
Después de Carrero: la Transición como gran renuncia y el vaciamiento del Estado
La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 22 de diciembre de 2025
La muerte de Luis Carrero Blanco no fue solo el final de un presidente del Gobierno. Fue el punto exacto en el que España perdió el último dique de contención frente a una operación política perfectamente dirigida hacia el desmantelamiento del Estado nacido tras la Guerra Civil. A partir de aquel 20 de diciembre de 1973, todo se aceleró. Y no en la dirección del fortalecimiento del país, sino en la del vaciamiento progresivo de sus estructuras, de su soberanía y de su propia unidad nacional.
Tras Carrero llegó el tiempo de los astutos sin formación, de los tácticos sin visión, de los supervivientes políticos que entendieron muy bien cómo moverse, pero muy mal hacia dónde debía ir España. El Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez fueron los rostros más visibles de ese proceso. Dos figuras elevadas a categoría de mitos intocables, cuando la realidad histórica es mucho más incómoda.
Torcuato Fernández-Miranda: el arquitecto apartado
Torcuato Fernández-Miranda fue, sin duda, el verdadero diseñador jurídico de la Transición. Un hombre con formación, con comprensión del Estado, con una visión estructural del poder. Fue quien diseñó la Ley para la Reforma Política. Fue quien supo cómo desmontar un sistema desde dentro utilizando sus propias herramientas.
Pero Torcuato representaba algo peligroso para el nuevo tiempo: sabía demasiado, entendía demasiado y tenía demasiada altura intelectual. Cuando dejó de ser útil, fue apartado. El Rey dejó de escucharle. La operación ya caminaba sola. Torcuato murió en Londres en 1980, en un discreto segundo plano, tras haber sido desplazado del núcleo real de decisiones. Otro de los grandes silencios de la Transición.
El Rey y Suárez: astucia sin proyecto
El Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez entendieron algo muy bien: cómo sobrevivir políticamente. Supieron leer por dónde soplaba el viento internacional. Supieron detectar qué querían las cancillerías extranjeras, los centros de poder financiero y los grandes medios. Supieron, sobre todo, qué había que ceder para ser aceptados.
Pero una cosa es la astucia, y otra muy distinta la inteligencia de Estado. Ni el Rey ni Suárez tenían una formación sólida para conducir un cambio tan profundo sin destruir el armazón nacional. Optaron por el camino más cómodo: el del consenso vacío, el del pacto sin principios firmes, el de abrir todas las compuertas sin asegurar ningún dique.
Y así se produjo el gran error estratégico de la Transición: en lugar de evolucionar el Estado desde la continuidad, se optó por desmontarlo pieza a pieza, con la excusa de la reconciliación, pero sin establecer límites reales.
La advertencia de Franco ignorada
Franco, en sus últimos días, dejó un mensaje inequívoco al Rey: mantener la unidad de España. Era su mayor preocupación. Sabía que ese sería el punto débil. Sabía que por ahí vendría la ruptura. Sabía que sin unidad no habría Estado fuerte, todo sería mera fachada.
No se cumplió ni de lejos.
No solo no se protegió la unidad: se la troceó legalmente desde la propia Constitución. El sistema autonómico no fue una descentralización racional; fue la institucionalización de la disgregación. Se sembró la semilla del separatismo con dinero público, con competencias exclusivas, con educación ideologizada, con policías propias, con estructuras cuasi estatales.
Todo eso nació en la Transición. No después.
El mito de una Transición modélica
Hoy, quienes alaban sin matices el papel del Rey en la Transición son, en muchos casos, los mismos que durante años callaron ante sus excesos personales y sus comportamientos poco edificantes. Los mismos que luego nos pidieron separar “al Rey de su vida privada”, como si la Jefatura del Estado fuera compatible con la doble moral permanente.
Ahora, tras la publicación de sus memorias, vuelven los aplausos, las tertulias elogiosas, los editoriales de incienso. Y hay que decirlo sin rodeos: ese relato edulcorado es ficticio.
La Transición no fue un éxito histórico sin coste. Fue una cadena de renuncias estratégicas:
Se renunció a una verdadera separación de poderes.
Se renunció a una justicia independiente.
Se renunció a una idea fuerte de nación.
Se renunció a una soberanía económica real.
Se renunció a una memoria histórica equilibrada. Todo fue una inmensa estafa y se optó por la peor de las soluciones.
A cambio, se obtuvo estabilidad temporal y aplauso internacional. Un mal negocio a medio y largo plazo.
El vaciamiento del Estado
Desde aquel momento comenzó el proceso irreversible:
Partidos convertidos en dueños del Estado.
Regímenes autonómicos convertidos en feudos.
Fiscalías, tribunales y medios colonizados.
Deuda, dependencia exterior y pérdida de peso internacional.
Nada de esto salió de la nada. Todo estaba ya implícito en el modelo nacido de la Transición.
Carrero quería continuidad con reformas controladas.
Suárez aplicó ruptura acelerada con maquillaje de consenso.
Y el Rey eligió ser aceptado por todos, a costa de dejar al Estado sin defensas.
No fue el mejor camino, fue el peor
Hoy, cuando España afronta una de las mayores crisis institucionales de su historia, cuando la unidad nacional es cuestionada desde dentro del propio Gobierno, cuando la corrupción se ha normalizado, cuando el separatismo dicta la agenda, es obligado mirar atrás y decir lo que muchos aún no se atreven a reconocer:
La Transición española fue un desastre estratégico.
Se eligió el peor de los caminos.
Y las consecuencias son las que hoy sufrimos.
Carrero Blanco era un obstáculo para esa operación.
Por eso su muerte marcó el inicio real de la España débil, fragmentada y sometida.
Y por mucho que ahora se escriban memorias, se fabriquen mitos y se repartan medallas, la historia, tarde o temprano, siempre acaba ajustando cuentas.
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