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Jesús o Barrabás: las elecciones del miedo

Jesús o Barrabás: las elecciones del miedo
por Javier Garcia Isac
27 de octubre de 2026 a las 09:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Pedro Sánchez no quiere que el próximo 29 de noviembre usted elija entre distintos proyectos políticos. Mucho menos quiere que evalúe su gestión. Lo que pretende es algo bastante más sencillo y, sobre todo, mucho más rentable: que tenga miedo.

Miedo a la derecha. Miedo a Vox. Miedo a Santiago Abascal. Miedo a perder derechos. Miedo a retroceder. Miedo a que España se convierta en una especie de sucursal del Tercer Reich a la mañana siguiente de que la izquierda abandone la Moncloa.

Ya conocemos el argumento.

No es Sánchez contra Feijóo. No es PSOE contra PP o Vox. No es la comparación entre dos modelos económicos, sociales o territoriales.

Es el Bien contra el Mal.

La luz contra las tinieblas.

La democracia contra el fascismo.

Sánchez contra Hitler.

Y puestos a exagerar, terminarán planteándonos el 29 de noviembre como aquella elección entre Jesús y Barrabás, reservándose naturalmente ellos el papel de Jesucristo.

La campaña acaba de comenzar y el marco ya está construido.

El propio Sánchez, al anunciar el adelanto electoral, ha preguntado a los españoles si quieren incorporarse a una supuesta “ola ultraderechista” que, según él, provoca involución allí donde gobierna, o si prefieren que España continúe siendo un “baluarte” de apertura y justicia social. Después ha planteado la elección en términos todavía más simples: retroceder o avanzar.

Ahí está la trampa.

Porque cuando un gobernante lleva ocho años en el poder, las elecciones deberían servir, en primer lugar, para juzgar esos ocho años.

Pero Sánchez pretende borrar el pasado y obligarnos a votar sobre un futuro imaginario y terrorífico que él mismo se encargará de dibujar.

No quiere que usted se pregunte cómo vive.

Quiere que se pregunte cuánto miedo debe tener a Vox.

No quiere que se pregunte cuánto paga por la compra, la electricidad, el combustible o una vivienda.

Quiere que tema a la “ultraderecha”.

No quiere que hablemos de la corrupción que ha rodeado al PSOE durante estos años.

Quiere hablar de fascismo.

No quiere que analicemos sus pactos, sus cesiones, sus incumplimientos, sus dificultades parlamentarias o el estado de las instituciones.

Quiere que imaginemos hordas con camisas pardas entrando por la Carrera de San Jerónimo.

Es mucho más cómodo.

Cuando no puedes defender suficientemente tu gestión, conviertes al adversario en un monstruo.

Es una técnica política antiquísima.

Y también profundamente tramposa.

Que nadie mire la hoja de servicios

Sánchez ha convocado elecciones anticipadas para el 29 de noviembre después de perder votaciones fundamentales en el Congreso y comprobar que la legislatura había entrado en una situación extraordinariamente complicada.

Pero la campaña socialista pretende invertir la carga de la prueba.

Aquí aparentemente no tiene que rendir cuentas quien ha gobernado.

Tiene que rendirlas quien todavía no ha gobernado.

No se examina al alumno que lleva ocho años haciendo el examen. Se interroga al que espera fuera del aula.

La pregunta que quieren imponernos no será:

“¿Qué ha hecho Pedro Sánchez durante estos ocho años?”

Será:

“¿Se imaginan lo terrible que podría hacer la derecha?”

Magnífico truco.

El prestidigitador enseña una mano mientras con la otra esconde la carta.

Y así desaparecen de la campaña los problemas reales de millones de españoles.

La vivienda.

Los impuestos.

La deuda.

El coste de la vida.

La inmigración ilegal.

La inseguridad.

Ceuta.

La degradación institucional.

Los pactos con los separatistas.

La amnistía.

Los escándalos que han rodeado al PSOE.

Todo debe desaparecer bajo una gigantesca pancarta que diga:

¡QUE VIENE LA ULTRADERECHA!

Es el viejo fantasma sacado del armario cada vez que la izquierda teme perder el poder.

