XX.


Un hombre excesivo.


Profundamente familiar.


Religioso.


Inagotable.


Capaz de crear un imperio y de comenzar de nuevo cuando la mayoría se habría rendido.


También vanidoso, obsesivo y seguramente incapaz de aceptar que había batallas que ya no podía ganar.


Su vida tuvo algo profundamente español.


El ascenso vertiginoso. El poder. La caída. El destierro. La persecución judicial. La revancha. La popularidad. La caricatura. La segunda oportunidad. Y finalmente otra caída, mucho más dolorosa porque esta vez arrastró a personas que habían confiado en él.


Quizá su imagen vestido de Superman fuese mucho más profética de lo que entonces imaginábamos.


Todos nos reímos.


Él también.


Pero quizá Ruiz-Mateos necesitaba desesperadamente creer que debajo de su camisa seguía llevando aquella capa.


Que todavía podía volar.


Que derrotaría a Boyer, al Estado, a los bancos, a los tribunales y al tiempo.


Y el tiempo terminó derrotándolo a él.


Murió en 2015, con 84 años.


Habían pasado treinta y dos años desde aquella expropiación que marcó su existencia.


Treinta y dos años peleando contra un fantasma llamado Rumasa.


Yo no quiero quedarme solamente con el personaje televisivo. Ni con el puñetazo. Ni con Superman. Ni siquiera con Nueva Rumasa.


Quiero recordar también al muchacho de Rota que llegó a construir uno de los mayores grupos empresariales de España.


Al empresario que creyó que no había límites.


Al hombre al que un Gobierno arrebató de golpe el imperio que había levantado y que pasó el resto de su vida intentando recuperarlo.


Cometió errores. Algunos gravísimos.


Perjudicó finalmente a personas que habían confiado en él y eso jamás debe minimizarse.


Pero también fue protagonista de uno de los episodios empresariales, políticos y jurídicos más extraordinarios de nuestra historia reciente.


Y dejó una última enseñanza.


El Estado es demasiado poderoso para que un hombre crea que puede derrotarlo él solo.


El sistema financiero tampoco perdona fácilmente a quien pretende jugar con sus propias reglas.


Y, sobre todo, nadie es Superman.


Ni siquiera José María Ruiz-Mateos.


Aunque durante muchos años, viendo todo lo que fue capaz de construir, caer y volver a levantar, algunos llegáramos a pensar que quizá lo era.


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