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La primera huelga general contra los que no gobiernan

La primera huelga general contra los que no gobiernan
por Javier Garcia Isac
29 de octubre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Creía haberlo visto casi todo en política. Me equivocaba.

España acaba de aportar una nueva contribución al surrealismo político universal: una huelga general contra la oposición.

Sí, han leído bien. No contra el Gobierno. No contra quien lleva años ocupando La Moncloa. No contra quienes han tenido en sus manos el BOE, los ministerios, los Presupuestos y la capacidad de legislar. No. La huelga se convoca contra quienes no gobiernan.

No es una interpretación mía. No es una exageración de un columnista particularmente malhumorado. Lo ha reconocido María Jesús Montero con una naturalidad verdaderamente fascinante: estamos ante una situación «inédita» porque, a diferencia de las huelgas generales tradicionales, esta se dirige contra la oposición.

Gracias por la aclaración.

Al menos nos ahorramos el debate.

Huelga general contra la oposición

Durante toda la historia del movimiento sindical, una huelga general ha sido concebida como un instrumento de presión frente al poder político y económico. Uno podrá estar de acuerdo o no con ella. Podrá considerarla justa, injusta, oportunista o necesaria. Pero al menos conocíamos el esquema: los trabajadores se movilizaban para exigir al Gobierno cambios en determinadas políticas.

España acaba de superar esa antigualla.

Ahora resulta que los sindicatos convocan una huelga contra quienes no mandan.

Esto es maravilloso.

¿Contra quién se paraliza entonces el país?

¿Contra la Diputación Permanente?

¿Contra los diputados que votan?

¿Contra PP, Vox y Junts porque han cometido el intolerable delito democrático de votar en contra de lo que quería el Gobierno?

Porque ahí está el verdadero escándalo.

CCOO y UGT anunciaron una huelga general de 24 horas vinculada a la crisis de la vivienda y los salarios después del rechazo parlamentario de los decretos del Gobierno, aunque todavía no se había fijado definitivamente la fecha. Y Montero ha explicado la naturaleza política de la protesta con una sinceridad que probablemente deberían agradecerle todos los españoles.

La huelga es contra la oposición.

Es decir, contra una determinada manera de votar.

Contra unos diputados porque no aprobaron las leyes que quería Pedro Sánchez.

Y eso ya no es sindicalismo.

Eso empieza a parecerse demasiado a otra cosa.

¿Para qué queremos entonces un Parlamento?

En una democracia parlamentaria, el Gobierno propone y el Parlamento aprueba o rechaza.

Parece bastante sencillo.

Un Gobierno sin mayoría suficiente tiene dos posibilidades: negociar para conseguirla o asumir que sus propuestas pueden ser derrotadas.

Lo que no existe es un supuesto derecho divino del Consejo de Ministros a que el Congreso apruebe todo cuanto sale de La Moncloa.

La oposición está precisamente para oponerse.

Resulta casi infantil tener que recordarlo.

PP, Vox o cualquier otro partido tienen perfecto derecho a votar contra un decreto si consideran que es malo para España. Exactamente igual que PSOE, Podemos, Sumar o sus socios han votado contra iniciativas de gobiernos anteriores.

Eso se llama democracia.

Pero ahora hemos alcanzado un estadio superior: si la oposición ejerce como oposición, aparecen los sindicatos y convocan una huelga general.

El mensaje resulta inquietante:

o apruebas nuestras leyes o movilizamos la calle contra ti.

Magnífico concepto del parlamentarismo.

Podríamos ahorrarnos las elecciones, cerrar el Congreso y convertir Ferraz en cámara legislativa.

Ocho años después descubrieron la vivienda

Lo más extraordinario es el motivo elegido.

La vivienda.

Después de años de gobiernos presididos por Pedro Sánchez, resulta que CCOO y UGT descubren precisamente ahora que los españoles tienen problemas para acceder a una casa.

Qué casualidad.

Durante estos años el Gobierno ha tenido ministerios, vicepresidencias y todo un ejército de altos cargos dedicados teóricamente a solucionar el problema.

Podemos estuvo en el Gobierno.

Sumar ha estado en el Gobierno.

El PSOE ha presidido el Gobierno.

¿Y cuándo llega la huelga general?

Cuando se convocan elecciones.

Cuando el Gobierno saliente necesita movilizar a su electorado.

Cuando la izquierda teme perder el poder.

Y, sobre todo, cuando determinados partidos de la oposición se niegan a aprobar unos decretos gubernamentales.

Hay casualidades que necesitan demasiadas explicaciones para seguir siendo casualidades.

Sindicalismo de acompañamiento

Durante estos años hemos visto a los grandes sindicatos extraordinariamente comprensivos con el Gobierno.

Los hemos visto movilizarse por numerosas causas. Algunas incluso a miles de kilómetros de nuestras fronteras.

Pero no recuerdo una huelga general de 24 horas contra Pedro Sánchez por el precio de la vivienda.