El fascista siempre es el que está enfrente

La izquierda española posee una extraordinaria ventaja dialéctica: ella misma reparte los certificados de demócrata.

Si gobierna la izquierda, gobierna la democracia.

Si gana la derecha, peligra la democracia.

Si la izquierda cambia una ley, amplía derechos.

Si la derecha pretende cambiarla, recorta derechos.

Si la izquierda ocupa la calle, es movilización ciudadana.

Si lo hace la derecha, es crispación.

Y si los españoles votan correctamente, el pueblo ha hablado.

Si votan incorrectamente, resulta que el pueblo ha sido engañado por los bulos, los pseudomedios, los poderosos, los algoritmos o la extrema derecha internacional.

Siempre existe una explicación que evita aceptar lo más sencillo: que millones de españoles puedan estar hartos.

Por eso el 29-N quieren convertirlo en un plebiscito moral.

No bastará con votar.

Habrá que demostrar que uno pertenece al “lado correcto de la historia”.

Curiosa expresión para quienes presumen constantemente de pluralismo.

En una democracia normal no existen papeletas moralmente superiores. Existen ciudadanos libres que eligen.

Uno puede votar al PSOE, al PP, a Vox o a quien considere oportuno sin convertirse por ello en mejor o peor persona.

Eso se llama democracia.

Lo otro se parece demasiado a una religión política.

Jesús o Barrabás

Nos colocarán delante dos urnas imaginarias.

En una, Sánchez, los derechos, la democracia, las pensiones, la sanidad, las mujeres, los trabajadores, las focas del Ártico y probablemente la paz mundial.

En la otra, la derecha, Vox, Franco, Mussolini, Hitler, el Apocalipsis y las siete plagas de Egipto.

Y nos preguntarán solemnemente:

—¿A quién queréis?

Jesús o Barrabás.

Con la pequeña particularidad de que ellos mismos han decidido quién interpreta cada personaje.

Ese es el gran fraude intelectual de esta campaña.

Porque unas elecciones generales no deberían decidir quién es moralmente bueno y quién moralmente malo.

Deberían decidir quién administra mejor España.

Y para saberlo existe una pregunta demoledoramente sencilla:

¿Está España mejor después de ocho años de Pedro Sánchez?

Esa es la pregunta que Moncloa intentará evitar durante toda la campaña.

Porque obliga a abandonar los fantasmas y entrar en las cifras, en los hechos y en la experiencia cotidiana de los españoles.

Obliga al Gobierno a rendir cuentas.

Y un gobernante que pide renovar su mandato tiene una obligación elemental: explicar qué hizo con el anterior.

No tengan miedo

Por eso quizá la respuesta más revolucionaria frente a esta campaña sea precisamente la más sencilla:

No tengan miedo.

No permitan que nadie les diga que España desaparecerá si cambia el Gobierno.

España sobrevivió a gobiernos anteriores y sobrevivirá al siguiente.

No permitan que les hagan creer que votar a una opción distinta de la izquierda los convierte en fascistas.

No permitan que conviertan unas elecciones democráticas en un juicio moral sobre millones de españoles.

Y, sobre todo, no permitan que el miedo sustituya al balance.

Porque después de ocho años de Gobierno, Pedro Sánchez no comparece ante un tribunal de la Historia.

Comparece ante algo bastante más sencillo:

las urnas.

Y ante las urnas debería responder por su gestión.

No por Hitler.

No por Mussolini.

No por Franco.

No por Trump.

No por Milei.

No por Meloni.

No por fantasmas resucitados cada cuatro años.

Por Pedro Sánchez.

Por sus decisiones.

Por sus pactos.

Por sus promesas.

Por sus incumplimientos.

Por el país que recibió y por el país que entrega.

Eso es votar en democracia.

El próximo 29 de noviembre no elegimos entre Jesús y Barrabás.

Tampoco entre Hitler y Sánchez.

Elegimos Gobierno.

Y precisamente por eso quieren asustarnos.

Porque cuando el ciudadano deja de tener miedo, comienza a hacerse preguntas.

Y hay preguntas que, después de ocho años en el poder, resultan mucho más peligrosas para un Gobierno que cualquier “ultraderecha”.

La más sencilla de todas sigue siendo la mejor:

¿Qué han hecho con España?


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