Ni contra Pedro Sánchez por la pérdida de poder adquisitivo.

Ni contra Pedro Sánchez por el coste de la cesta de la compra.

Ni contra Pedro Sánchez por las dificultades de millones de jóvenes para independizarse.

Ahora, curiosamente, encuentran motivos suficientes para convocarla.

Pero no contra Sánchez.

Contra la oposición.

Es imposible explicar mejor la anomalía.

Montero ha dicho la verdad

Y debemos agradecer a María Jesús Montero su sinceridad.

La dirigente socialista, una de las principales responsables del PSOE y pieza destacada de la estrategia electoral socialista, ha pronunciado la frase que desnuda toda la operación.

La huelga es contra la oposición.

No contra el poder.

Contra quienes aspiran a sustituirlo.

Eso convierte inevitablemente la movilización en un acontecimiento de enorme dimensión política en vísperas de unas elecciones generales.

Los sindicatos tienen, naturalmente, derecho a movilizarse dentro de la ley y a defender sus posiciones. Pero los ciudadanos también tenemos derecho a preguntarnos qué estamos contemplando.

Porque cuando una huelga general deja de dirigirse contra quienes gobiernan y se dirige contra quienes se oponen al Gobierno, el sindicalismo deja de actuar como contrapoder para convertirse, políticamente, en fuerza de presión contra la alternativa.

Y eso merece una reflexión mucho más profunda que cualquier pancarta sobre vivienda.

Huelga a la japonesa

Tal vez deberíamos actualizar nuestro vocabulario.

Hasta ahora conocíamos la huelga general, la huelga sectorial, la huelga de celo e incluso aquello que llamábamos huelga a la japonesa.

España acaba de inventar otra modalidad:

la huelga contra el que no gobierna.

Es insuperable.

El Gobierno gobierna durante años, el problema empeora, llega una votación al Congreso, la oposición rechaza los decretos del Ejecutivo y entonces los sindicatos convocan una huelga...

contra la oposición.

A este ritmo, el próximo paso será convocar una manifestación contra los electores si votan mal el 29 de noviembre.

Porque ese es el problema de fondo que empieza a resultar preocupante.

Una parte de la izquierda parece haber desarrollado una curiosa concepción de la democracia: el Parlamento es maravilloso cuando aprueba sus leyes; cuando las rechaza, se convierte en culpable del sufrimiento del pueblo.

La oposición es legítima mientras no se oponga.

Y las elecciones son magníficas siempre que gane quien debe ganar.

O conmigo o contra el pueblo

Todo encaja además perfectamente con el relato electoral que pretende enfrentar dos bloques morales.

Ya no se discuten políticas.

Se reparten certificados de humanidad.

Si apoyas nuestros decretos, defiendes a los vulnerables.

Si votas contra ellos, quieres desahuciar pobres.

Si apoyas al Gobierno, representas el progreso.

Si eres oposición, representas el retroceso.

Y si esa oposición tiene mayoría parlamentaria suficiente para derrotar una iniciativa del Gobierno, se convoca una huelga general contra ella.

Así de sencillo.

El problema es que una democracia adulta funciona justamente al revés.

La oposición tiene derecho a oponerse.

Los diputados tienen derecho a votar no.

Un Gobierno tiene obligación de conseguir mayorías.

Y cuando no las consigue, pierde las votaciones.

No hay ningún drama democrático en ello.

El verdadero problema comienza cuando se pretende convertir una derrota parlamentaria en una supuesta agresión contra la sociedad que justifique movilizar la calle contra quienes votaron de manera diferente.

Una huelga electoral

Por eso esta convocatoria tiene un aroma electoral imposible de ocultar.

España camina hacia las urnas y la izquierda necesita movilización.

Necesita tensión.

Necesita presentar las elecciones no como una evaluación de los años de Gobierno de Pedro Sánchez, sino como una batalla moral entre buenos y malos.

Y resulta difícil imaginar mejor herramienta que una huelga general en plena antesala electoral.

Mientras tanto, el Gobierno queda milagrosamente fuera del foco.

No hay que preguntarle por qué después de tantos años gobernando existe semejante problema de vivienda.

No.

La culpa es de la oposición.

La misma oposición que no gobierna.

La misma oposición que no controla los ministerios.

La misma oposición que no dicta la política nacional.

La misma oposición que simplemente ha votado no.

España ha alcanzado así una extraordinaria innovación democrática.

Antes se convocaban huelgas contra los gobiernos.

Ahora se convocan contra quienes quieren echarlos.

Y encima nos lo cuentan con absoluta normalidad.

Decía Zapatero aquello de que España estaba en la «Champions League» de la economía.

Pues debemos haber ascendido.

Ya estamos en otra galaxia.

Somos probablemente el primer país donde los sindicatos pueden plantear una huelga general contra quienes no gobiernan porque han tenido la osadía de ejercer la oposición.

No es una huelga contra el poder.

Es una huelga para conservarlo.

Y esa diferencia lo explica absolutamente todo.


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